1.
El espejo dice que tengo barba de tres días. Me paso las yemas de los dedos por la barba y decido que me gusto. Me gusto tanto que me voy a acuchillar sobre el suelo de tatami de mi casa.

2.
Me he quitado el jersey de cuello de tortuga que compré en Uniqlo. En el envoltorio de plástico del jersey decía que era un jersey de cuello de tortuga. Es un jersey con el que, sin duda, no se puede andar muy deprisa. Es un jersey, confieso, que sólo me pongo para pasear.
Me he quitado la camiseta verde que me compré en Uniqlo, otro día, antes que el jersey de cuello lento. Es una camiseta sin más. Me gustan las camisetas porque no te hacen perder el tiempo. Ni se abrochan ni se desabrochan, ni se pasan de moda ni están de moda; te las quitas y te las pones y el cuello se da de sí y eso es todo lo que uno tiene que preocuparse por su camiseta.

3.
Tomo una de las sillas de la cocina, de metal pintado en gris y tapizado rojo, y la pongo sobre el tatami. Abro un cajón y empiezo con el casting de cuchillos. En realidad sólo tengo dos cuchillos: uno muy grande y otro pequeño, afilado y bastante sexy. Elijo el segundo y lo coloco sobre la silla. Luego enciendo la cámara y activo el disparo automático. Diez segundos.
Me ubico junto a las puertas correderas de papel. Son muy chulas y seguro que son mucho más chulas cuando las salpica la sangre. Me da la impresión de que la habitación de tatami de mi casa es el lugar más conveniente del mundo para hacer como que te matas.

4.
Es difícil hacer como que te matas, la verdad. La luz no es suficiente, así que descorro las cortinas de las ventanas que están detrás de las puertas de papel. Luego, no sé si arrodillarme o permanecer de pie, porque en ambos casos quedo fuera de cuadro. Al final pongo una caja de galletas alemanas (redonda y de metal, con un poco de cinta aislante pegada en la tapa, anunciando su nuevo contenido: Medicinas; no sea que me haga daño) sobre la silla y todo parece ir mejor.
Así que le doy al botón y empiezo a posar. Una lucecita roja parpadea, con cadencia orgásmica, y al final salta el flash y la foto es una mierda.
Entonces pongo el modo blanco y negro y anulo el flash. La foto sale mejor y me hago treinta cinco fotos con un cuchillo muy sexy deseando mi carne.

5.
Fumo y miro las fotos. Ésta me gusta más, esta otra sería estupenda si no se me viera el ombligo. La decimocuarta no carece de intención, pero el cuchillo no brilla y está claro que los cuchillos, en las fotos, no cortan porque tengan filo, sino porque brillan. En “Querelle”, Jean Genet dice cosas muy bonitas sobre los cuchillos, pero no me acuerdo de lo que dice exactamente así que no puedo plagiarle.

6.
He quitado la silla y la caja de galletas alemanas con medicinas niponas en su interior. He dejado la cámara sobre la mesa de la cocina. Me he puesto otra vez en posición de suicidio grandilocuente para saber qué se siente cuando vas en serio. Sé que si me atravieso con el cuchillo, y me derrumbo sobre el tatami, y mi sangre mancha la paja del tatami y agonizo y muero, no me va a encontrar nadie en un mes. Me puedo matar con una tranquilidad que resulta animosa. Mi teléfono móvil no suena casi nunca, y cuando suena siempre sucede que salí de casa sin él. Además, no tengo visitas, salvo algunos posibles compradores de la casa, que no creo que tengan mucho interés en verla acompañados de un tipo con un cuchillo clavado en el bazo; un bazo extranjero, encima. En general nadie me va a echar de menos en varias semanas, y eso quieras que no te quita un peso de encima.
Ahora tengo la punta del cuchillo pegada a la piel. No dejo de mirar hacia la punta del cuchillo para comprobar si me he hecho sangre. Pienso que basta un buen empujón para tener toda la hoja dentro del cuerpo; para tener el brillo de la hoja del cuchillo instalado en mis intestinos.
El brillo.
Luego hago un alto en el camino, sin dejar de empuñar el cuchillo con ambas manos, para contextualizar un poco. Sí, me digo, pero ¿dónde está esa persona que me tiene que cortar la cabeza con una katana? Tiene que ser un amigo, una persona que te quiera: eso tiene que ser quien te separe la cabeza del cuerpo de un sablazo. Luego pienso en una cabeza separada del cuerpo y rodando sobre el tatami y en la cara que se le debe de quedar a uno cuando se ve rodando por el suelo alejándose poco a poco de su propio corazón. Y no, no necesito que me corten la cabeza. Puedo saltarme el ritual en este punto, jo.
Así que cierro los ojos, aprieto el mango del cuchillo (cuesta cien yenes: es un detalle que me anima también mucho) y le doy a la maquinaria interior, a las ruedecitas, al clic, clic, al procesado de las neuronas, a la memoria, a la autocompasión, a la vanidad, a una lágrima que estaba por allí esperando que alguien la llorara.
Me excita cómo voy doblegando mi voluntad de vivir.