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Terra
La Coctelera

Hikikomori

Detalles de ayer

24 Enero 2007

Please, please, please

Good times for a change
See, the luck I've had
Can make a good man
Turn bad

So please please please
Let me, let me, let me
Let me get what I want
This time

Haven't had a dream in a long time
See, the life I've had
Can make a good man bad

So for once in my life
Let me get what I want
Lord knows, it would be the first time
Lord knows, it would be the first time

--

Gracias a todos

--

Cortesía:

hablan de este blog en
http://calle20.20minutos.es/02_feb_2007/pdfs/pag014.pdf

................lo que dice Busutil..........

..............lo que dice Nuño.........

...........entrevista en Deriva....................

........entrevista en Literaturas.com.......

.......lo que dice Angel Basanta (via cervantes.com)

........lo que dice Iván Thays sobre lo que dice Angel Basanta....

......presentación..........

.........lo que dice Deriva.org.....

............la cena del premio Lara..........

............una mierda de presentación..........

...........lo que dice Miguel Baquero............

..............lo que dice Nacho Fernández (Literaturas)..... narrablogs....jo

....Bob, dice.

..............y vuelve a decir (BobVogue)..............

.................neokrisys .......................

..................wakaranai!!!!!!! ............

.................Rosita Fraguel...........

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17 Enero 2007

Reconstrucción

respuestas de libro

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16 Enero 2007

Vagón

Queda claro que algo pasa cuando el pánico, como una electricidad escalofriante, me une a ellos.
Estoy en el quinto, el sexto, quizá el cuarto vagón del convoy. El tren se ha detenido en mitad de un túnel. A ambos lados del vagón, por las ventanillas, todo está oscuro. No pasan trenes. El tiempo, ahora, es la angustia.
El vagón está lleno de gente. Si un vagón tiene todos sus asientos ocupados, y algunas personas de pie, con la mano en la barra, la espalda contra un panel, contra las puertas que en las paradas se abren, contra las puertas que en las paradas no se abren o, finalmente, no asidos ni apoyados en nada, puede decirse también que el vagón está, más o menos, lleno. La plenitud de este vagón supera eso; la plenitud de este vagón sólo admite la palabra “saturación”. Los pasajeros saturamos el espacio del vagón: no cabe un calcetín más, no caben más maletines ni más mochilas escolares; no cabe ni siquiera nuestra propia respiración.
Yo estoy contra la pared que cierra el vagón. Tengo una puerta, cerrada, a mi espalda. Delante, un pareja de orientación hippy, con mochilas montañeras en el suelo. Él, moreno, de pelo largo, con barba; ella, rubia, algo ajada por los años y la maría, con falda de flores, de mucho vuelo. Su culo, inevitablemente, se pega a mis manos, que sujetan mi cartera sobre mi vientre. A mi izquierda, igualmente apoyado contra la pared que cierra el vagón, hay un joven, quizá universitario, adormilado. Él soporta la presión de unas mujeres de edad avanzada, mujeres repetidas, siempre presentes en todos los vagones que me llevan al trabajo, mujeres que se apean en Manuel Becerra o Diego de León, mujeres que hablan de sus hijos todo el tiempo, de operaciones, de deudas impagadas y de lo que cenaron anoche. Siempre.
A mi derecha, una pareja muy elegantemente vestida. Ella no para de hablar. Es guapa, ordinaria, huesuda de rostro, un cuerpo de culebra y ropa oscura, ceñida. Tiene detrás un hueco, la promesa de una conquista de espacio que nos afloje a todos un poco; no es así: detrás de ella, una mujer ecuatoriana defiende su pequeña anatomía del aplastamiento. Está en la esquina del vagón, apenas se le ve el flequillo. Todo el aire que le sobrevuela, ese apetitoso montón de oxígeno, parece la bolsa de la que todos nos nutrimos.
Todos. Todos son las cabezas, las manos, los codos, las mangas del abrigo; todos es el nombre de lo que no me toca, de lo que no son mis vecinos de encierro, de ese cuerpo sucesivo, continuado (el hombre: animal continuado) que se proyecta hacia el otro extremo del vagón, sin nombre, sin destino (parados en mitad del túnel más oscuro de nuestra vida), implacablemente sometidos a este embotellamiento de carne, a esta tortura del viernes: no nos movemos, no sabemos por qué no nos movemos, no sabemos el minuto que nos espera.
