Poppers
1. La fiesta de los oxonienses
Oxford flota sobre el Támesis, aunque sólo por unas horas. Bárbara cumple treinta años y su novio, vocalista de un grupo de música, organiza una fiesta fluvial con todo y amigos y globitos y felicidad. Los amigos y los globitos y Bárbara son de Oxford. La felicidad, hasta donde se me alcanza, no sé sabe de dónde es. El barco es pequeño y a él se accede mediante una pasarela techada. Dentro hay una barra con muchos grifos y un escenario. En las paredes han sido adheridas pegatinas alargadas con el mensaje: Feliz 30 cumpleaños. Sobre las mesas hay pequeños platitos con gominolas, y en un rincón una bolsa con petardos alacres, llamados “poppers”. Desde las ventanas del barco se ve la palabra “Dolphin”, fosforescente y azul, en lo alto de un edificio.
2. La fiesta de los hindúes
La casa está en el norte de la ciudad, un poco a la izquierda del mapa. Abre la puerta la hindú anfitriona. Dentro hay muchos hindúes, todos con ojeras y sonrisas. Algunos son dentistas y llevan corbata. Otros son arquitectos y llevan corbata. Las mujeres son gordas, gordísimas, y llevan tangas debajo de las medias de red. Cocinan. Los hombres hablan en el salón. En una mesa alta, se acumulan los platos que las mujeres van confeccionando. También hay bebidas. Los platos no incluyen carne. Las bebidas son todas analcohólicas. Debajo de la mesa, una bolsa con explosivos pueriles, denominadas “poppers”, espera la llegada del hombre que hoy cumple treinta años, y que ahora mismo está en su puesto laboral: maestro.
3. Mis dos fiestas
Marta y Will son pareja. Ella trabaja en un despacho de abogados y él estudia medicina. Viven con un negro en el barrio de los negros. También hay una sueca con el negro y Marta y Will. Y también estoy yo, que soy amigo de Marta. Will es de Oxford y toca la guitarra. En Oxford todo el mundo toca la guitarra, aunque unos mejor que otros. Will no la tocaba tan bien como su amigo, el del grupo de música, pero eso no fue un obstáculo para que su amistad durara hasta el trigésimo cumpleaños de la novia de éste. Invitaron a Will, y también a Marta, y Marta a mí. Además: Will estuvo en Japón dando clases de inglés. Allí había más gente dando clases de inglés, y no creo que nadie se preocupara mucho de quién las daba mejor que quién. Así que los amigos de Will en Japón siguieron siéndolo con el correr de los años, y por eso la amistad de Will con el hindú del cumpleaños ha perdurado hasta la invitación festiva, que también incluye a Marta, la novia de Will, y a mí, amigo de Marta, que estoy en dos fiestas a la vez.
1.
El novio de Amanda va vestido de pirata. Lleva el parche y todo lo demás. El garfio no lo lleva porque tiene que tocar la batería. Un tipo gordo y de pelo largo va a darle a los teclados; otro, alto, guapo, que dice que tocó con Damon Albarn una vez, y que afirma que Radiohead (de Oxford) es el mejor grupo de todos los tiempos, toca el bajo. Ahora, otros amigos, ajustan cables y micros sobre el escenario, que está situado en la popa. Yo estoy comiendo gominolas junto al teclista, que habla de Einstein. Es físico, este señor, y parece que ya le ha cogido las vueltas a Einstein, Albert. Ha comprendido sus ideas sobre la gravedad, que eran fáciles, y ahora tiene que vérselas con el concepto del tiempo, que parece más enrevesado. Eso dice mientras bebe su pinta. Le digo al bajista que me gustó mucho el primer disco del grupo, que era muy original cantar en yiddish y todo eso. Le pregunto que cómo se llama ese estilo. Me dice el nombre que le dio una revista especializada, pero se me olvida enseguida. Nosequé underground. Luego le comento que he visto en Virgin los discos de los miembros fugados, la vocalista, por un lado, y la violinista, por otro. Pone mala cara. Dice: Lo fundamental en un grupo es que haya buen rollo entre los miembros. Te entiendo, contesto. Yo hice un corto y no hubo ningún buen rollo entre los miembros del corto. Por eso ahora sólo hago novelas, porque tengo bastante buen rollo conmigo mismo.
2.
