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La Coctelera

Hikikomori

Detalles de ayer

24 Enero 2007

Please, please, please

Good times for a change
See, the luck I've had
Can make a good man
Turn bad

So please please please
Let me, let me, let me
Let me get what I want
This time

Haven't had a dream in a long time
See, the life I've had
Can make a good man bad

So for once in my life
Let me get what I want
Lord knows, it would be the first time
Lord knows, it would be the first time

--

Gracias a todos

--

Cortesía:

hablan de este blog en
http://calle20.20minutos.es/02_feb_2007/pdfs/pag014.pdf

................lo que dice Busutil..........

..............lo que dice Nuño.........

...........entrevista en Deriva....................

........entrevista en Literaturas.com.......

.......lo que dice Angel Basanta (via cervantes.com)

........lo que dice Iván Thays sobre lo que dice Angel Basanta....

......presentación..........

.........lo que dice Deriva.org.....

............la cena del premio Lara..........

............una mierda de presentación..........

...........lo que dice Miguel Baquero............

..............lo que dice Nacho Fernández (Literaturas)..... narrablogs....jo

....Bob, dice.

..............y vuelve a decir (BobVogue)..............

.................neokrisys .......................

..................wakaranai!!!!!!! ............

.................Rosita Fraguel...........

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17 Enero 2007

Reconstrucción

respuestas de libro

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16 Enero 2007

Vagón

Queda claro que algo pasa cuando el pánico, como una electricidad escalofriante, me une a ellos.
Estoy en el quinto, el sexto, quizá el cuarto vagón del convoy. El tren se ha detenido en mitad de un túnel. A ambos lados del vagón, por las ventanillas, todo está oscuro. No pasan trenes. El tiempo, ahora, es la angustia.
El vagón está lleno de gente. Si un vagón tiene todos sus asientos ocupados, y algunas personas de pie, con la mano en la barra, la espalda contra un panel, contra las puertas que en las paradas se abren, contra las puertas que en las paradas no se abren o, finalmente, no asidos ni apoyados en nada, puede decirse también que el vagón está, más o menos, lleno. La plenitud de este vagón supera eso; la plenitud de este vagón sólo admite la palabra “saturación”. Los pasajeros saturamos el espacio del vagón: no cabe un calcetín más, no caben más maletines ni más mochilas escolares; no cabe ni siquiera nuestra propia respiración.
Yo estoy contra la pared que cierra el vagón. Tengo una puerta, cerrada, a mi espalda. Delante, un pareja de orientación hippy, con mochilas montañeras en el suelo. Él, moreno, de pelo largo, con barba; ella, rubia, algo ajada por los años y la maría, con falda de flores, de mucho vuelo. Su culo, inevitablemente, se pega a mis manos, que sujetan mi cartera sobre mi vientre. A mi izquierda, igualmente apoyado contra la pared que cierra el vagón, hay un joven, quizá universitario, adormilado. Él soporta la presión de unas mujeres de edad avanzada, mujeres repetidas, siempre presentes en todos los vagones que me llevan al trabajo, mujeres que se apean en Manuel Becerra o Diego de León, mujeres que hablan de sus hijos todo el tiempo, de operaciones, de deudas impagadas y de lo que cenaron anoche. Siempre.
A mi derecha, una pareja muy elegantemente vestida. Ella no para de hablar. Es guapa, ordinaria, huesuda de rostro, un cuerpo de culebra y ropa oscura, ceñida. Tiene detrás un hueco, la promesa de una conquista de espacio que nos afloje a todos un poco; no es así: detrás de ella, una mujer ecuatoriana defiende su pequeña anatomía del aplastamiento. Está en la esquina del vagón, apenas se le ve el flequillo. Todo el aire que le sobrevuela, ese apetitoso montón de oxígeno, parece la bolsa de la que todos nos nutrimos.
Todos. Todos son las cabezas, las manos, los codos, las mangas del abrigo; todos es el nombre de lo que no me toca, de lo que no son mis vecinos de encierro, de ese cuerpo sucesivo, continuado (el hombre: animal continuado) que se proyecta hacia el otro extremo del vagón, sin nombre, sin destino (parados en mitad del túnel más oscuro de nuestra vida), implacablemente sometidos a este embotellamiento de carne, a esta tortura del viernes: no nos movemos, no sabemos por qué no nos movemos, no sabemos el minuto que nos espera.
