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La Coctelera

Hikikomori

Detalles de ayer

5 Agosto 2006

Muy interesado en Maiakovski

En la cuarta planta de la biblioteca se encuentra la sección de biografías y memorias. Consta de dos estantes, bastante amplios, con baldas a ambos lados. Sobre las baldas se amontonan las vidas rumbosas de escritores, estrellas de cine, periodistas, políticos, directores de orquesta y filósofos. Me gustan las biografías porque ofrecen una lectura unidireccinal y nutritiva: las novelas, opino, se leen con ánimo bilateral: el lector pone en la lectura tanto como el autor, de modo que la lectura cansa y genera un conocimiento virtual, como un incendio muy llamativo que, al cerrar el libro, desaparece y apenas sí deja rastro. Dicho en plata: con las novelas no se aprende nada. Con las biografías, las memorias, los ensayos y los libros de historia, se aprenden muchas cosas y la lectura es un amamantamiento de datos, una cosa con sentido.
Por otro lado, en la cuarta planta de la biblioteca, junto a las amplias estanterías de genios y pintamonas, hay cuatro mesas de lectura y estudio. Cada mesa ofrece asiento a cuatro visitantes, que se acodan sobre el tablero y machacan oposiciones, proyectos y convocatorias setembrinas.
El mejor punto para mirar las mesas es el que ofrece el tracto K-N de la sección de biografías y memorias. Entre Kafka y Nureiev se extiende el paisaje de la indiscreción. Las estanterías carecen de fondo, y los libros se apoyan, aparte de unos en otros y en las paredes del mueble metálico, en un listón, también metálico, que impide que se caigan hacia dentro. Así, en cada estantería, junto al continuo libresco, se abre una ventana transversal, accidentada de lomos de libros, por el que se divisan perfectamente las mesas de lectura.
La mirada, sin apenas intención, cae directamente bajo las mesas, donde piernas de toda laya se cruzan, descruzan, desesperan y agitan. No es infrecuente, sino todo lo contrario, que lectoras asiduas acudan a la biblioteca usando minifalda, por lo que, desde detrás de esta estantería, la visión de sus muslos resulta impía en su facilidad.
Deambulo, entonces, por el área biográfica de la biblioteca, mirando con descuido el lomo de los libros, haciendo como que leo los títulos (inclino la cabeza), cuando en verdad miro por encima de los libros (casi: a través de ellos) el bajo de las mesas vecinas. Hay una chica en una. Viste minifalda y tiene las rodillas separadas. De vez en cuando, tira de la prenda, que apenas sí le llega a la mitad de los muslos. Para ahorrarme descripciones que puedan ser plagiadas por escritores del grupo Planeta, sentenciaré la belleza de los muslos con una cifra: 10. Los muslos, que constituyen casi una entidad en sí mismos, se dejan observar sin pudor alguno. Mi ubicación varía hasta localizar el punto de mira más exquisito, donde, sin criterio, extraigo un libro de la estantería, libro que miro de vez en cuando con nulo interés, aunque no puedo evitar saber que va de Maiakovski. Estoy muy interesado en Maiakovski, al menos eso debe de pensar cualquiera que me vea aquí de pie, hojeando el libro sobre este señor durante veinte minutos. Realmente lo hojeo, es decir: paso páginas, bajo la cabeza, la muevo lectoramente, paso páginas, etcétera. La visión de los muslos, concretamente, tiene lugar cuando paso páginas: las paso sin mirar el libro, las paso, de hecho, muy concentrado en los muslos.
Después de varios minutos, aquellas piernas (10) parecen haber percibido mi mirada. Sostengo la teoría, no especialmente plúmbea, de que cuando miras algo, eso que miras recibe algún tipo de presión real, algún desgaste, cuya fuente, tarde o temprano, resulta localizada. Así, estos muslos (su dueña, en concreto) se saben observados, y lo que acontece desde determinado momento no es otra cosa que el más delicioso juego posible: yo simulo que leo un libro cuando en realidad miro los muslos, y los muslos simulan que no se saben mirados cuando en realidad se están exhibiendo. Yo quiero ver más (ese “más” son las bragas; pero en realidad no son las bragas, es simplemente “más”), mientras que la dueña de los muslos quiere confirmar su atractivo, quiere saber sin género de dudas que yo la estoy mirando, por lo que, aparte de incrementar la dinámica de su carne (ahora las piernas se cruzan a menudo, se descruzan, todo ello sin explicación plausible), también dirige miradas constantes en mi dirección, tratando de captar mi mirada, lo cual es imposible pues tengo los ojos cubiertos por el borde superior de la estantería, y ella me es visible sólo hasta los hombros, que son los que me indican que, de vez en cuando, ella vuelve la cabeza hacia mí.
Finalmente (todo tiene un final porque si no no habría ocasión de contar siquiera su principio) ella se va. Y cuando se va, Maiakovski, ese señor, queda despojado de inmediato del menor interés. Devuelvo el libro a su coordenada biblioteconómica y una luz al fondo parpadea mientras pienso en suicidarme.

servido por hikikomori 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

aisle9

aisle9 dijo

Millás. O Bukowski. No sé. Más Millás. Pero elegante.

6 Agosto 2006 | 04:20 AM

aisle9

aisle9 dijo

La próxima vez callaré o diré solo "talento".

6 Agosto 2006 | 04:25 AM

AA

AA dijo

Hikikomori, agosto os sienta tan bien...

6 Agosto 2006 | 01:16 PM

hikikomori

hikikomori dijo

Y las camisetas ajustadas!

6 Agosto 2006 | 08:52 PM

chicamaravillas

chicamaravillas dijo

jaja, se agradece alguna réplica así, veraniega... deben de ser esas pelis de Haneke, tan vacacionales ;-)

y se agradece el post diario, agosto es un mes muy raro.

7 Agosto 2006 | 12:37 AM

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