Han sido quizá diez minutos, el paso de diez minutos, el que han conseguido que sepamos que somos masa. Somos, básicamente. Ahora, conscientes de la situación de peligro, del compromiso de supervivencia, el individuo ha conocido al otro, ha reconocido la necesidad de agrupamiento, de redefinirse en este espacio y este tiempo (un vagón parado en el túnel más oscuro) y, consecuentemente, ha buscado comunicación.
El primero en hablar comenta lo recurrente de estas averías. Otro especula, critica, pide que el tren se detenga en una estación, no en mitad de la nada. Una mujer explota, grita que dejen de apretarla, que le están haciendo daño. Otra mujer pide que la gente se quite las chaquetas, que el calor es insoportable, y el olor; que se quiten ropa. Le contestan: “¡Si ni siquiera podemos movernos!” Un hombre dice: “Supongo que abrirán las puertas antes de que nos ahoguemos!” Otro hombre replica: “Antes de que nos ahoguemos, las puertas las vamos a abrir nosotros.” Un joven habla de lo que hay que hacer luego, cuando salgamos. Reclamar. Otro indica que reclamar lleva tanto tiempo como el que perdamos aquí, o más. Apunta una chica que ella tiene que recuperar las horas que pierda, que no va a reclamar para luego estar todo el puto viernes trabajando hasta las seis. Uno contraataca afirmando que él se va a ir a las 3, pase lo que pase. Luego alguien, afásico, apoyado contra una de las puertas laterales del vagón, golpea con la nuca, dos veces, violentísimamente, el cristal.
Por megafonía se escucha una conversación que no va dirigida a nosotros. Dice: “Desaloja el tren. Di a los viajeros que abandonen el tren y sigue hasta cocheras” (corte) “Sí, haz eso.” (corte) “Si no puedes controlar el tren, vuelve a cocheras” (corte) “Tranquilo. Tranquilo.” (corte) “De acuerdo, espera, vamos a mandar a alguien en media hora. Seguridad estará allí en media hora. Espera.” (corte)
No se oye nada más. Seguimos parados, apretados, oscuros. De vez en cuando alguien dice algo gracioso. Reímos. Algunos, reímos, sonreímos al menos; otros no. De pronto, notamos que el aire acondicionado se apaga. Exabruptos, juramentos, frases obscenas contra el conductor.
Hijo de la gran puta.
Se nos ha acabado el sentido del humor. El cuerpo duele. Estar de pie nos está costando a todos mucho, como si no pudiéramos afrontar, físicamente, estar de pie sin saber por qué. Ahora, además, empiezan a sonar unas campanillas. Su sonido es el de la emergencia. Del otro vagón llegan ruidos de golpetazos en las puertas, algunos gritos ahogados, y las campanillas, histéricas, correosas, como pequeñas ratas coloradas, tica-tica-tica-tica...
Y es ahí, exactamente ahí, mirando todos esos cuerpos que tengo delante, viendo en sus ojos la duda, el dolor, la desesperación, es ahí cuando el escalofrío me recorre, el pánico me traspasa, me une a ellos, me compromete, y sé que algo malo está sucediendo.
Según pasan los minutos, lo sombrío se apodera de nuestros ojos. De los míos, además, se apodera también una extraña emoción, emoción que no son ganas de llorar, pero que se parece mucho porque noto en la retina el escozor de las primeras lágrimas. Me emociona depender de esta gente. Me emociona la lucha en mi ánimo de la fe en los demás y de la aversión a los demás: sé, sin saberlo, sin verbalizarlo, que bastará el error de uno sólo de nosotros para que algo grave suceda. Bastará con que alguien pierda el control y trate de salir por una ventana, empujando a los demás, para que todos perdamos el control y tratemos de salir por una ventana aniquilando a los demás. La tensión que siento, la emoción que me cubre, es el miedo a que haya un momento en el que tengamos que decidir que somos animales egoístas, que queremos vivir a pesar de los otros.
He dejado de mirar, por eso. He cerrado los ojos y he tratado de visualizar cosas con márgenes, grandes espacios donde rueda una pelota, la caída del agua, sus salpicaduras. Pero enseguida me golpean, me presionan otra parte del cuerpo, me obligan a girarme un poco, o a retirar unos nudillos que viven por su cuenta una anécdota pornográfica, inmiscuidos en los pliegues más íntimos de pasajeras anónimas.
Les miro de nuevo: esas cabezas, esos brazos, ese amontonamiento de ropa de enero. Sus cuerpos inmóviles parecen maniquíes. Sus rostros se les desprenden de la cara. Aquí alguien tendría que llorar.
Cruzo la vista con una chica. Ha sido un instante, pero lo estamos prolongando. Es de mediana estatura, resiste bajo la tienda de campaña que sobre su cabeza forman unos brazos. Tiene los ojos verdes. Tiene los ojos amplios. La miro sin pudor; me mira sin pudor. Tengo derecho a refugiarme en esos ojos, cada parpadeo parece una palabra. Por una vez no voy a retirar la vista. Por una vez voy a perseverar en la desvergüenza.
Te estoy mirando temer.