Han sido quizá diez minutos, el paso de diez minutos, el que han conseguido que sepamos que somos masa. Somos, básicamente. Ahora, conscientes de la situación de peligro, del compromiso de supervivencia, el individuo ha conocido al otro, ha reconocido la necesidad de agrupamiento, de redefinirse en este espacio y este tiempo (un vagón parado en el túnel más oscuro) y, consecuentemente, ha buscado comunicación.
El primero en hablar comenta lo recurrente de estas averías. Otro especula, critica, pide que el tren se detenga en una estación, no en mitad de la nada. Una mujer explota, grita que dejen de apretarla, que le están haciendo daño. Otra mujer pide que la gente se quite las chaquetas, que el calor es insoportable, y el olor; que se quiten ropa. Le contestan: “¡Si ni siquiera podemos movernos!” Un hombre dice: “Supongo que abrirán las puertas antes de que nos ahoguemos!” Otro hombre replica: “Antes de que nos ahoguemos, las puertas las vamos a abrir nosotros.” Un joven habla de lo que hay que hacer luego, cuando salgamos. Reclamar. Otro indica que reclamar lleva tanto tiempo como el que perdamos aquí, o más. Apunta una chica que ella tiene que recuperar las horas que pierda, que no va a reclamar para luego estar todo el puto viernes trabajando hasta las seis. Uno contraataca afirmando que él se va a ir a las 3, pase lo que pase. Luego alguien, afásico, apoyado contra una de las puertas laterales del vagón, golpea con la nuca, dos veces, violentísimamente, el cristal.
Por megafonía se escucha una conversación que no va dirigida a nosotros. Dice: “Desaloja el tren. Di a los viajeros que abandonen el tren y sigue hasta cocheras” (corte) “Sí, haz eso.” (corte) “Si no puedes controlar el tren, vuelve a cocheras” (corte) “Tranquilo. Tranquilo.” (corte) “De acuerdo, espera, vamos a mandar a alguien en media hora. Seguridad estará allí en media hora. Espera.” (corte)
No se oye nada más. Seguimos parados, apretados, oscuros. De vez en cuando alguien dice algo gracioso. Reímos. Algunos, reímos, sonreímos al menos; otros no. De pronto, notamos que el aire acondicionado se apaga. Exabruptos, juramentos, frases obscenas contra el conductor.
Hijo de la gran puta.
Se nos ha acabado el sentido del humor. El cuerpo duele. Estar de pie nos está costando a todos mucho, como si no pudiéramos afrontar, físicamente, estar de pie sin saber por qué. Ahora, además, empiezan a sonar unas campanillas. Su sonido es el de la emergencia. Del otro vagón llegan ruidos de golpetazos en las puertas, algunos gritos ahogados, y las campanillas, histéricas, correosas, como pequeñas ratas coloradas, tica-tica-tica-tica...
Y es ahí, exactamente ahí, mirando todos esos cuerpos que tengo delante, viendo en sus ojos la duda, el dolor, la desesperación, es ahí cuando el escalofrío me recorre, el pánico me traspasa, me une a ellos, me compromete, y sé que algo malo está sucediendo.
Según pasan los minutos, lo sombrío se apodera de nuestros ojos. De los míos, además, se apodera también una extraña emoción, emoción que no son ganas de llorar, pero que se parece mucho porque noto en la retina el escozor de las primeras lágrimas. Me emociona depender de esta gente. Me emociona la lucha en mi ánimo de la fe en los demás y de la aversión a los demás: sé, sin saberlo, sin verbalizarlo, que bastará el error de uno sólo de nosotros para que algo grave suceda. Bastará con que alguien pierda el control y trate de salir por una ventana, empujando a los demás, para que todos perdamos el control y tratemos de salir por una ventana aniquilando a los demás. La tensión que siento, la emoción que me cubre, es el miedo a que haya un momento en el que tengamos que decidir que somos animales egoístas, que queremos vivir a pesar de los otros.
He dejado de mirar, por eso. He cerrado los ojos y he tratado de visualizar cosas con márgenes, grandes espacios donde rueda una pelota, la caída del agua, sus salpicaduras. Pero enseguida me golpean, me presionan otra parte del cuerpo, me obligan a girarme un poco, o a retirar unos nudillos que viven por su cuenta una anécdota pornográfica, inmiscuidos en los pliegues más íntimos de pasajeras anónimas.
Les miro de nuevo: esas cabezas, esos brazos, ese amontonamiento de ropa de enero. Sus cuerpos inmóviles parecen maniquíes. Sus rostros se les desprenden de la cara. Aquí alguien tendría que llorar.
Cruzo la vista con una chica. Ha sido un instante, pero lo estamos prolongando. Es de mediana estatura, resiste bajo la tienda de campaña que sobre su cabeza forman unos brazos. Tiene los ojos verdes. Tiene los ojos amplios. La miro sin pudor; me mira sin pudor. Tengo derecho a refugiarme en esos ojos, cada parpadeo parece una palabra. Por una vez no voy a retirar la vista. Por una vez voy a perseverar en la desvergüenza.
Te estoy mirando temer.

