La cesta es roja y tiene ruedecitas, y un mango extensible para arrastrarla. Yo nunca uso ni las ruedecitas ni el mango, sino que llevo la cesta en la mano, y la voy llenando de comida cómoda, productos que no me quiten tiempo, que no me exijan más atención que un ser humano. Fruta, por ejemplo; naranjas, para variar. Una lechuga, también. Tomates en su bandeja, plastificados (no me gusta pedir al frutero, pedir al pescadero, pedir al charcutero, pedir al carnicero: no me gusta hablarles, tampoco me gusta pedir la vez, pegarme con una maruja que tiene prisa por llegar a casa e intoxicarse de telenovelas; plastificados, mejor). Latas de atún: todo tipo de latas. Pavo. Microondas un minuto, chin, ya está. Pavo. Yogures azucarados. Cuando los como, casi siempre, les echo más azúcar. Leche, en botellas de plástico blanco, nunca en tetrabrick, no me gusta la leche con esquinas. Café. Nescafé. Donuts. Un paquete de seis. Helado. Cerveza si estoy deprimido. Zumo. Pronto con fragancia de limón. Papel higiénico si estoy deprimido. Me gusta comprar papel higiénico, veinte o treinta rollos, abulta mucho y pesa poco, me parece un producto simpático, el papel higiénico. Cristasol.
La cesta se ha llenado. Voy hacia las cajas. Hay colas y elijo la mía siguiendo complejas estrategias pre-programadas, en base a variantes como:
-la cola es larga o corta
-los que esperan en la cola han comprado mucho o poco
-los que esperan en la cola son viejos o jóvenes
-tías buenas
-niños
-similitud entre los artículos que los demás han comprado y los que yo he comprado: si cierra la cola un señor con papel higiénico, me pego a él; si cierra la cola una chica con lentejas, huyo; si la cesta del último tira al rojo (carnes, tomates y vino), también huyo; si tira al blanco (leche, lácteos, detergentes) me arrimo. Etcétera.
-a voleo.
Me toca. Estoy a punto de colocar mi compra, bastante abultada, sobre la cinta de la caja. Por el rabillo del ojo veo al cliente que me sigue. Es una chica. Parece nerviosa y lleva un sólo producto en la mano.
-¿Sólo llevas eso? –pregunto, y ni siquiera miro “eso”.
-Sí.
-Pues pasa, pasa, por favor.
La dejo pasar. Es rubia, delgada, 33 años y dos meses. Pone sobre la cinta un paquete de compresas. Sonrío. Las compresas y el papel higiénico hacen una pareja simpática.
Paga. Mete las compresas en una bolsa verde y se gira hacia mí.
-Gracias –me dice.
Tengo la impresión, probablemente infundada, de que a la mujer le intereso. Ha sido su manera de mirarme. Ha sido el detalle de dejarla pasar primero; y, sobre todo, ha sido el detallito de dejarla pasar primero cuando sólo llevaba un producto tan íntimo como las compresas. Si la hubiera dejado pasar con una lata de mejillones, no habría amor, ni literatura, ni nada.
La mujer sale del supermercado. Yo descargo mi cesta y la cajera arruina mi cuenta corriente un poco más. Voy metiendo mis cosas en bolsas verdes.
Cuando salgo del establecimiento, con dos bolsas colgando de cada mano, veo a la mujer de las compresas pegada a la barandilla metálica que separa la acera de la calzada. Está mirando a un lado y a otro, desorientada, como buscando algo que ella ya sabe que no va encontrar, como buscando algo que quiere que la encuentre.
Me voy a mi casa.
No pensaste ni por un segundo arrisgar? o simplemente te pareció simpatico el conjunto de tu compra con la suya, y la chica en realidad no te interesaba en absoluto?
Yo, por principio, no ligo.
me hizo mucha gracia tu historia.
seguro que buscaba donde ponerse la compresa.
por supuesto, también esperaba otro final.
(yo no ligo por defecto, me temo).