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21 Noviembre 2006

Tantas ganas de contar la historia del hombre que se cortó una mano

1.

La espuma de la cerveza aún está decidiendo si derramarse o no. He levantado la vista del libro cuando he oído el “clac” de la copa contra el mármol de la mesa. El camarero se cubre el corazón con la bandeja plateada.
-Uno con treintaycinco.
Dejo el libro contra el tablero de la mesa, abierto contra las páginas 402 y 403, y saco una moneda de dos euros del bolsillo. El camarero la recibe y se aleja. Luego vuelve con un platito de plástico marrón, del que repatrío sesenta y cinco céntimos. El camarero se lleva el platito de plástico marrón y yo sigo leyendo “El pasado”, de Alan Pauls.
La novela está muy bien escrita pero no va de nada. De todo modos, me resulta difícil leer y esperar a alguien. Tengo miedo de que mi cita llegue de improviso y me pille leyendo. Hay algo infiel en entretenerse mientras se espera.
Levanto la vista muchas veces. Miro hacia la puerta de entrada a la Filmoteca. Son las seis de la tarde y todas las personas que entran lo hacen corriendo porque no quieren perderse el comienzo de la película Skizo.
En la mesa de mi derecha hay un hombre que me recuerda a mí. Está solo y lee. Trato de saber qué lee para que su lectura patética me despareje, me vuelva único y no especular lector de café. Pero no sólo no consigo saber qué paladean sus pupilas, sino que además la lectura no le hace levantar la vista del libro ni una sola vez.
A mi izquierda hay dos mujeres. Hablan muy alto y sus palabras se me mezclan con las de Alan Pauls. Una es joven, gorda, cansinamente catalogable como hippy. Tiene el pelo corto y un piercing en el labio inferior. Habla muy animadamente de un cortometraje que va a hacer para un Ayuntamiento del norte de Madrid. Enfrente de ella, una mujer sudamericana, quizá peruana, bastante mayor, le pide datos precisos, teléfonos, personas de contacto y relatos de experiencias previas: lo apunta todo en un cuaderno.
Empiezan a hablar de ropa, las mujeres. Pero no de ropa como hablan las mujeres normales; ellas hablan de vestuario. Hablan de ropa que va a ser usada para una película, de ropa que va a actuar. Es muy interesante cómo la ropa, elegida para un rol, un papel, un personaje, y no para uno mismo, despierta comentarios e impresiones tiernas, vagamente entrañables. El vestuario, en definitiva, es una ropa que el personaje se pone para siempre, la ropa es también personaje, y hablar de vestuario es hablar de algo que perdura y que tiene sentido, mientras que hablar de pantalones de temporada es hablar de fugacidad, impostura y (lamentablemente cuando se trata de la realidad) ficción.

2.

Mi amigo se llama como mi hermano y me estaba esperando en la calle. Le he visto de casualidad. Mi hermano se llama Víctor de modo que a mi amigo le llamaremos Héctor.
Héctor tiene cuatro años menos que yo y le conocí en un curso de inglés en Inglaterra. Él tenía entonces 14 años y yo 18. Nos escribimos cartas durante algunos meses antes de perdernos la pista. Él escribía muy bien. Nuestra correspondencia fue una batalla de diatribas, de insultos y exhortaciones. Su misiva más memorable me la remitió escrita en papel higiénico.
Nuevamente, le perdí la pista. Países y divorcios sepultaron su presencia en mi vida. Seguía en mi biografía, pero la biografía (el pasado: Pauls: huevón) es un cementerio: nadie vive en tu biografía; de nadie te acuerdas; nadie importa. Esto no es una opinión: es la verdad.
Sin embargo, en un bar de mi barrio, tomando una cerveza con mi hermano, me di cuenta de que conocía a un cliente. El cliente se llamaba de hecho como mi hermano. Él me miró, se acercó y pronunció mi nombre y mis apellidos. Nos dimos la mano y Héctor de Miguel resucitó.
Cuánto tiempo.

3.

