Ladra un perro en lo alto de las escaleras, desde el último descansillo, el del cuarto piso. Sus ladridos, góticos, concisos, bajan a nuestro encuentro en oleadas sucesivas, persistentes, golpeando esquinas, distorsionándose en oquedades. Subimos las escaleras siguiendo un rastro sonoro, siguiendo a un perro lazarillo que nos guía sin verle, ladrido a ladrido, escalón a escalón, fantasma furioso. Dejamos a nuestro paso ladridos extintos, pisadas calientes, la barandilla nos lee la palma de la mano sin darnos cuenta. Hay poca luz y la voz del perro estalla y florece, se ensancha, nos dice que subamos y le tiremos la pelota, nos dice que subamos y seamos su pelota, que subamos. Hay un ladrido en cada escalón, en cada rellano la promesa de un perro, y finalmente un perro en el último rellano, ladrando todavía, con una puerta entornada a su espalda. Para cruzarla sólo hay que decirle al centinela:
-Tú no eres el centinela de la casa, tú tienes nombre, tú eres esta casa.
El perro deja de ladrar y la casa se abre.