1.
Leo un periódico, escrito en el idioma C, en la biblioteca. Leo un artículo que alguien ha escrito sobre una persona que se suicidó hace treinta y cinco años. Pienso que lo que leo es interesante. Pienso que el que lo ha escrito lo ha leído anteriormente en algún libro, y que ese libro era interesante. El autor del libro, a su vez, leyó, antes de escribir, mucho o poco sobre el suicida en otros libros o en otros periódicos, del mismo modo que yo ahora leo éste y, luego, escribiré sobre lo que he leído en otra parte para seguir propagando el incendio un poco mezquino de la curiosidad.
Yukio Mishima, una foto de Yukio Mishima, completa el reportaje del periódico. Me gusta más la foto que el texto. En general, Yukio Mishima se dejó tomar muy buenas fotos. Me recuerda a Mussolini, Mishima, en esta foto. Protagoniza una arenga y sus labios apretados, marciales, y su guerrera militar, piden a gritos un país que lo secunde, lo idolatre y lo asesine. Yukio Mishima revienta la guerrera militar con su musculatura, noto.
Abandono la biblioteca. Son las cinco de la tarde. Sopla el viento y revolotean, desprendidas de los árboles, decenas de hojas amarillas. El suelo está cubierto de hojas amarillas. No hagas metáforas.
2.
González está solo. Su novia salió de compras con su madre. González me invita a pasar y nos sentamos en el suelo de tatami, junto a una mesa provista de futón debajo de la cual metemos las piernas. Empezamos a fumar. Hablamos del frío que hace. González se levanta para preparar café.
Cuando vuelve me dice enseguida que ha sido el cumpleaños de su novia. Corre al dormitorio y regresa con dos peluches de un metro de altura cada uno. Se trata del pato Donald y de la pata Daisy. Me dice que fueron el regalo de cumpleaños que le hizo a su novia: le gustan mucho estas cosas. Luego me pasa un cojín y el cojín es la cara de Kitty, que debe de ser una gata. Kitty, me cuenta González, está también en su cuarto de baño, en la funda del soporte para el papel higiénico. Mi amigo deja a Donald y Daisy en el sofá que hay enfrente de mí, y me enseña más cosas. Debajo de la televisión, se acumulan peluches de Mickey Mouse, Minnie, Tedy Bear y Hello Kitty. Los marcos de las fotos que hay sobre la televisión también son de Hello Kitty. Las manoplas que hay en la cocina para no quemarse son de Snoopy. En las toallas sale Totoro. Yo también tengo a Totoro en mis toallas, le digo. Y trato de cambiar de tema.
No sabía que González trabajaba en Nissam. Le he preguntado si ya se compró el coche y me ha dicho que no, todavía no. Luego me he acordado de una anécdota sobre Nissam y se la he referido. Una de mis alumnas del idioma A está casada con un trabajador de Nissam. El otro día me llevó en su coche y su coche era un Nissam. Le pregunté, medio en broma, si todos los trabajadores de Nissam tienen que conducir un Nissam. Me dijo que no, pero que comprar un automóvil de otra marca conlleva incomodidades. En la Nissam hay dos párkings. Uno, frente a la puerta, grande y vistoso; otro, en la parte de atrás, pequeño y alejado. En el párking delantero de Nissam sólo pueden aparcarse los Nissam. En el párking pequeño y alejado estacionan los Honda, Mazda, Suzuki, Toyota y los competidores europeos y americanos. González me confirma este dato y corre a acallar el silbido de la tetera.
3.
Ahora miro fotos. González me ha preguntado si quiero ver unas fotos de su aventura en Estados Unidos y yo le he dicho que sí quiero ver unas fotos de su aventura en Estados Unidos. Fue a la costa Oeste en 1994. Hay un montón de fotos de cómo era la costa Oeste en 1994. Era grande. El mar es grande y las canchas de baloncesto son grandes. En la tienda-museo de Nike sale un Michael Jordan bien grande. ¿Y esta foto dónde es?, le pregunto. En San Diego, responde. Ah, hay un zoo muy grande en San Diego, a que sí.
Me gusta cómo suenan los nombres de las ciudades. San Francisco, calles en cuesta, tranvías; Los Ángeles, la poli en bicicleta, la playa, patinadores; Seattle, (“estaban de moda Nirvana cuando fuiste, ¿no?” “sí, y Pearl Jam”); Salt Lake City, (“joder: qué viaje te hiciste” “de Los Ángeles a Salt Lake City, dieciocho horas en autobús”); San Diego, (“qué tal San Diego” “fue lo que más me gustó”).