Paseo por la casa de los hindúes. El maestro al que le vamos a dar la sorpresa se retrasa, y me aburro y no se puede comer ni beber y la música que suena no la entiendo. Voy al baño. Es grande y tiene un espejo pegado en la pared, sin marco. No hay muebles. Parece que los hindúes se toman muy eclesialmente esto de defecar y miccionar. Luego me entretengo mirando los libros que tienen en la estantería del pasillo. Aparte de libros hay fotos de la boda de los hindúes. Salen con sus ropas tradicionales y muchas joyas, ella, y puntos rojos derritiéndose entre sus cejas. Sonríen ahítos de Dios. Los libros que tienen son: uno de Salman Rushdie, “El buda de los suburbios” de Kureishi, “Márketing para idiotas”, “El código da Vinci”, dos ejemplares, de distinta factura, de los “Upanisads”. Abro uno y miro esto de los Upanisads. Luego miro el “Baghavad Ghita”. Luego entro en la habitación donde nos hicieron dejar los abrigos y las mochilas. Es un dormitorio y hay un montón de pesas y mancuernas y un aparato para correr. Entonces me doy cuenta de que en este domicilio no hay ni una sola ventana que dé a la calle.
3.
Marta y Will no conocen a todo el mundo, así que aparte de presentarme a mí se presentan a sí mismos. De mí hay poco que decir, amigo de Marta. De ellos todos quieren saber lo mismo, dónde viven. Les dicen dónde viven a los integrantes de la fiesta de los oxonienses y a los integrantes de la fiesta de los hindúes. Cuando se lo dicen, barrio de los negros, SW2, la gente baja la cabeza, dice, vaya, o dice incluso: creo que ahora el barrio de los negros está mejor que antes. El barrio de los negros, claro, no se llama así: lo llamo así porque me gusta creer que los negros tienen un barrio, un área, un espacio que les es propio. Que el barrio no sea muy allá no dice nada contra los negros. El casero de Marta y Will es negro y me deja estar en su casa sin más ni más: soy el último que va a decir nada contra los negros. En el barrio se ven bajar muchos aviones del cielo. Desde el patio de la casa de Marta y Will se divisa el vuelo de un avión cada treinta segundos, y el de un pájaro cada dos o tres minutos. Los aviones van en línea recta hacia un aeropuerto, hacen ruido y parecen venir de un gran banquete en algún sitio, con esas panzas tan robustas y explosivas. Los pájaros vuelan en círculos, sin saber dónde aterrizar, aleteando entre los cables y las nubes. Casi siempre se posan sobre las chimeneas de las casas, que parecen ánimas de revólver vueltas contra el cielo y sin ninguna bala que disparar.
1.
Todo son versiones. Primero suena, quizá, “Superstition”. Luego, “Sex machine”. Luego, “Tainted love”. El teclista canta con muchas ganas y no parece que Einstein se le vaya a resistir ni un poquito. Me recuerda al vocalista de “The commitments”, la peli de Alan Parker. Luego hay un receso y una mujer madura, con zapatos de tacón rojos y vestido negro, sube al escenario. Estaba a mi lado mientras los otros cantaban y estuve a punto de arrodillarme para lamer su zapatos. Me gustaba. Ahora, después de saludar, muestra la potencia de su voz y todo el mundo, a la vera del escenario, baila y grita y se expande. Yo estoy muy quieto y concedo ya mismo la medalla a la mujer más bonita de la fiesta. Tiene el pelo rubio y lleva un vestido de flores. Nunca sabré su nombre ni su voz. Nunca le impondré la medalla sobre sus pechos perfectos. Las fiestas, para mí como para Einstein, cambian la unidad de espacio. Un metro de distancia respecto a cualquier persona se convierte, en una fiesta, en un kilómetro de distancia con esa misma persona.
2.
Una llamada al móvil de la anfitriona nos avisa de que su marido está llegando. Alguien baja la música y todos callamos, con nuestro “popper” listo para ser detonado. Hay un cierto histerismo camarográfico, y alguien aconseja a uno de los cámaras que se sitúe en una posición distinta para captar perfectamente el momento en el que el hindú entra en el salón de su casa. Los asistentes están muy emocionados anticipando el gran momento, paladeando la dulzura de la sorpresa que se va a llevar su amigo, soñando quizá con que algún día esto mismo les suceda a ellos. Yo, lo tengo claro, ruego a Dios que nadie me haga una fiesta de cumpleaños sorpresa sin carne ni alcohol ni el menor atisbo de maldad. Porque el hindú abre la puerta, preguntando maritalmente por su mujer, y entonces todos tiramos del cordoncito que detona una mínima cantidad de pólvora dentro del tambor de cartón del “popper” y numerosas serpentinas de colores corren a prenderse de la ropa del hindú recién llegado, que sonríe realmente feliz y realmente sorprendido, mientras todo el mundo aplaude y le felicita los años de corazón y como si nunca en ningún sitio hubieran visto un plato que se rompe, o una lágrima que cae, o un teléfono que no suena o una carta que llega para cortarte la vida en dos pedazos. No sé.