Héctor es pequeño, usa gafas y se ha dejado crecer la sotabarba. Su look es un poco agresivo. Sus gustos musicales incluyen Korn, Tool y gente de noruega. La última vez que le vi, se dirigía a un concierto de Ella baila sola. Quiero decir que su evolución no es tan mala como parece.
Trae una bolsa roja en la mano.
-¿Me traes un regalo?
-Sí. Bueno, no es un regalo.
-¿En serio? Creía que era el regalo para el cumpleaños.
-No, no. Para el cumpleaños no llevo nada. A lo mejor ni voy, según cómo me lo pase contigo.
Bajamos por la calle Olmo y luego por Santa Isabel. Todos los pubs que nos gustan están cerrados.
-Es muy pronto.
Al final nos cautiva el ambiente de un bar que hace esquina. Hay unas cuantas chicas, los taburetes son rojos y suena música en inglés.
Ocupamos una mesa.
-¿Qué quieres?
-Una caña.
Héctor va a la barra a pedir. Se queda parado mirando a la camarera. Es una mujer de unos treinta y cinco, que acodada sobre la barra, se deja toquetear las manos por un señor de unos sesenta años. Están muy acaramelados y Héctor me mira como pidiendo clemencia a Cupido.
Me aproximo.
-Deja –digo.
Héctor se sienta y yo miro a la camarera, con una mano extendida hacia su rostro. Deja las manos del anciano y, sin mostrar molestia alguna, me pregunta qué quiero y me sirve.
-Bueno –digo con los dedos untados de cerveza-, dame mi regalo.
Héctor me tiende la bolsa roja. Saco dos libros. Ambos de Stephen King.
-Como la última vez que nos vimos me dijiste que querías leerlo.
-Ah, guay. Sí. Éste (“Cementerio de animales”) es el que más me interesa. Este otro (“El pasillo de la muerte”) ¿te gusta a ti especialmente o qué?
No le gusta especialmente. Cambiamos de tema y le hablo de mis miles de éxitos: de mi nuevo trabajo y de todos esos libros que me va a premiar la familia Lara.
Luego Héctor me señala hacia la barra. La camarera, de nuevo acodada, se deja querer por un señor no tan mayor.

4.

-¿Esta noche dormirás en casa de tu novia?
-Sí. Pero mañana me levanto pronto porque tengo que cuidar a mi tío.
-Ah, el de la mano.
-Sí.
-¿Sabes que estuve a punto de contarlo?
-¿En tu blog?
-Sí: me pareció una historia tremenda, claro. Estuve dándole vueltas pero al final decidí no escribirlo. Por respeto hacia ti.
-Escríbelo, me da igual.
-Ya te he contado que, a menudo, me pasan cosas, o quedo con alguien, y luego lo cuento en un blog.
-Sí, sí.
-Pero algunas personas se me enfadaron porque las saqué y ahora suelo pedir permiso.
-Ah. Pues concedido.
-Gracias. Pero, no sé, me gusta escribir los post justo al día siguiente, o a la semana siguiente, si no ya no me apetece y pierdo perspectiva. Lo que me fascinó de tu historia es que yo ya la conocía, periodísticamente: tú tío se cortó la mano al lado de donde yo vivía antes. Fue una de las primeras noticias “próximas” que recibí en Madrid. Me refiero a que, cuando vienes a Madrid, te das cuenta de que las bombas de ETA explotan realmente cerca, de que el Rey vive realmente cerca y de que todos esos hijos de puta en general viven realmente cerca.
-...
-Lo que antes era una noticia ahora es un peligro. Me dije, joder, un tipo se ha cortado la mano en la glorieta Beata de Jesús, y yo he ido allí a comprarme napolitanas en el seven eleven...
-...
-La conexión de que, diez años después, me entero de toda la historia, y sigue dándome miedo... diez años después...
-...
-Lo sé, lo sé: soy un coñazo.

