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La Coctelera

Hikikomori

Detalles de ayer

16 Abril 2006

Trenes hacia Tokyo

1.
No todos los trenes van hacia Tokyo: sólo los que tomo yo. Siempre que entro en un tren, y me siento, y me convierto en pasajero por unos minutos (a veces hasta por unas horas) sueño que voy hacia Tokyo, que me llevan a la gran metrópoli, al cenáculo del dinero y de los coños y de las grandes pantallas de televisión. Luego, el tren, sus puertas, se abren a la decepción, una decepción provinciana, con poco dinero, pocos coños, y televisioncitas.
Las puertas del vagón se abren y salgo y estoy en Tokyo: a veces los sueños se cumplen y entonces uno no sabe qué mover. A veces los sueños se cumplen y una chica te espera en Harajuku, una chica con el nombre más bonito del mundo: Kokoro.

2.
Es pequeña y mis pretensiones son: follármela hasta hacerla crecer. Todo esto es muy porno y machista y tiene uno que ocultarlo debajo de un montón de amabilidad y puertas por las que ella pasará primero y platos que pagaré y copas que pagaré y también (es mi truco favorito) viajes en metro donde yo hago como que no sé dónde voy ni cómo se va, y es que ella será tan lista, jo, tan urbanante, que me sacará del dédalo subterráneo porque sin ti Tokyo me tumba sobre la grava, corazón.
Kokoro significa corazón: ya he dicho que me la quiero follar.
La conocí por ahí, en cualquier sitio. El punto, la coordenada donde conoces a alguien es completamente baladí: lo importante es el punto, la coordenada, en la que te enamoras de alguien. Yo me enamoré de Kokoro en el punto y la coordenada en que la conocí. Lo que quiero decir con todo esto tan matemático es que Kokoro es una espinita clavada desde hace mucho tiempo. Todo va de clavar.
Le mandé un mail. En el mail le decía, oye, quiero ir a Tokyo, ¿quedamos? Ella, de inmediato, se dispuso a convocar a más amigos, a otros conocidos, para hacerme la habitual recepción nipona de: nadie-puede-superarnos-en-esto: recepcionar. Yo le dije, oye, no, quiero quedar sólo contigo. Y ella dijo: de acuerdo. Y luego yo puse los condones en un tren.
Un tren-bala.

3.
Bienvenidos a Harakuju. Es un barrio de Tokyo lleno de gente guay. Me da una pereza que no veas contar más cosas, describir, adoptar un estilo llanito y como que sólo miro y no juzgo, porque yo juzgo todo el rato, sobre todo cuando hago como que no, sobre todo cuando aplano el diccionario y podo la gramática para que no se me desborde la subjetividad. Algo como: “Llego a Harajuku. Delante de mí tengo una chica en minifalda. Lleva botas negras y un sombrero. Fuma y espera, como yo. La estación está llena de gente que espera. Harajuku está hecho para esperar y comprar y lucir sombreros. También para lucir muslos y tatuajes, piercings, tirantes morados sobre camisetas de Mickey Mouse, bolsos de marca, cadenas, imperdibles, modas pretéritas y modas por venir, medias de rejilla, faldas góticas, maquillaje suculento. Etcétera.”
Hazlo en casa que yo estoy nervioso.
Fumo. Miro hacia la salida del metro por ver si aparece Kokoro. Trato de adoptar posturas interesantes, una de esas poses que le haga pensar: Jo, me está esperando pero tampoco parece que fuera a morirse si no vengo. Para esperar a una chica que te quieres follar, tienes que hacer como que, precisamente, vienes de follarte a otra. Me lo acabo de inventar pero suena bastante bien.
Kokoro aparece a mi espalda. Se ha bajado en la estación anterior y ha venido andando hasta aquí. Sigue siendo tan pequeña como siempre, aunque ahora su cara, que tiene cinco años menos que mi cara, parece sólo a dos años de distancia. Ha envejecido.
-Hola, Kokoro.
-Hola, A.
Le doy dos besos aunque eso no se lleve en su entorno. Es para que me vaya cogiendo asco.
-¿Qué escuchas?
Música, claro, en un Ipod que ella me adjetiva como shuffle.
-Me tengo que comprar otro, éste ya es muy viejo.
Empezamos a andar. Vamos a una cafetería donde ya estuvimos una vez, con más gente y todo y mi prometida. Está nublado y Kokoro viste muy plebeya para la pasta que tiene. Su hermana trabaja en la televisión. Sus padres son personas internacionales, que vivieron en Londres. Kokoro estudió inglés en Dakota del Norte, durante dos años, y tiene muchas cosas que decir sobre ese Estado en concreto de entre todos los Unidos. Por ejemplo (y lo dice Kokoro, no yo): “En Dakota del Norte se ponen todos los días vaqueros y camisetas de color gris, salvo los domingos, en los que se ponen vaqueros y camisetas de color blanco. En Dakota del Norte están muy orgullosos de sus monumentos, en concreto de una tortuga hecha con neumáticos, que dicen que es la tortuga hecha con neumáticos más grande del mundo. También dicen tener la estatua de una vaca más grande del mundo.”
Tomamos café. Nos ponemos al día de nuestras vidas y yo me divorcio encima de la mesa, sin anestesia y en términos arrojados. Luego le cuento cómo quiero a los niños a los que doy clase, cómo los adoro, cómo los tiro por los aires y cómo, por ello, soy un hombre supersensible y al que deberías follarte hoy. Kokoro no me cree porque ella me conoció en una etapa de mi vida en la que sólo quería follarme a las chicas pequeñas hasta hacerlas crecer, una etapa que, gracias a Dios, ya pasó a la historia. Pero me da que no me cree.