3.
Will es activista político. Mientras estuvo en Japón trabajando, repartió panfletos para una manifestación contra la guerra. La guerra que os dé la gana. Entre otras cosas, fue a una mezquita y esperó a que salieran los musulmanes para darles a conocer la convocatoria. Seguro que había muchos musulmanes interesados en ella. Les fue poniendo en la mano el panfleto hasta que un japonés se le acercó y le pidió la filiación. Will se la dio. El japonés era muy simpático y no dejaba de hacerle preguntas a Will. También tenía cierto empeño en hacerle preguntas desde una posición determinada, digamos que justo desde el centro de la calle, digamos que justo desde una grieta concreta del asfalto de la calle. Will miró detrás del japonés y vio un parque. En el parque había un hombre con una cámara haciéndole fotos. Ya estoy fichado, pensó Will. Y como profesor de inglés no estoy autorizado a desarrollar actividades políticas, pensó Will. Si me descubren me van a echar, dictaminó. Así que se fue de allí temblando. Luego, el día de la manifestación, Will estuvo a la cabeza con un megáfono, dando instrucciones y dictando consignas. A la mañana siguiente, en la portada del periódico más importante del país, en la foto que ilustraba la protesta pacifista, figuraba en primer plano Will, activista político.
1.
Todos tiramos ya del cordoncito del “popper”. El mío no ha funcionado, pero no creo que haya que tenérmelo en cuenta. Acabó el concierto privado y Bárbara da las gracias a los asistentes y recibe multitudinarias muestras de amor. Mi “popper” le ha dado poco amor pero no fue culpa mía. Alguien pone música de nuevo, mucho funky, procedente del ipod del novio de Bárbara, y la fiesta continúa. Yo subo al baño, que está en el segundo piso del barco. Después de orinar, me quedó allí arriba fumando. Hay muchas mesas y sillas, todas vacías. Miro la palabra “Dolphin” en el edificio de enfrente. Luego jugueteo con el “popper” defectuoso, sin cordoncito y lleno de pólvora. En las plantas de mi pies, siento la fiesta de los demás.
2.
En la fiesta de los hindúes no hay carne ni alcohol, pero tele sí. Cuatro o cinco varones, y alguna que otra dama, miran en la pantalla el campeonato mundial de “snooker”. Se trata de un juego parecido al billar y los hindúes observan con atención, pasión y conocimiento de causa el devenir de las bolas de colores sobre el tapete verde. Me he puesto morado a pinchos de queso con piña, por cierto. También he bebido bastante cocacola con sabor a lima. Por lo demás, me quiero ir. Me acerco a Marta y Will, que escuchan con atención lo que les cuenta una mujer, que no es hindú, sino como de Rumanía. No me estoy enterando muy bien, pero la rumana parece ser una especie de masajista. Está muy delgada y su elasticidad sugiere que podría meterse a sí misma, en dos dobleces, dentro de un pequeño sobre con destino postal incierto. Su trabajo consiste, creo, no me hagáis caso, en tumbarse en el suelo y sujetar al cliente con los pies. Al parecer, su masaje es la hostia porque, claro, el cliente no toca el suelo ni toca nada de nada y, en definitiva, se desafía la ley de la gravedad. La masajista masajea con sus pies al cliente, lo lanza por los aires como un monigote y lo hace crujir a placer. La masajista es experta en yoga, además. Está muy delgada. Es muy elástica. No me gustaría estar con ella debajo de la lluvia.
3.
Volvemos a casa, al barrio de los negros, en autobús. Volvemos de dos fiestas a la vez en el mismo autobús rojo y de dos pisos. En el segundo piso, donde viajamos, hay una pantalla de televisión. Sale un joven haciendo súrfing y el autobús dobla esquinas y obedece semáforos mientras los pasajeros miramos los enormes rizos de las olas. No hablamos porque estamos cansados. Yo me descubro una serpentina pegada a la suela del zapato y la despego. Oigo a mi espalda el ruido de un líquido derramado sobre el suelo del autobús. No sé si es vómito, orina o un simple vaso volcado. Will se pone a hacer ruidos con las manos sobre el respaldo del asiento delantero. Suben y bajan pasajeros. Poco a poco voy reconociendo las calles y los edificios. Marta me dice que estamos cerca. Yo sé que no es así.
ireneo dijo
Me gusta lo que escribes, tu estilo. Volveré por aquí. I.
8 Mayo 2006 | 04:36 PM