5. Historia del tío de Héctor, que se cortó una mano

No tiene sentido empezar por ningún sitio. Sucede que Héctor es trabajador social y se pasa el día con enfermos mentales. Resulta un dato curioso teniendo en cuenta que su tío es un enfermo mental.
También resulta curioso recordar que, cuando Héctor me contó la historia completa de su tío, éste estaba jugando al ajedrez con un familiar. Ya sin la mano.
Por eso digo que no tiene sentido empezar por ningún sitio, porque todo tiene demasiado dramatismo.
Yo creo que era 1996 cuando un hombre se separó la mano de la muñeca con un serrucho. Lo vi en Telemadrid. La locutora narró la historia, ubicó el hecho en Beata de Jesús y luego habló el portavoz del Samur. Era un tipo con la cabeza muy ovalada, con perilla y gafas. Nunca olvidaré la apreciación que hizo: “El hombre llevaba varias sierras, y cuando una se le rompió, con la mano a medio cortar, empezó con la otra. Imaginen lo que es estar serrándose la mano, parar, coger otra sierra, y seguir.”
Yo me lo imaginé y por eso es que me acuerdo. Me acuerdo más del caso porque me lo imaginé que porque me lo contó la televisión.
Eso fue todo.
Diez años después, Héctor me dice que ha quedado con su tío para jugar al ajedrez. Otro tío estaba ahora jugando al ajedrez con él. Jugar al ajedrez era la mejor manera para que no leyera la biblia.
Le pregunté por este familiar modo de pasar el tiempo. Héctor me comentó que su tío, hacía años, se había cortado una mano. Como, estadísticamente, no hay muchas personas que se corten la mano, le conté enseguida lo de Beata de Jesús.
-Sí, fue él. Pero no fue en Beata de Jesús. Fue en la Casa del Reloj. Sobre una mesa de ajedrez.
Sobre una mesa de ajedrez.
El tío de Héctor estaba en Ávila, internado. A parecer, tenía una pequeña asignación mensual para sus gastos, un óbolo que apenas daría para comprarse un paquete de chicles. El tío de Héctor fue acumulando moneditas, sumando reyes de España, hasta que hizo un capitalito con el comprarse un billete de autobús a Madrid y tres serruchos.
-No sé por qué no se pudo cortar la mano en Ávila –Héctor.
Llegó a Madrid. Fue al parque del antiguo matadero y se quedó allí hasta que cerraron las puertas. De noche, el tío de Héctor puso la mano sobre una mesa de ajedrez, una mesa que hace unas horas podría haber presenciado el jaque mate más vistoso de los jubilados de Arganzuela, y empezó a serrar. Usó los tres serruchos. Luego tiró la mano a un seto y se acercó a la verja de salida.
-Lo encontró un policía. Imagínate. Mi tío con unas barbas tremendas que llevaba, y bañado en sangre, y sin una mano.
-Uf.
El tío de Héctor se cortó la mano porque la mano le estaba haciendo pecar. Porque la biblia dice: "si tu mano te hace pecar, córtatela". Entonces el tío de Héctor se cortó la mano porque lo leyó en un libro.
-Después –concluye Héctor-, un día, un día cualquiera, una tarde, en que estábamos todos reunidos, toda la familia y mi tío, muy a gusto, él, de pronto, va y nos dice: Mis ojos me están haciendo pecar.

6.
(Espacio reservado para el anticlímax)

7.

La camarera me ha dicho que son diez euros con treinta céntimos. Pongo un billete de diez euros sobre la barra, y luego una moneda de un euro. La camarera toma el euro, me lo devuelve y me guiña un ojo. Salimos.
Ya es de noche. Decidimos cenar en un kebab. Siempre vamos al mismo, por lo que le digo a Héctor que vayamos a otro que parece un Mcdonalds. Entramos y, efectivamente, parece un Mcdonalds.
Pedimos. Nos sentamos. Comemos.
-Me he dado cuenta –dice Héctor-, de que siempre pides lo mismo.
-No me gusta conocer gente nueva –yo.

8.

Decidimos ir a Libertad 8. Andando. Pasamos junto a un local, todavía en Lavapiés, que se llama Nietzsche.
-Anda que no hay que tener huevos para ponerle Nietzsche a un bar –yo.
-¿Entramos?
-Por favor.
Pero cuando abrimos la puerta, la música que suena es “Devórame otra vez”, y encima la gente es muy pija.
-Me da vergüenza entrar así, y con la bolsa –yo.
-¿En serio?
-Sí, soy muy mirado para esas cosas.
-A mí me da igual. Pero no vamos a entrar a esta mierda de sitio.
Seguimos hacia Chueca.
Pasamos por la calle Atocha, luego por Echegaray (queríamos hacer una avituallamiento en un bar llamado “?” pero está cerrado); y llegamos a la Gran Vía.
Hay una manifestación. Son pocas personas, casi todas vestidas de negro y con banderas CNT y por ahí.
-Aquí está lo más jarracu de Madrid –yo.
Detrás de la masa manifestante, seis furgones policiales. Cruzamos la Gran Vía dejando a la izquierda a la CNT y a la derecha a la poli.

