El canal está bordeado de cerezos. Me gusta mirarlos desde el puente. Tienen el tronco carcomido y muchos han sido apuntalados para que no le caigan a la gente en la cabeza. La flor de estos cerezos es blanca y, en pocos días, sus pétalos caerán sobre el cauce del río y se convertirán en una amalgama sucia, vomitiva, que el río se llevará lejos de aquí, con algunas latas de cerveza, algunos plásticos y quizá condones. Los ríos son bonitos a lo largo, desde un puente. Los ríos son feos de costado, cuando se ve la otra orilla y parece que te cortan la vida mientras fluyen. Los ríos, finalmente, son un asco porque generan pensamientos perniciosos, como tirarse a ellos, cortarse las venas, quemar a un niña mientras se ata las bambas o votar en blanco en las elecciones.
Desde el puente, entonces, el río es bonito porque se le ve avanzar hacia el horizonte, pasando bajo otros puentes y curvándose para esquivar bicicletas. Los cerezos en flor tienen todas su ramas sobrevolando el río. También sus troncos están inclinados hacia el agua. Las raíces, sin embargo, levantan el asfalto del paseo, llenándolo de cuarteaduras que se quedan tus monedas y las convierten en hierbajos. Yo camino por el asfalto buscando esas monedas aún no transmutadas, pero no encuentro ninguna.
Dejo atrás algunos bancos y llego al pequeño estanque. Es una lámina de agua con piedras planas que lo cruzan de un lado al otro, colocadas en zigzag. La cosa es que para cruzar el estanque tiene uno que caminar sobre las piedras planas. Y que al poner un pie en cada piedra uno es terriblemente consciente de ese acto: de que camina, de que a un paso le sigue otro paso. Esto parece una memez pero es toda una lección locomotriz. Cuando camino por la calle no sé cuántos pasos doy ni sobre qué los doy. A lo mejor estoy pisando billetes de 10.000 yenes y ni me entero. A lo mejor le piso el pie a una vieja o a un francés. No me entero. Sin embargo, paso a paso sobre las piedras planas del estanque, da la sensación de que está uno aprendiendo a andar, y de que es muy importante eso de andar para no mojarse los calcetines, que es un percance que siempre da mucha rabia.
Superada la prueba de las piedras, veo una pérgola y, a su lado, los aseos públicos. Como no hay nadie, me meto en el de mujeres porque estoy muy empeñado en conocer el espíritu femenino, su idiosincrasia. Veo los aseos de mujeres y no entiendo nada más que un poco de su idiosincrasia, en concreto, que los aseos son tan calamitosos que no merece la pena hacer cola para usarlos, y que sería mejor que las mujeres se sirvieran de los árboles, como los varones, y que si hacen cola para usar los baños públicos debe de haber algún tipo de línea filosófica femenina dimanante del hecho de que ellas sí hacen cola para evacuar los fluidos mefíticos y que, por tanto, esa cola hecha aquí y allá, un día y otro día, debe de influir mínima pero pertinazmente en su ánimo, de modo que, finalmente, no es descabellado (porque todo es descabellado), pensar, suponer y maliciar, que las mujeres muchas veces hacen algo, cualquier cosa (tipo: dejarte; tipo: no dejarte; tipo: hablar mal de tu hermana) en respuesta vengativa a todas esas horas (porque son horas, si las sumas a lo largo de una vida) que han estado esperando (en colas en ocasiones insoportables, con mujeres con un culo espléndido delante, y mujeres con unas tetas espléndidas detrás: y ellas no tienen el culo espléndido, ni las tetas) para entrar en un baño público y rendir pleitesías fisiológicas antes de mirarse en el espejo el rostro y el cabello, y retocarse ambos o ninguno o sólo el cabello, mientras piensan en esa frase tan sucia que había en el reverso de la puerta (“quiero una polla enorme”, por ejemplo) o en esa otra frase tan larga con que daba inicio la última novela que se están leyendo, y que dicen que ha vendido mucho en Dinamarca, o en Korea, y que es tan aburrida, jo.