4.
He pagado los cafés y seguimos ruta por Harajuku. Alguien me ha contado que hay unos grandes almacenes nuevos de lo más imprescindible. Kokoro me lleva a ellos y me pregunta si quiero entrar. Le digo que no puedo costearme ninguno de los artículos que venden, así que seguimos andando hasta Shibuya.
Yo he estado en Shibuya muchas veces, pero no un sábado a la noche con una chica maravillosa. Kokoro, hemos hablado mucho y ya sé más de ella, es noctívaga y alcohólica y, en fin, la clase de persona a la que puedes dejar que elija los bares porque se los conoce todos. Sé que esto es así por un detalle crucial, digno de guías michelín y guías turísticas: Kokoro tiene en mente (me lo ha dicho) los bares que cierran más tarde, es decir, ella sabe adónde acudir cuando todo lo demás esté cerrado o sea un desastre. Una alcohólica de verdad tiene siempre un as en la manga.
Cenamos en un restaurante en Shibuya, carísimo y con espejos de cuerpo entero en los baños, enfrente de la taza. Cenamos ensaladas y tostas y bebemos cerveza del centro de Europa. Yo bebo una marca y ella bebe otra marca; en la segunda ronda, intercambiamos marcas y entonces ella me dice esto:
-Sabes lo de mi tumor cerebral, ¿no?
Bien: mi cerebro, como el de cualquiera, es una caja mágica, atento siempre al conjuro de la palabra. La palabra “tumor cerebral” sumada a la palabra “Kokoro” hace que aletee por ahí la siguiente mnemotecnia: H cuelga el móvil hace más de un año y me dice, era Kokoro, que le han detectado un tumor cerebral. Y yo: pues bueno. Me daba igual. Sin embargo, ahora, cuando me lo dice a la cara, me da mucha pena, como si no lo supiera, con lo que concluyo que saber algo, en definitiva, da igual, lo que importa es qué tan importante es eso que sabes para tu vida. Por ejemplo, al presidente de Estados Unidos se la chupaba una becaria: ¡da igual! Que me la chupe a mí. Todo el mundo esperaba una reacción guillotinante entre la plebe al conocerse la noticia, pero en realidad la plebe dijo: si es que me da igual: ¡que me la chupen a mí!
Entonces tengo delante a una persona con tumor cerebral. También tengo delante una cerveza holandesa y una ensalada como de brócoli dentro de una fuente de cristal muy estrecha y en la que no hay manera de meter el tenedor sin parecer un zampahelados. Entonces tengo delante a una persona con tumor cerebral.
Le pregunto que cuándo, que cómo, que qué se puede hacer. Me dice cuándo y cómo, y que nada se puede hacer. No se puede operar y le dan tantos años de vida. Yo sé cuántos, me lo dijo y lo recuerdo, pero no lo escribo no sea que la muerte lea mis textos y se tome su trabajo al pie de la letra, la hijadeputa.
Kokoro, ay, me cuenta todo esto como yo contaría que, ¿sabes?, no sé si me queda mejor la camisa por fuera o por dentro del pantalón. A Kokoro, como que le da igual su tumor. Entonces me tengo que sacar del sombrero cerebral la palabra “admirable”, pero es tan tópico admirar a los enfermos graves, decir que se lo están tomando de miedo, que sepulto a codazos el adjetivo. Y saco otro, más halagador y original: Kokoro es, por su tumor cerebral, follable, sexy, encantadora. Sí, la deseo más desde que sé que le han puesto plazo a su placer.