9.

Café Libertad 8. Sito en la calle Libertad, 8. Hoy toca una cantautor uruguayo. Héctor y yo hablamos de sexo.

10.
Café Pepe Botella. Sito en la plaza del 2 de mayo. Héctor y yo hablamos de sexo.

11.
No sé dónde. No me acuerdo de qué hablamos.

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6 Noviembre 2006

Grupo salvaje

1.
La sidrería Corripio no existe. Ya no. Estaba en la calle Fuencarral. Nunca fui. Ahora no puedo ir porque no existe.
-Estaba allí abajo, pero cerró hace mucho tiempo... –me dice un vecino-. Ahora hay un restaurante que se llama Mostaza
Encuentro el restaurante. La zeta de su nombre me resulta siniestra. Es un local moderno y popy. Da un poco de asco.
Me siento en el banco de la marquesina del autobús a esperar. He llegado pronto y leo y paseé y paso páginas y tomé un café en Starbucks y sigo con “Verdes valles, colinas rojas” y leí “Verdes valles, colinas rojas” con un café Mocca large y ahora me levanto para saber dónde tengo la cita con Miguel Beige, ya que el lugar donde él quería quedar, el Corripio, no existe.

2.

Le veo venir. Lleva un polo azul y un bigote a borbotones. Su chaqueta está un poco arrugada.
-¿Alberto?
-¿Qué tal Miguel?
Nos damos la mano.
El señor Biege se vuelve y se queda mirando (estoy seguro) la zeta de mostaza.
Le pongo la mano en el hombro:
-Te comunico que el Corripio ya no existe.

3.

-Es igual –dice-. Vamos al bar de mi hermana.
El bar de su hermana tiene nombre de dibujos animados y mujeres muy monas que se confiesan a los maricas. Todas visten de negro y sonríen. Como sólo hay dos maricas se pasan todo el rato yendo de mesa en mesa a recolectar las confesiones de la mujeres monas. Cuando se cruzan en mitad del bar, aleatoria y no lúbricamente, aprovechan para besarse.
Miguel habla con la camarera. La camarera le reconoce y le recuerda que hace diez años, una vez, hablaron. Esto es suficiente para que no tengamos que pagar las bebidas.
Miguel pide vino. Yo pido cerveza. Me ponen una Mahou de tercio con la etiqueta al bies.
-Jo –evalúo.
-Son falsas –me dice Miguel.
Miro a la camarera.
-¿Un vasito me pones, plis?
Nos sentamos a la mesa. Es la primera vez que estoy a solas con Miguel Beige. Le conocí en la presentación de su libro “Manuel, el caníbal”, acto al que fui invitado porque Miguel Beige leía con aprecio mis textos en Internet. La presentación fue un coñazo y bebí tres cervezas y estaba Constantino Bértolo y fue un coñazo.
Ahora hablamos de libros, de escritores, de editores, de lectores, de esa gente que calza las mesas con novelas breves, del dinero que nos debe ya la Historia, de las mujeres monas que se confían a maricas, de blogs.

4.

-Luego he quedado con mi novia –dice Miguel-. Si quieres venirte.
-Bueno, como veas. Yo encantado. Pero si os molesto, me voy, no problem.
-No, qué vas a molestar.
Salimos del bar de los dibujos animados y bajamos hasta la plaza del 2 de mayo. Las terrazas están llenas de gente. Los niños trazan elipses con sus bicicletas. Nos cruzamos con algunas personas y me descubro pensando: ¿No reconocen a Miguel Beige?
Nos sumamos a una mesa donde hay una mujer sentada. Es la novia de Miguel. Se la percibe barnizada por un tierno cansancio.
Nos presentan. Intercambiamos datos. Ella gira la cabeza hacia su derecha.
Luego se dirige a Manuel.
-Tengo que ducharla.
-Espera un poco. Tienes tiempo para tomarte un par de vinos.
Viene la camarera y pedimos: yo cerveza.
Al tiempo que las bebidas, pedalea hacia nosotros una niña. Tiene siete años y la mirada argentina.
-Hola, Marci –saluda Miguel.
-¡Hola! ¿Quién es tu amigo?
-Alberto –contesta Miguel.
-¡Hola, Alberto!
-Hola, Marci. ¿Qué tal estás?
-Estoy muy bien, muchas gracias, Alberto.
-Nos vamos a ir a casa, cariño –la novia (Eva).
-¿Ya? –Marci.
-Tengo que ducharte –Eva (la novia).
-Puedes tomarte aún un par de vinos... –Miguel.
Eva me mira:
-¿Quieres venirte a cenar a casa? Podéis estar aquí un rato... hablando de los bien que escribís... y luego cenamos viendo la película.
-Hemos alquilado “Grupo salvaje” –Miguel.
Eva, a su hija:
-¿Quieres que el amigo de Miguel venga con nosotros a casa?
-¡Sí!
Me mira la niña:
-¿Te gustan los gatos? Es que tenemos una gata muy mala y si no te gustan los gatos te va a saltar encima y te va a arañar...
-No tengo nada contra los gatos... –yo-. Si fuera un perro, todavía.
-Entonces puede venir –sentencia Marci.