Al salir del baño de mujeres, yo, que hoy no llevo en las manos nada para leer, me meto en el baño de varones, en el cubil, y con el lápiz que siempre sí llevo, escribo en el reverso de la puerta: “Quiero una polla enorme” y, debajo, firmo: “Javier Marías”.
Luego salgo con mucha prisa porque no quiero que me confundan con Javier Marías.
Entonces les veo venir. Son dos jovencitos con una sola bicicleta. Caminan. Es normal ver bicicletas montadas por dos jovencitos, en los que él pedalea y ella mueve los muslos desde el trasportín, con la cartera del cole en el regazo. El chico suele poner la suya en la cesta. Estos dos jovencitos no llevan carteras ni uniforme, y no hablan: sólo caminan hacia mí, con la bici empujada por el chico. Nos cruzamos y me los imagino follando, o metiéndose mano detrás de un seto. Son pensamientos perniciosos dimanantes del río, de los que por tanto no me hago responsable. Sin embargo, esos pensamientos envenenados me hacen girar la cabeza, cuando al fin se cruzan nuestros pasos, y seguir los de los chicos hacia los aseos. Ella entra en su lado correspondiente, mientras el chico aguarda afuera, con la bici asida por el manillar y la vista perdida en el techo de la pérgola. Sigo caminando: ahora no hay asfalto y noto el muelle contacto del césped debajo de las plantas de mis pies. Me vuelvo y miro: el chico, bicicleta y pérgola. Sigo caminando, sobrepaso una fuente, estoy lejos. Me vuelvo. El chico no está: la bicicleta sí, apoyada en uno de los muros de los aseos. Todo lo que me dice esa bicicleta me lo dice también Tolstoi cuando está inspirado.
Regreso, porque carezco de: vergüenza, decoro, educación, algo mejor que hacer, tele; y poco a poco, la bicicleta me resulta explícita, concisa, sumamente obvia. Miro hacia todas partes y no hay nadie en ningún lado. Pongo un pie en las baldosas del pequeño hall que da entrada a los aseos. A mi izquierda, el de hombres; a mi derecha, el de mujeres. Meto la cabeza, algo tenso, bajo el umbral del de mujeres. Los oigo. No los oigo. Algo oigo, como jadeos. Pongo un pie en jurisdicción territorial vetada: ese primer pie que pongo, cuando sé que alguien, se supone que una mujer, desvela ahí dentro su intimidad a un azulejo, ya es delincuente. Los siguientes pasos, por lo tanto, son reincidencias. El baño tiene dos cubiles, dos habitacioncitas con un inodoro a ras de suelo, incómodo y casi sórdido, pero claramente convergente con todo tipo de maniobras gimnásticas. Uno de ellos, está cerrado; yo me meto en el otro sin hacer ruido, sin cerrar la puerta. Los jovencitos están follando y sus gemidos, que habían cesado tras presentir que alguien entraba (y alguien entró, porque los presentimientos son increíblemente acertados y uno debería hacer más caso de los presentimientos que del periódico) se enardecen ahora y rebotan contra el alicatado, derramándose por las junturas, chirriando como pequeñas puertas metálicas mal engrasadas. Todo muy sexy.
“¿Te gusta?”, dice él.
“Delicioso”, dice ella.
Yo no tengo nada que añadir.
« Trenes hacia Tokyo | Inicio | Wherever »
4 comentarios
Escribe un comentario
« Trenes hacia Tokyo | Inicio | Wherever »
Ja ja ja ja Javier Marias
Me compré un libro de segunda mano hace tiempo, de Bukowski, no recuerdo el título, que tenía un error de imprenta.
Tenía varia páginas en blanco, hacia la mitad del libro.
En la última página había una dedicatoria escrita con bolígrafo verde.
Decía..."esperando a otro....Lola"
Nada.Una de esas cosas...
¡que relato tan lleno de vida!
la tele es fatal