5.
Ahora la cosa va de beber y fumar. El médico le ha dicho a Kokoro que no beba ni fume y Kokoro, con un cigarrillo en la boca y un cóctel en la mano, me lo dice a mí. Paseamos por Shibuya en busca de un bar a nuestra altura. Kokoro guiaba la expedición y dio con el sitio adecuado, un pub diminuto en el piso cuarto de un edificio de color gris. Subimos la escalera y el pub estaba lleno de gente. Había dos parejas esperando a la entrada, una de ellas en unos taburetes rojos. La entrada era casi el descansillo de la escalera del piso cuarto. La ventana del descansillo estaba abierta y yo me apoyé en el borde para mirar la ciudad. Justo enfrente estaban las vías del tren. Kokoro se acodó a mi lado. Estaba todo oscuro hasta que vino el tren, con sus ventanas encendidas como celuloide fosforescente. Pasó el tren y me estremecí y le dije a Kokoro que me encanta Tokio cuando se llena de trenes iluminados. Luego entramos a beber.
Y aquí seguimos, bebiendo. Kokoro tenía un novio con el que rompió hace unos días. Eso, claro, me da esperanzas. Me dice que es un rockero que toca la guitarra en un grupo y que la sigue escribiendo mails y que esperará un mes (un mes exacto) antes de contestarle, para que sufra. Nota: una persona que tiene los días contados, ESPERA un mes para contestar al tipo al que en el fondo ama. Eso sí es ser una mujer, pienso, eso es feminidad. Lo demás es una mierda.
Le pregunto si su novio le ha escrito alguna canción. Claro: cómo no le va a escribir una canción su novio. A Kokoro la canción no le gustó nada, pero bueno. También me dice que ella pinta, que desde que le diagnosticaron el tumor pinta cuadros naif todo el rato. También iba a correr al parque pero un día, por Navidad, tuvo un desmayo y ya no la dejan correr. El caso es que sus pinturas están llenas de animales porque a ella le gustan mucho los animales. Estuvo en centroamérica viendo todos esos animales que tienen por allí y quiere volver. Sus planes de futuro son (me dice, dedo a dedo): comprarse un ipod, encontrar un trabajo a media jornada, y viajar a centroamérica para ver animales. Ya está.
Luego hablamos de música. Le gusta Eminem y un montón de grupos que cuando hacen música parece que hicieran terrorismo. Le comento que esa música pega poco con su talla. Me hace un flashback a su adolescencia y se me pinta toda gótica y malota y como agujereada de pendientes y pollas. Me gustaría haberte visto, le digo.
También juega rugby, Kokoro. No puedo evitar decirle: Oye, me gustas mucho. Ella sonríe y fuma y me mira y sus pechos son pequeñísimos y no tiene culo y viste un poco mal para la pasta que tiene y parece como si dijera: sueña.