5.
Eva se va con su hija. Le pregunto a Miguel dónde la conoció. Entonces me cuenta la Historia del Colegio Donde Todos Los Padres Son Escritores.

6. Historia apoteósica del colegio donde todo el APA escribe

Miguel: “Hay un colegio público en Madrid que no se rige por los designios del distrito donde vives, sino por las novelas que escribes. En ese colegio, todos los padres, y todas las madres, y la mayor parte de los abuelos, escriben. El colegio es completamente normal, tiene pizarras y tizas, tiene profesores aburridos y agredidos, y tiene un director que se deja la estufa de aire encendida toda la mañana en su despacho: lo normal. El caos literario, el auténtico esperpento paternofilial, acontece a la salida del colegio, cuando todos los escritores acuden a recoger a sus pequeños. Ahí vieras tú Planetas y Nadales, Primaveras, Bestsellers, Primerizos, Segundaediciones, Inéditos, Frustrados... todos con su novela en mecanoscrito en una mano y en la otra los dedos del hijo, aún tintados del Bic.”
Yo: Métete con Benet.
Miguel: “Los Benetianos, amigo Alberto, ponen a sus hijos en los columpios del patio de la escuela, y del empujón que les propinan, dan toda la vuelta al larguero del columpio, para acabar vomitando sobre sus compañeros. No te digo más.”

7.

Eva vive en una buhardilla blanca, con el vigamen de madera y las ventanas a la noche. Marci ya se duchó, y ahora corre por la casa como un animalito celoso.
Hemos comprado dos botellas de vino en un chino y sólo esperamos a que se acuesta la niña para descorcharlas.
-A dormir, Marci –Eva.
-Mira la gata –Marci a mí.
-Oh.
La gata es blanca y acaba de entrar por la ventana. Luego se pierde bajo la mesa y se queda quieta junto a un libro con Marilyn Monroe en la cubierta.
-Es crítica literaria –Miguel.
Eva lleva a Marci a la cama y luego pone un DVD. Grupo Salvaje, de Sam Pekinpack.
-Me han dicho que es muy buena –Eva.
-Sí, yo ya la he visto –yo.
-Yo no: pero me da mala espina –Miguel-: mirad esos zooms... Y esos mejicanos de pega... Y...
-¡Qué guapo es William Holden! –Eva.
-¿Has visto El crepúsculo de los dioses? –yo.
-Creo que sí, cuando era una niña.
-Esta película es hipnótica –Miguel. Segundo vaso de vino.
-Pues ahí estaba en su punto: aquí, qué viejo.
-¡Me encanta Ernst Bornigne! –Eva.
-¿Habéis leído a Haruki Murakami? –siempre yo.
-No –Eva.
-Japoneses sólo conozco a Kenzaburo Oé –Miguel-. Me maravilla el título ese de “Arrancad la semilla...
-..., fusilad a los niños”. Yo he leído “Una cuestión personal” y tampoco es para darle el Nobel...
-No, la verdad –Miguel.
-¿Has visto El imperio de los sentidos? –Eva.
-Es buenísima –yo.
-Porno del bueno –Miguel.
Al unísono, los tres miramos por primera vez en diez minutos la película “Grupo salvaje”.
-Pues Murakami –yo-, tiene una novela, creo que “Sputnik, mi amor”, en la que cuenta que a Ernst Bornigne, precisamente por esta película, le preguntó una periodista que por qué sacaban tanta sangre. Y el actor respondió: Porque cuando te disparan, sangras.
-Qué bueno –Eva.
-Esta película es hipnótica –Miguel. A Eva:- ¿Quién dices que te la recomendó?
-El del videoclub. Dijo que era una versión de “Los siete samuráis”.
-¡No! –yo, indignado-. Lo que es una versión de “Los siete samuráis” es “Los siete magníficos”, con Charles Bronson.
-Vaya bluff de película –Miguel.
-¿Has leído a Sade? –esto se supone que lo digo enlazando con “El imperio de los sentidos”, que a su vez tiene cierto link con “Los siete samuráis”, que no tiene ningún link con “Grupo salvaje”, que, según Miguel, es “hipnótica”.
-Me aburre –Miguel.
-“Filosofía del tocador” es muy bueno.
-Me aburre.
-El siglo XVIII es una maravilla. ¿Diderot?
-“El sobrino de Rameau”: genial.
-Es la que me falta. No está en mi biblioteca. Otra genial es “La monja”.
-¿Os gusta Saramago? –Eva.
-Habría que matarle –yo.
-Habría que meterle en esta película tan hipnótica –Miguel.