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11 Enero 2007

Miedo

pavor
horror
temblor

call it clipping
hoy.es
heraldo
literaturas

diariosur

huelladigital

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11 Enero 2007

Surcos

Me apetece chocolate. Acabo de salir del trabajo y sé de un par de tiendas de alimentación que aún deben de estar abiertas. Las tiendas de alimentación, en Chamberí, las llevan madrileños. Me resulta fascinante que un madrileño te venda un donut. En los últimos cinco años de mi vida, detrás de un donut siempre ha habido un chino. En Chamberí, no.
Me he dado cuenta de que no debo comer nada todavía.
He tomado el Metro.
Me he bajado en una estación con nombre de árboles. Paseo hasta el número 34. Miro mi reloj. Leo lo que pone en una placa en el portal. Mi reloj dice: 19:40; la placa dice: Clínica Dental, Doctora María Luisa Briz. Es pronto.
Debajo de la Clínica Dental hay una pastelería. Sonrío. Me apetece chocolate. Miro los bollos. La tienda está vacía y la chica encargada de la venta hace garabatos en un bloc.
Paseo por el barrio mirando escaparates. Lo diabólico de un escaparate es que se te mete dentro: lo quieres comprar todo.
Vuelvo al número 34 queriendo comprar un viaje a Cuba y un tablero de ajedrez.
Llamo. Me abren sin preguntar.
Subo.
Una chica muy simpática me invita a sentarme. En la sala de espera hay dos adolescentes y una señora. Las revistas de cotilleo están sobre un arcón de paneles rojos y herraje de hojalata. Hay muchos ejemplares de una titulada Mujer, hoy. También está el Hola, donde un torero llamado Enrique nos dice que es feliz con su caballo.
Miro fotos de gente famosa.
La chica simpática, que lleva ropa clínica de color azul y mascarilla, me hace pasar. Le pregunto si dejo el abrigo en la sala de espera. Me dice que lo lleve conmigo.
-Ponlo en la silla metálica, si quieres –me indica, en el umbral de la habitación –Tú siéntate en la silla –me señala el clásico butacón dental.
Entro en la habitación, dejo mi abrigo en la silla metálica y, al volverme para ir a ocupar mi sitio, veo a la doctora Briz. Es muy guapa. Parece joven. Es realmente guapa.
-Hola –yo.
-Hola –responde, y enseguida añade:- ¿Cuál era la urgencia?
-¿Perdón? No hay ninguna urgencia.
-¿Qué te pasa?
-Nada.. No sé.. No me pasa nada –en ese momento entra su ayudante, la chica simpática.
-¿No era urgente? –pregunta Briz a su ayudante.
-... –la ayudante.
-Llamé varias veces, sí; saltaba el contestador. Pero no es... Vamos –sonrío-, ¿no dicen que hay que venir una vez al año? –me he animado con el slogan-. Vosotros lo decís, ¿no? Bueno, yo llevo más de diez sin ir al dentista y por eso vengo.
-Pero, ¿no te duele nada?
-No, dolerme no me duele nada.
-De acuerdo, vamos a ver.
La doctora Briz se acerca a la silla y aprieta una palanquita. Luego enciende un foco intenso, azul puro. Me voy poniendo horizontal.
Abro la boca. La doctora me mete fierros en la boca y sólo entonces me interpela.
-¿Fumas?
-Sí –yo, con fierros en la boca.
-¿Mucho?
-No –yo, con fierros.
-Apunta –la doctora le dice a su ayudante cosas que no entiendo. “Filtración”.
He cerrado los ojos. Aún así, percibo la luz azul puro, desvelándome. Noto la punta del instrumental golpeando y hurgando en mis molares, el espejito viajando por mi dentadura.
-Aprieta –me ordena Briz tras sacar sus fierros -. Abre –vuelve a meterme cosas en la boca.
La doctora Briz se ha pegado mucho a mí. Estoy notando su vientre contra mi brazo derecho. Luego cambia de postura y noto su pecho sobre mi hombro. Es agradable.
Se separa. Abro los ojos.
-¿Ya? –pregunto.
-Sí –enumera mis males.
-¿Sólo eso? Yo creía que estaba mucho peor... Llevo diez años sin... ¿No crees que...?
La doctora se acerca de nuevo.
-Esto de aquí... –le indico. La doctora me separa los labios con los dedos. Me encanta –Y esto otro... –me mete un ganchito, lo encaja en un empaste antiguo y tira sin contemplaciones -¿No?
-No es nada. Es normal –aleja su cuerpo de mí.
Jo.
Me levanto. Sigo a la chica simpática hasta un escritorio, fuera de la habitación de la doctora. No he podido mirarla por última vez.
-¿Me das tus datos?
La chica simpática tiene mi dentadura simplificada en un papel, y hay algunas anotaciones, en rojo, sobre el documento.
Le doy mis datos.
-Yo crería que iba a tener más cosas... –comento-. Que iba a estar todo eso lleno de tachaduras coloradas, como en un suspenso.
-... –la chica simpática.
-Tengo aquí –me aprieto el carrillo con un dedo- unas... no sé... en la “frontera”, digamos, entre la muela y la encía, unas marcas, que puedo meter la uña... ¿Eso está bien?
-¿Te duele?
-No.
-Es la morfología de la muela –explica-. La muela tiene sus valles, sus montañas: no es perfecta. Eso son surcos, nada más.
-¿No me podéis hacer algo en los surcos? –la chica no contesta, sonríe-. Bueno, vale. ¿Cuándo tengo que volver?
Acordamos la cita. Salgo de la clínica. Estoy un poco triste.
La pastelería sigue abierta. La chica ya dejó el bloc y ahora dobla papel de estraza sobre el mostrador.
-Hola –digo.
-Buenas.
Miro la mampara con la bollería.
-Una napolitana de chocolate, por favor.