Luego llegamos a una foto del pie de González, de una de sus zapatillas. La zapatilla tapa una estrella dorada y sobre ella figura un nombre: Michael Jackson. González fue al paseo de la fama y enseguida encontró a Michael Jackson por el suelo. Sigo viendo fotos y encuentro otra zapatilla de González: tapa una estrella, sobre la estrella figura un nombre: Patric Knowles. ¿Quién es Patric Knowles?, pregunto. No sé, dice González. ¿No lo sabes?, y ¿para que te haces una foto con la estrella de Patric Knowles si no sabes quién es? La respuesta: había tantas estrellas y era tan difícil dar con Paul Newman o Dustin Hoffman, es decir, con alguien verdaderamente famoso, que González se cansó y puso el pie sobre la primera estrella que le salió al paso. Y por eso está ahora Patric Knowles en nuestra vidas.
-¿Tú qué crees que era, este tío, actor o cantante? –pregunto.
-Actor seguramente.
-Sí. Patric Knowles. Déjame que me lo apunte que es que es genial.
Saco un cuaderno y apunto Patrick Knowles. También apunto otras cosas.
-¿Quieres ver más fotos?
-Sí, claro.
González vuelve con otro mazo de fotos, todavía más antiguas. Son de hace unos quince años. Se ve a mi amigo con sus amigos de entonces, a orillas de un río. Es verano. Todos visten bañador y se disparan con enormes pistolones de agua. En muchas fotos, el chorro del pistolón hace blanco en la bragueta de los bañadores, en el bulto de los bañadores. Hay una foto, en primer plano, de la protuberancia de un sexo dentro de un bañador. Hay otra foto de un joven clavado en el aire, a medio camino entre una roca y un chapuzón. Tanto González como sus amigos son extraordinariamente musculosos. “Como ves, ni una sola chica”, me dice.
“Esta foto es fantástica”, le digo. “¿A que sí?, la tomé yo”, responde orgulloso. La foto ha capturado a uno de sus amigos lavándose el pelo en mitad del río. El joven, desnudo, está acuclillado sobre una laja, tiene las manos enredadas con sus cabellos y el torso desviado hacia la derecha, casi violentamente, quizá para impedir que el jabón le caiga sobre los ojos y el cuerpo. Todos sus músculos están crispados. La escena está cuajada de luz (en realidad es una mala foto), y puede verse al joven, en mitad del río, a través de lo que parece un cendal blanco, uniforme, que sólo quema el brillo intensísimo de la propia luz sobre la corriente del río, y sobre el omóplato izquierdo del joven, que parece todo él tallado en madreperla.
-Y a esta gente –le digo-, ¿la has vuelto a ver?, ¿sabes de sus vidas después de quince años?
-No. Bueno, de algunos sé algo. El de esta foto vive en Metropoli Y. ¿Qué apuntas en el cuaderno? No lo entiendo: ¿es idioma A?
-Sí. No es nada: apunto que tengo que escribir sobre Mishima cuando llegue a casa. Eso es.
4.
Cuando llegue a casa, pienso. Cuando llegue a casa seguramente escribiré sobre ti, González, revelaré tu intimidad. Cuando llegue a casa te traicionaré. Quizá, durante unos minutos, quizá durante muchos minutos, me plantee si es justo, si es ético, si es digno, poner sobre el papel tus cosas, manipularte, usurpar tus recuerdos. Pero después voy a mirar mi notas y mis notas van a camelarme, y voy a escribir sobre ti cuando llegue a casa. Es fácil: me engañaré. Es fácil: diré que escribo sobre ti porque he visto una foto de Yukio Mishima, hombre inmortal, y porque he visto monigotes y personajes en tus toallas y muebles, todos patéticamente inmortales, y porque hace diez años pusiste el pie sobre Patric Knowles para que yo ya sepa cuando lo escriba quién es Patric Knowles, tan inmortal, y porque, gracias a una fotografía, tampoco ha muerto del todo el río donde tus amigos y tú os bañasteis hace quince años, el río de la vida, y porque quiero yo asimismo tomar una foto de esta tarde en tu casa para que no se me olvide, para que no se me olvide sin más, aunque luego alguien venga y ponga su pie sobre esta foto sin saber quién sale en ella, sin importarle nada en absoluto de su historia y de su tiempo, como quien pone el pie sobre un charco o un bordillo, como quien pone el pie sobre las hojas amarillas una tarde cualquiera.
-¿Patric Knowles?
Patrick Knowles era un actor inglés que trabajó en Hollywood, e hizo películas con Errol Flynn como por ejemplo Robin Hood, donde hace de Will Scarlett.
No compres bañadores o ropa croisier,
Antes de venderla la alquila a gogos que sudan toda la noche y luego los vende.