MADRID FUE FASCISTA CON ALEGRÍA

La Filmoteca, ay, de Madrid, jo, es un cine barato ubicado junto a una pescadería. En el pasaje Doré se encuentra la taquilla, justo enfrente de una tienda que vende salchichón y queso. Al final del pasaje, cuando te vas, puedes ver una Iglesia y una tienda de navajas.
Hoy ponen “Canciones para después de una guerra”. La sala está medio vacía y yo me coloco en el mezzanine (ordinarísimamente llamado gallinero por los gilipollas), que está vacío del todo.
La película es un montaje de imágenes posteriores a la guerra civil española acompañadas de canciones de la época. No hay narración, salvo algunos monólogos interiores bastante coñazo, pero breves, con lo que no vomito como me pasó con “Nueve cartas a Berta”.
Es bonito ver películas: claro; pero es bonito, más, ver películas rodadas en Madrid, porque luego sales a la calle y estás pisando, cincuenta o sesenta años después, las mismas calles que aparecen en la película. Esto, que valor cinematográfico debe de tener poco, a mí me gusta mucho.
“Surcos”, del segoviano Nieves Conde, por ejemplo, es una película en la que sale mismamente Lavapiés, el barrio vecino de la Filmoteca. Ves la plaza de Lavapiés, hace cuarenta años, y luego bajas a la plaza de Lavapiés a montarte tu propia película miserable.
“Canciones para después de una guerra” me está gustando. Me ha enternecido, sobremanera, ver la plaza de Sol cuajada de gente, hecha muchedumbre. La cámara, ubicada muy posiblemente sobre un camión, avanza entre la riada de felices ciudadanos, y estos, con inocencia, candor, amor, patriotismo y yo creo que hasta generosidad histórica, le hacen el saludo fascista a la cámara, a mí, a la posteridad.
Muchas gracias, Madrid, por ese fascismo sincero. Ya entiendo más de esta ciudad. Ya puedo ir, todo tranquilo, a la puerta del Sol a manifestarme por el tema que toque: total, si cienmil personas, en 1939, levantaron aquí sus manos nazis, yo puedo levantar mis zapatos de velcro o mi mechero amarillo.
Todo se perdona. Todo se olvida. Mi mechero.

JUNTO A LA PEDOFILIA NOS BESAMOS

Media hora después de la película sobre las postrimerías de la guerra civil española, proyectan en la misma sala “Capturing the Friedmans”. Es un documental sobre una familia judía, muy simpática. Se cuenta con mucho metraje original, procedente de las grabaciones domésticas del clan neoyorkino. Los hermanos se quieren y el padre toca el piano; la comunidad donde viven es modélica y el césped está bien cuidado. Luego resulta que el padre violaba niños, por decenas, y que su hijo le ayudaba; y luego resulta que a lo mejor no los violaba, o no por decenas, y que su hijo no le ayudaba, o no a violarlos.
El caso es que es un tema muy serio.
Delante de mí tengo un trío de espectadores. Antes de iniciarse la película, hablaban. Por eso sé que se trata de una pareja y de la amiga de la novia. Ahora la amiga de la novia mira fijamente la pantalla, mientras que la pareja empieza a darse besitos.
La película llega al punto en el que el padre es condenado a mil millones de años por abusar cientos de veces de decenas de niños. La pareja se besa, se abraza; ella pone su cabeza en el hombro del chico.
La película llega al punto en el que el hijo del pedófilo resulta haber sido a su vez víctima de los abusos sexuales que dominan la vida privada de su padre. La pareja, con razón, se da besitos, se hace arrumacos.
La película llega al punto en el que, condenado el hijo del pedófilo por ser, también, pedófilo, a mil millones de años de cárcel, y estando aún en los pasillos del Tribunal, y estando además con una videocámara REC (por eso lo vemos, ahora, quince años después) un padre se acerca corriendo a los hermanos Friedman y grita: ¡Hijo de puta, violaste a mi hijo! La pareja, necesaria, tiernamente, se besa.
-¿Recuerdas, amor, aquellos besos iluminados por la pedofilia?
-Sí, en la filmoteca, el 29 de julio de 2006. ¡Qué tiempos!