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9 Enero 2007

No soy famoso

Siempre que cruzo las puertas del centro comercial FNAC tengo la sensación de que voy a encontrar a alguien esperándome. Quiero decir: con pancartas. Es una megalomanía estrictamente personal que me afecta desde hace años. Luego sólo hay unas chicas, metiendo cedés en bolsas de regalo prefabricadas.
Es domingo. La sección de música de la FNAC está llena de personas que me parecen excelentes. Me gusta cómo visten, me gusta hasta lo que compran. Cuando hablan por el móvil, exhiben un porte elegante, realmente ministrable. La gente excelente una cosa que tiene que me mola es que compra como si fuera todo gratis. Otra anécdota que me pone es ver a los clientes escuchar música en los auriculares del centro comercial, bailando. Se mueven al ritmo de una música secreta, que sólo ellos se inyectan, y parece que reinterpretan el silencio, el ambiente.
Ahora estoy frente a los estantes de cedés baratos. La serie media. Voy cogiendo cedés con insólita alegría, Nick Cave, Muse, Morrisey, cualquier cosa, Groove Armada, Rage against the machine, de todo. Me acerco a un puesto de escucha y me coloco los cascos. Me da un poco de vergüenza ponerme esos cascos ortopédicos, la verdad. Entonces paso el código de barras por el lector óptico y voy escuchando cedés. ¡No me gusta ninguno! Mientras escucho cedés miro las portadas de los cedés que hay enfrente. Me encanta una: The Pride of Postdam, de Gigolo Aunts. Tomo una copia, la paso por el cedé y decido comprarlo porque, a pesar de la música, la portada me sigue gustando. Es una niña deshojando una margarita; ella es de color naranja y los pétalos son blancos y enormes.
Ahora estoy en la sección de literatura. Miro todas esas novelas que salen cada día, su cortocircuito. Las novelas, todas juntas, se cortocircuitan. Son como los cuadros del museo del Prado, que dan mucho asco porque están rodeados de cuadros. Suena mi móvil.
-Hola, Inés.
-(...)
-En la FNAC.
-(...)
-¿No puedes? Bueno, es igual. Voy a ir a las siete.
-(...)
-Ya pasas tú tiempo con tus padres, joder.
-(...)
-Banderas de nuestros padres, precisamente.
-(...)
-Jo, pues es muy famosa. De Clint Eastwood.
-(...)
-Ajá. Sí, ya veo.
-(...)
-¿El lunes tampoco?
-(...)
-Si quieres, quedamos.
-(...)
-Sí, eso.
-(...)
-No, no, yo trabajo.
-(...)
-Vale. O te llamo yo. Como veas.
-(...)
-Ajá.
-(...)
-Ajá.
-(...)
-Ajá.... Oye, perdona, acabo de ver una chica muy guapa y voy a ligar con ella. Ya hablamos, ¿vale?
-(...)
-Un besito.
Sigo mi ruta. No había chica guapa: fue el egoísmo.
Ahora estoy frente a la sección de filosofía. Me pongo a mirar los libros que tienen de Schopenhauer. “El arte de insultar” es un título realmente potente. Tomo un ejemplar, miro el precio, hojeo. Cuando lo dejo, justo a mi derecha, se coloca una chica muy guapa. Lleva un abrigo verde. En general todas las personas que visten de verde merecen que te enamores de ellas. La chica mira la estantería filosófica y extrae “El arte de insultar”, de Schopenhauer. Curiosamente, yo ahora tengo en las manos “El mundo como voluntad y representación”, que son dos tomos. Miro el precio, 60 euros, y exclamo en voz alta: “La hostia.” ¡La chica se va!