6.
Tomamos el tren para ir a una zona, llamada Ikebukuro, que queda cerca de su casa y cerca de mi tren de vuelta al agro, tren que no voy a tomar porque ya decidí estarme 24 horas en Tokyo ya fuera solo o con el fantasma de Fumanchú. Me parece que va a ser solo, pero, de momento, un tren.
Estamos en el vagón, bastante apretados, y pasan las estaciones una detrás de otra. Kokoro habla y yo escucho y a veces lo que dice tiene que ver con su vida y a veces con lo que hay del otro lado de las ventanas. En un tramo en concreto, Kokoro mira por esas ventanas y me comenta: Aquí hay muchos hoteles de parejas. Es mi tema favorito desde que no tengo pareja: los hoteles de parejas. Le pregunto por ellos, por su funcionaniento, sólo para saber si ha ido alguna vez a alguno. Ha ido mucho: resulta que en algunos no te cobra una máquina, como yo creía, sino un ser todo humano que te atiende desde detrás de una mampara opaca y hermética a todo menos a los billetes, que le pasas por un huequito. Dejamos atrás la zona de hoteles y ya está todo muy claro.
Bebemos otro poco y Kokoro inicia la despedida con la samaritana cuestión: ¿Estarás bien? Le digo que sí, que Tokyo es la ciudad más segura del mundo y yo el tipo más gilipollas, de modo que nos llevaremos bien. Seguimos bebiendo y fumando y le pido que me mande por mail alguno de sus dibujos. Luego salimos a coger un taxi.
Lo coge, ella, Kokoro, y yo le doy un abrazo que recibe como extrañada. El taxi se va y yo echo a andar por las calles de Ikebukuro. Sobreviviré, sobrevivirá, alguien tiene que sobrevivir todos los días, alguien tiene que morirse todos los días, moriré, morirá, en realidad todos sabemos que da igual.

servido por hikikomori 14 comentarios compártelo

14 comentarios · Escribe aquí tu comentario

G

G dijo

HE´S BACK!

16 Abril 2006 | 05:00 PM

carnicero

carnicero dijo

y con la escopeta cargada

16 Abril 2006 | 11:17 PM

Apóstata

Apóstata dijo

Se hace de rogar tanto como los e-mails de mes en mes...
Como se agradece leer algo nuevo

17 Abril 2006 | 12:25 AM

mc@mexico

mc@mexico dijo

welcome back.

18 Abril 2006 | 07:33 PM

apócrifo

apócrifo dijo

Hola A, hoy había una reseña sobre este blog en El Periodico de Catalunya.
Feliz.

Un abrazo.

19 Abril 2006 | 03:17 PM

Adn

Adn dijo

Llevo 3 horas y media leyendo tu blog. Es buenísimo!

22 Abril 2006 | 10:47 AM

hikikomori

hikikomori dijo

Ya.

22 Abril 2006 | 10:02 PM

recesvinto apanadero

recesvinto apanadero dijo

No se por que te expresas así...en fin siempre habrá gilipollas en todos los lados.

23 Abril 2006 | 03:33 AM

Mariana

Mariana dijo

Hola A.

De nuevo desde Mexico, te saludo y te felicito.
Este relato en particular me ha gustado mucho. Me sorprende mucho como escribes -quiza se deba a que leo poco y no he podido dejar que otros autores me sorprendan-, y las cosas que puedes describir con tan pocas palabras, haces que respinge sentada en la silla, que sonria o que ria.

Creo que me he hecho adicta a tu blog. Sigue escribiendo. Me encanta, felicidades.

Como ya sabras me encanta Japón y no puedo imaginar un nombre mejor que Kokoro, ne?

Ja, mata ne!

20 Septiembre 2006 | 04:55 AM

AA

AA dijo

Solo reivindicar este post, sin lugar a dudas mi favorito....

21 Octubre 2006 | 10:12 AM

hikikomori

hikikomori dijo

Yo, sin duda, te reinvidico a ti: por tu elección.

21 Octubre 2006 | 12:08 PM

bluff

bluff dijo

Hola!

¿Pero qué paaasa, tío?.

Eres dios. ¡La polla!. La polla de dios. ¡Humilde y omniscente!

Empecé a leerte ayer a partir del guiño que le hiciste a "d.m" en tu weblog. No quería escribirte hasta terminar de leérmelo todo. No he podido. Te mereces ya, ya, ya que te diga lo bueno que eres. Grande.

El único escritor español -junto conmigo, y pido perdón- al que entiendo. El único del que sé siempre de que es de lo que me está hablando. Alguien -¡por fin, en este puto país!- que no me marea con sus neuras de mierda y sus enervantes complejos.

Perfecto, caminemos solos aplastando latas. Escuchando los crujidos de las nubes mientras se deshilvanan. Riéndonos en silencio de sus risas...

¡Mi enhorabuena!. Bluff.

22 Noviembre 2006 | 11:15 AM

hikikomori

hikikomori dijo

jo, gracias.

22 Noviembre 2006 | 02:11 PM

Cavilante

Cavilante dijo

¿De dónde viene tu savia literaria?

26 Noviembre 2006 | 11:34 AM

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