8.

-¿Qué estás leyendo ahora?
-“Verdes valles, colinas rojas” –yo.
-¿Y qué tal?
-Es buenísimo, es literatura 100%; y es moderno.
-Moderno.
-En serio: Ramiro Pinilla (Getxo, 1923) es el David Foster Wallace español.

9.
-¿Qué estás escribiendo ahora?
-Una novela sobre Luis María Anson –Miguel.
-No. Me. Jodas.
-Llevaba 100 páginas, pero me robaron el portátil en un autobús.
-¡A todos los autores famosos os roban el portátil, joder!
-La he tenido que rehacer.
-Supongo que te estarás inspirando en “Autobiografía del general Franco”, de Vázquez Montabán.
-No, más bien va en la línea de “Nacho Vidal, confesiones de una estrella del porno.”
-¿Sabes que las escenas más tórridas de Mar Flores en la película que hizo con Bardem se filmaron en el despacho de Anson en ABC?
-Eso constituye el primer capítulo de mi novela –Miguel.

10.

-Esta película es hipnótica.

11.

-No he visto que tengas ningún libro de Miguel en casa, Eva.
-¡Sí tengo! En el zulo.
-Lo llama el zulo –Miguel.
-Ven –Eva.
La novia de Miguel me lleva al zulo, una biblioteca minibabilónica, con pocos libros, y en realidad casi ninguno del Beige.
-¡No me jodas que tienes éste!
Saco un libro muy malo.
-No lo he leído.
-Me alegro.
Volvemos a la mesa. Miguel hace como que mira la película pero en realidad está mirando los botones de la tele.
-¿Cómo pueden publicar esto?
Dejo caer la novela sobre la mesa. Es gruesa. Abro a voleo y leo una frase.
-Uf –Miguel.
-No está tan mal... –Eva.
-¿Y esto? –leo un párrafo-. Esta novela me da ganas de ahorcarme. Es basura. Es papel manchado de mierda. Es un pedazo de estupidez puesto en venta.
Miguel se pone en pie.
-Tienes razón, joder –se lleva la mano a la espalda-. Apartad los dos.
Eva y yo nos ponemos de pie, damos un par de pasos atrás.
Miguel Beige le pega diez tiros al libro. Veo el papel hecho trizas, revolotear, arder, incluso, en el aire. La novela se ha partido en tres trozos, y sangra.
-Para que te calles –Miguel, soplando el ánima de su revólver.

12.

-Hostia, me voy a ir: la una –yo.
Miguel y Eva se ponen en pie.
-Me lo pasé en grande: muchas gracias.
-Nada: ésta es tu casa –Eva.
-De hecho, es tu casa, Eva –Miguel-. A mí nunca me has dicho que sea mi casa.
-Un beso, Alberto.
Me despido de Eva. Aprieto la mano de Miguel.
-El ascensor está en el piso de abajo –Miguel.
Cierran la puerta. Bajo uno a uno los escalones de la escalera. El ascensor tiene la puerta estrecha, de color azul. Aprieto el botón de llamada.
Cierro los ojos y sonrío.
Siempre soy feliz cuando algo viene a buscarme.

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30 Octubre 2006

Sólo cosas grandes

pincha en la palabra pincha

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24 Octubre 2006

Cosas que me hacen feliz fácilmente

"Me leí su novela por primera vez hace unas semanas, en el vuelo Madrid-Santo Domingo, y me pareció absolutamente maravillosa. He empezado a leérsela a un grupo de adolescentes ciegos con los que trabajo, y están fascinados. Así que en nombre de los chicos, y mío, va un caluroso saludo caribeño desde acá."

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23 Octubre 2006

Hikikomori no eiga

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