Ahora estoy pagando en la caja. La chica se llama Eva y yo ni la saludo ni nada porque creo que ya tiene un trabajo lo suficientemente humillante como para que encima yo me haga el progre a costa de su uniforme.
Ahora me han cobrado 6,80 euros por la entrada para Banderas de nuestros padres. Queda un buen rato para el pase, así que leo “El maestro y Margarita” en los escalones fronteros del puesto de cocacolas. Como hay mucha gente en derredor no puedo concentrarme y les miro. Son excelentes. Me encantan sus abrigos. Me encantan sus caras. No hay una sola persona a mi alrededor que no me parezca divina. Me escucho pensar y trato de exponer a cada persona que veo a un examen riguroso de divismo. La primera víctima, una chica muy bonita, de larga cabellera, que se pilla la melena con la bufanda, me parece adorable. Trato de ser más crítico con mi siguiente cobaya, de buscarle defectos. Me fijo en un par de hombres, vestidos de negro. Uno de ellos lleva una gorra de béisbol. Me concentro en él. Cuando me quiero dar cuenta, he convertido al hombre de la gorra de béisbol en Javier Bardem.
El juego, ahora, es el mismo que cuando una chica en el metro me gusta: sé que se bajará en mi parada. Sé que Javier Bardem viene a ver Banderas de nuestros padres. Miro la cartelera, y sólo le tolero dos opciones: o vienes conmigo a ver banderas, o vas a ver Maria Antonieta. ¡Cómo vayas a ver Maria Antonieta... gilipollas! Estoy super cabreado ante la posibilidad de que Javier Bardem vaya a ver Maria Antonieta. ¡Se lo voy a decir a todo el mundo!
Ahora estoy en la sala 2 del cine. Me ha tocado una butaca en la fila 16, y estoy mirando a ver si entra Javier Bardem, ese imbécil. ¡Como no vengas! No deja de entrar gente: parejas, grupitos, solitarios asquerosos que no quiero reconocer que son como yo, yankis. El patio de butacas se va poblando y yo le busco asiento a Javi. ¡A mi lado queda uno, cabrón!
Entra. Le sigue su amigo, y una mujer de melena espléndida. Se van hacia adelante y se sientan en la fila 3.
Luego veo Banderas de nuestros padres con Javier Bardem. No nos está gustando nada.
Sinopsis: unos soldados plantan una bandera en lo alto de una colina. Joe Rosenthal les toma una foto. La foto mola. La sacan en portada de todos los diarios. Un publicista diabólico ve el símbolo. Lo promociona. Cuela. Traen a los soldados a casa y les obligan a recaudar fondos para matar más. Ellos no quieren ser famosos: se limitaron a poner una bandera por ahí. Uno que es indio no hace más que emborracharse. Luego acaban de recaudar fondos y fundan familias felices. Nadie les recuerda y piden trabajo como conserjes. Créditos.
Son largos, los créditos. Estoy en el centro de la fila 16 y ni los espectadores de mi derecha ni los de mi izquierda me dejan salir. Me trago los créditos. No dejo de mirar a Javier Bardem, que también se está tragando los créditos. Me pregunto si lo hace porque tampoco le dejan largarse o porque a él, cuando sale en una peli, le gusta que los espectadores se traguen los créditos.
Luego todos nos levantamos y salimos a la calle.
Yo no soy famoso así que me quedo quieto en la acera esperando que alguien me salude.

