Finaliza la proyección de “El tiempo del lobo” en la Filmoteca. Abandono la sala. Son cerca de las ocho de la tarde. No hay muchos espectadores porque la mitad desertó de la película. Era una historia que hacía mucho de sufrir: asesinatos, violaciones, vómitos y bebés muertos. Con todo, a mí me molestaban más los diálogos.
Brilla el sol. A pesar de Michael Haneke, brilla el sol.
Bajo por la calle Olmo. Después bajo por la calle Ave María.
Miro mucho los balcones de las casas. Algunas están en venta. Hay un cartelito alambrado a la reja que dice SE VENDE y luego dice un teléfono móvil. No me gustaría vivir en una casa que se está vendiendo. Entrar y salir todos los días de un espacio en venta. Es una especie de autodegradación.
A la altura del número 15, en la cara del edificio que da a la calle San Simón, veo el maniquí. Está situado en un balcón del cuarto o quinto piso, de pie. Lleva calzoncillos blancos y una camiseta. Me paro y miro al maniquí. Sonrío.
Quiero que todo el mundo, al pasar por la calle Ave María, mire el maniquí del número 15.
Eso era.