Fábula de la lujuria
Llevaba tiempo buscando la casa del placer, y cuando la encontró se quitó la corbata con satisfacción y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Llamó y fue abierto. La sala tenía una puerta al fondo. Llamó y fue abierto.
Había una cama y una mujer. La mujer le dijo:
-Bienvenido a la casa del placer. Yo te acaricio la mano. Sólo eso. Acaricio tu mano como nadie te la puede haber acariciado nunca. Si quieres más, sigue adelante, llama a esa puerta y no vuelvas más a esta habitación.
-Quiero más –dijo el hombre.
Llamó y fue abierto.
Había una cama y una mujer. La mujer le dijo:
-Bienvenido a la casa del placer. Yo abro mis piernas y recibo tu semen en mi vagina. Ninguna mujer te habrá hecho el amor como yo. Sólo te daré eso, tantas veces como quieras. Si deseas más, sigue adelante, llama a esa puerta y no vuelvas aquí.
El hombre, por supuesto, quería más.
Llamó. Fue abierto. Había una cama. Había dos mujeres.
-Nosotras te besamos y devoramos tu falo, nos abrimos de piernas y recibimos tu semen en la vagina; alzamos las nalgas y recibimos tu semen en el ano. Tantas veces como quieras. Si aspiras a más, sigue adelante, nunca vuelvas, franquea el umbral.
-Quiero mucho más –dijo el hombre.
Llamó a otra puerta. Había una adolescente desnuda sobre una cama.
-Todo te lo doy, todo el tiempo. Sexo oral, sexo anal, coprofilia, coprofagia; pégame y te diré que te amo; puedes matarme. Bebo tu semen. Me unto con tu semen las mejillas. Te azoto. Te hago cortes en el pecho con una cuchilla. Me masturbo para ti; bailo y canto. También te acaricio la mano.
-Yo quiero más.
-¿Cómo sabes que hay más? –contestó la ninfa.
-Porque hay una puerta de salida en tu habitación.
-Si la cruzas, no vuelvas.
El hombre cruzó la puerta de salida de la habitación.
Había otra habitación, sin puerta de salida.
En la habitación había una cama. El hombre se tumbó sobre ella. Miró hacia el techo.
-Esta es la habitación final de la casa del placer –se dijo-. Sólo tengo que esperar, porque ahora aquí no hay nadie.
Esperó varios minutos pero ninguna mujer vino a saciarle.
Siguió esperando.
Pasaron varias horas y el hombre se entretuvo recordando a la primera mujer. Era bella y rubia. Le hubiera acariciado la mano como nadie nunca se la pudo acariciar. Se excitó pensando en ello.
Siguió esperando porque nadie venía.
Recordó a la segunda mujer. Era morena y bonita. Tenía los muslos sudorosos. Le hubiera hecho el amor como nadie nunca se lo hizo. Se excitó pensando en penetrarla.
Siguió esperando la llegada del placer máximo.
Recordó a las dos mujeres. Supuraban sexo. Podía haberles ordenado hacer lo que él quisiera; podía haberse acostado con ambas a la vez y luego descansar mientras ellas se acostaban juntas. Estaba muy excitado imaginando las posibilidades.
La espera en la última habitación de la casa del placer no le desagradaba.
Y recordó a la niña, pura piel virgen sobre un lecho perfumado. Semen en sus mejillas y azotes, sodomía, penetración, orgasmos sinfónicos contra una carne recién alumbrada. Todo el goce del mundo al otro lado de una puerta que ya no podía transponer.
-Qué maravilla –susurró.
Y los meandros de su imaginación le mataron de gozo.
Antonio dijo
Vaya! con la incorfomidad humana, siempre es así.
Saludos
19 Junio 2006 | 11:13 AM