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8 Enero 2007

Una película romántica

1.
No dejan de pasar chicas muy guapas camino del baño. La que más me ha gustado es una que llevaba el pelo muy corto. Era morena, alta, vestía vaqueros y un jersey de cuello de cisne. Caminaba hacia el servicio con las manos en los bolsillos. Al cabo de un rato, volvió: seguía caminando con las manos en los bolsillos, muy despacio, elegantemente entregada a ese recorrido de imperativo fisiológico. Su rostro, en la ida, en la vuelta, respiraba paz, una relajación casi sicotrópica.
Me ha parecido encantadora la muchacha.
Resulta triste pensar que, en el cuarto de baño, haya tenido que sacarse las manos de los bolsillos.

2.
Andrés me habla de Buenos Aires. Hemos pedido cervezas y pronto sonará su móvil. La novia vendrá, con una amiga.
Buenos Aires, por lo que se ve, es grande, tiene Bancos y muchos chinos. Buenos Aires, entiendo, es una ciudad a la que hay que ir en cuanto hayas cumplido con Nueva York. Los que no hemos estado en Nueva York lo tenemos muy difícil para ir a otras ciudades necesarias. Primero, Nueva York; luego, Buenos Aires. Como yo nunca voy a ir a Nueva York, le estoy cogiendo un poco de asco a Buenos Aires.

3.
La novia es argentina; la amiga, uruguaya. La novia se sienta junto a Andrés, se besan; la uruguaya se pone a mi lado. Pedimos más de beber y de comer.
La uruguaya estudia diseño de vestuario. Tiene exámenes pronto y ha de entregar su bocetos. Son dibujos de trajes, todos para una ópera. De Donizetti.
-¿Sabes quién es Donizetti? –Andrés.
-No sé nada de ópera.
-Como yo. Las chicas saben muchísimo. Te van a sorprender.
La novia sonríe. La uruguaya sí sabe.
-Me ha encantado –explica la novia-, la historia es tan romántica. ¿Queréis que os la cuente, así, en pocas palabras?
-Por favor –yo.
La novia nos cuenta el argumento de una ópera en concreto de Donizetti. La historia es más o menos así: como Romeo y Julieta.
-Jo –yo.
-¡Pero di algo más, Marta!
Marta extiende la sinopsis. A ver: están los enamorados, que no pueden follar porque él es el asesino del hermano de ella. Algo así. Entonces su amor es imposible. Entonces él se va a la guerra. Se escriben cartas. Pero el hermano (supongamos que uno vivo) de ella intercepta las misivas, y las manipula. Entonces ella cree que él ya no la quiere, y acepta el matrimonio de conveniencia que le propone su hermano. Justo el día de la boda, la hora de la boda, el momento climático del connubio, llega él. Pero tarde. Ella es ya mujer casada.
-Todo se ha consumado –Andrés.
-Qué va –la novia; la uruguaya no dice nada.
-Se han casado, ¿no?
-Sí, pero no se ha... “consumado”.
-Ah, vale.
Sigue la sinopsis. Que no han follado, vamos. Y que la noche de bodas, ella se escapa del lecho nupcial bañada en sangre. “Parece que puede ser la virginidad, que ella ha perdido la virginidad”, Marta, “pero no: es que ha matado a su marido”. Fin.
-Me ha parecido una historia preciosa –Marta.
-Es una maravilla –la uruguaya, por fin-, una historia de amor loco, apasionado. ¿No creéis?
-Sí –Andrés.
-... –yo.

