Un adinerado caballero, viendo la felicidad que protagonizaba la vida toda de su criado, tuvo el capricho de someter al mismo a una dura disciplina por ver si secuestraba la sonrisa de su rostro. Así, le ordenó se quitara la ropa y se vistiera con un simple camisón, para después introducirle en una celda sin ventanas ni otro mueble que una pobre silla de madera. Cerrada la puerta, el adinerado caballero esperó oír pronto las quejas de su criado.
No las oyó, por cierto, y seguía sin oírlas aún pasadas dos semanas desde que su capricho carcelero diera inicio. En éstas, el señor decidió espiar a su criado de cuando de cuando, por ver en qué entretenía sus largas horas y si en su rostro hacían mella la soledad y el desamparo. Lo vio a través de las rendijas de la puerta, sentado a menudo en la silla y haciendo equilibros en ella, de modo que ahora estaba reposando sobre las patas traseras, ahora sobre las dos de un costado, ahora sobre una sola pata. Y todo este equilibrismo lo hacía el buen criado sin dejar de sonreír y aún carcajearse.
El poderoso caballero, muy irritado, abrió la puerta de golpe y encaró a su siervo: “Malnacido, clamó, “te pongo aquí como castigo por tu denodado solaz diario y tú pagas la merced que te hago de dejarte esta silla holgando con ella como si fuera un caballo. Devolvedme esa silla.” Y se la arrebató sin compasión.
2 comentarios
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joooder!
a lo mejor pensó que la felicidad estaba en la silla... pobre...