4.
Diez minutos después, sigo dándole vueltas a la historia romántica. A veces digo cosas que ya sé yo que me van a dejar como un imbécil. Este es el caso.
-Perdonad –comienzo-, pero, no es por nada, vamos, la ópera seguro que está muy bien y todo eso, sólo que... me gustaría comentar un aspecto que me llama la atención.
Me escuchan.
-Bien. No entiendo que os guste la historia. No entiendo que os la creáis. Estoy harto de esas historias de amor loco. Porque no existen. Te hablan de dos personas que se desean y se aman, que superan determinadas circunstancias para estar juntos y que al final lo consiguen. Y ahí acaba la historia. Pues no, joder, que siga. Me dan por el culo todas esas películas que dan por hecho que los personajes van a ser felices ahora que están juntos. No, joder, ahora que están juntos es cuando van a ser infelices, cuando todo se va ir a la mierda. ¿O no? No entiendo cómo vemos esas gilipolleces románticas y nos quedamos diciendo: jo, qué bonito, qué bello, qué emotivo. Si no es cierto. No es real. No es así.
-Que no sea real no significa que sea malo –Marta-, si no, La guerra de las galaxias no podría gustarte: no es real.
-Más que real, lo que quiero decir es que resulta demasiado simple: se quieren, oh, y cuando están juntos todo es perfecto. Una memez. Pensad en vosotras mismas, en las personas que conocéis: nos enamoramos cada día de alguien, olvidamos sin pudor, no quedan ni las putas fotos porque las perdemos: ¡ni siquiera hay que molestarse en romperlas!
-... –en general.
-El amor es una ficción. Nada más. Lo que venden estos argumentos patéticos es que el amor es una persona, tu persona personal, jeje, algo así, que ella es el amor, cuando en realidad el amor está en ti y lo vas generando según te conviene, con uno, con otro, con una, con otra. Esa es la realidad. Si tú y Andrés lo dejáis, enseguida conoceréis a otra persona y volveréis a estar enamorados como nunca.
Esto ha sentado realmente mal.
-No, no es así –Marta.
-Tienes que ponerte en la época, en la situación aquella, en cómo estaban las mujeres en el medievo... –la uruguaya.
-Estaban como ahora. Hablaban como ahora... Pero eso da igual, la idea es: ¿por qué nos creemos esas gilipolleces?
-A ver –Marta-, dime una película romántica que te parezca real.
-“Antes del amanecer”.
Marta se echa para atrás en su asiento:
-¡Es una mierda!
-¡Por favor! –la uruguaya-, ¡es espantosa, un horror! No hay quiebre de guión, no hay actuación...
-¿Cuál es Antes del amanecer? –Andrés.
-Te la bajaste de Internet –Marta-, ¿no te acuerdas?
-Sale Ethan Hawke y esa actriz tan divina que es July Delpi –yo.
-Ah, pero aún no la vi. A ver, a ver: argumentad, por favor –Andrés está entrañablemente moderante.
-¿No os gusta Antes del amanecer? –yo, incrédulo-. No me refiero a la segunda parte, “Antes del anochecer”...
-No me gusta ninguna de las dos –Marta.
-Ni a mí –la uruguaya.
-¿Por qué?
-¡Porque no follan! –la uruguaya.
-Claro que no follan. Por eso es real... Bueno, voy a explicarle a Andrés el argumento... A ver: dos personas se conocen en un tren, han sentido una cierta conexión entre ellos y deciden pasearse por Viena antes de seguir sus respectivos destinos. Hablan, se conocen, se intuyen... y eso es la película. Me parece deliciosa, sutil, y compleja –miro a la uruguaya-. Follar no es tan fácil como te conozco, me gustas y follamos.
-¿Que no? Aquí en Madrid hay un bar en el que van y follan en los baños.
-Dime el nombre del bar –yo.

5.
Seguimos hablando de películas románticas. Todos estamos de acuerdo en “Casablanca”, un poco en “Amelie”, bastante en “Cuando Harry encontró a Sally”. La uruguaya nombra tres películas francesas consecutivas de las que no me suena ni el título.
-¡Yo creía que tú sabías mucho de cine! –Andrés.
-Ya ves –yo, dolidísimo.
-¿Y alguna película que os haya hecho llorar? –Marta.
Todos empiezan a nombrar películas que les han hecho llorar.
-Ahora, tú –me dice Andrés-, ¿qué película te ha hecho llorar?
Estoy en blanco.
-¿No has llorado nunca en una película?
-Bueno, llorar, lo que se dice llorar: me emociono, no me pongo a berrear.
-¿Con cuál te has emocionado? A ver. No nos digas que te has emocionado en general... dinos con cuál.
Parece una puta prueba de humanidad.
-Estamos esperando –la uruguaya, claramente en mi contra.
-Ufff... vale. Lo voy a pensar.
Lo pienso. Me acuerdo de una. Jo.
-“En el nombre del padre”.
-¡Qué bonita! –Marta- Qué gran actor...
-Daniel Day Lewis, sí... Me encanta cuando muere el padre, y los presos tiran papeles encedidos por la ventana. Siempre que la veo me emociona.
-El padre también es un actor genial... No recuerdo el nombre.
-Ni yo. Sale en “Sospechosos habituales”. Es el abogado de Kevin Spacey... Da igual.
Angélico silencio cinemático.
-¿Y El apartamento? –yo- ¡Yo me emociono con El apartamento, joder!

6.
Ahora estamos hablando de libros que nos han hecho llorar. Reconozco que la cuestación me supera.
-¿No te ha hecho llorar ningún libro?
-Los libros no hacen llorar. No es como el cine. No tienen su intensidad, su continuidad –esto es una teoría de circunstancias: ¡no me la tengan en cuenta!
Andrés habla de las novelas que le han hecho llorar. Son muchas. La biblioteca de Andrés debe de dar mucho asco. Por los lagrimones en las páginas, sobre todo.
-Voy al baño, disculpadme.
Levanto a la uruguaya para salir.
-Oye –le digo-, me tienes que decir el nombre de ese bar...
Ella ni me mira. Se vuelve a sentar y escucha lo que dice Andrés.
Me dirijo al baño. Está al fondo del local. En una puerta pone “Chicas” y en otra pone “Chicos”.
Como siempre.

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8 Enero 2007

Piedad

A lo largo de los balcones hay una pancarta que pide pisos baratos. La pancarta tiene las letras muy grandes y como trazadas a mala hostia. Según subo los escalones del metro, el cartel se va imponiendo ante mis ojos. Luego bajo la vista y miro las flores.
Hay muchas flores ahora en la plaza Tirso de Molina. También hay bastantes fuentes, modernitas, apenas una geometría de surtidores que mana del suelo. La estatua del dramaturgo se ubica ahora al sesgo, justo en dirección a la pancarta, y por debajo del enorme pedestal de su inmortalidad corre una lámida de agua de poco espesor, de poca enjundia, urinaria.
He quedado en Lavapiés, enfrente del bar Amargord. Tengo tiempo y camino hacia la Plaza de Santa Ana. Paso por la de Benavente, que tiene un librería religiosa que no para de vender misales. ¡Se están forrando! Sigo por la calle aledaña, llena de peatones vespertinos, turistas full time y caras que no recuerdo.
Enfrente de una papelería nueva, muy bien surtida, me lo encuentro. Es un hombre de raza negra, barbudo, con turbante rojo. Tiene las manos enormes y una mochila a la espalda: me señala y empieza a hablarme.
-….avenida Copenhague….. –dice.
-Ummmmmmm –yo.
-…..avenida Copenhague…. Avenida Copenhague….
-Ufff –yo.
Estoy mirando hacia todas partes (el cielo, las paredes, las esquinas: ¡como si fuera tan fácil encontrar una calle!)
El hombre me suelta un discurso y entiendo que me habla en francés.
-Do you speak english, sir?
-Oh, yes, I speak French and English, but I can not speak Spanish…
Ya habla más idiomas que mi jefe, pienso.
Seguimos hablando en inglés.
-Perdona; entonces, ¿qué estás buscando?
-La avenida Copenhague. Me han dicho que allí pueden ayudarme. Vengo de Tanzania y no conozco a nadie. Quiero ir a Huelva y allí me han dicho que dan billetes a un euro.
-¿Seguro? En todo caso, lo mejor sería que preguntaras a un policía –no dejo de escucharme: me está encantando hablar en inglés-, ellos suelen tener un callejero, ¿sabes?, con todas las calles. Yo no tengo ni idea de dónde queda la avenida Copenhague.
-¡Estoy exhausto! Llevo horas buscando esa calle… No tengo dinero y no conozco a nadie en la ciudad…
-Ya veo, ya –jo: ¡entiendo todo lo que me dice en inglés! Me lo estoy pasando de miedo -. A ver. –me vuelvo: hay un carrito del servicio municipal de limpieza a mi espalda. Enseguida llega el barrendero -. Perdone, ¿sabe dónde está la avenida Copenhague?
-Ni idea, pero por aquí seguro que no es –el barrendero.- Pregunta a un guardia.
-Gracias –miro al tanzano-. Está difícil, man.
El tanzano hace una mueca de desesperación y sigue hablando. Se le pliegan los alrededores de los ojos, en arrugas sonrientes, mientras me cuenta sus penas. Agita mucho las manos y, de modo imperceptible, va rotando a mi alrededor: yo ahora estoy donde él estaba cuando nos encontramos.
Me aburre.
Me quiero ir.
Cuando alguien me aburre, no le miro a los ojos: se me va la vista. En lugar de mirar los ojos tanzanos miro la tienda que tiene detrás: cuadernos y lápices. Son bonitos.
En mi billetera tengo dos billetes de veinte euros. Es todo el dinero que llevo. Pienso en darle uno de los billetes al tanzano. Visualizo el proceso de la piedad (él sigue hablándome en inglés, yo afirmo con la cabeza), el gesto: que me bajo la cremallera del abrigo, que introduzco la mano, que saco la cartera, que hurgo, que extraigo un billete de veinte euros, que se lo doy, que asimilo su reacción. Que me voy.
El único motivo de mi piedad es que me quiero ir.
-Perdona –digo-, pero me tengo que ir…
-Bueno, gracias de todo modos. Buscaré la avenida Copenhague...
-Buena suerte -yo.

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