Ahora la plazuela está llena de mierda. Hay cartones, embalajes, envases, papelotes, envueltas de chocolatinas, vasos de plástico, mondas de naranja, palets, gente, gritos, zapatos, manchas de aceite, pelotas pinchadas, baldosas sueltas. En el puesto de la Once se compra la lotería y en el buzón amarillo se meten las cartas. Hay bancos atornillados al suelo. La plazuela tiene forma triangular y el camión del butano hace resonar sus damajuanas de color naranja un día sí y otro no.
Hace años había también un kiosko, y en el kiosko un kioskero sitiado de periódicos y revistas. El kioskero era muy gordo y muy viejo y muy desagradable. Hizo una gran labor en contra de la prensa escrita. Llevaba gafas de esas que se oscurecen bajo el sol; en la boca siempre un palillo y nunca un saludo. Daba bastante asco y bastantes ganas de fusilarlo.
Supongo que toda su vida se desarrolló entre los cuatro paneles de su kiosko. Supongo que odiaba la plazuela y la vista única que deparaba su trabajo: la de una calle que no llevaba a ningún sitio. Por eso, cuando el kiosko cerró, me pareció bien. El foco de resentimiento y frustración que suponía esa caseta era por fin erradicado, y el kioskero, por qué no, podría por fin ver otras cosas, coger un autobús de jubilados e irse a la playa a mojarse sus calzoncillos franquistas.
A la semana de cerrar el kiosko, lo quitaron. La superficie de la acera que había ocupado durante años quedó machacada, llena de broza y trozos de baldosín. Tras varios días de exhibición, el Ayuntamiento reparó el piso, poniendo baldosas nuevas.
Finalmente, vino el banco. Era un banco normal, de madera y metal, que ampliaba el patio de butacas de que el barrio dispone para contemplarse a sí mismo.
El primero en posicionarse en ese banco fue el kioskero. El ex kioskero. Tras miles de años vendiendo la prensa en esos dos metros cuadrados, y después de un lapso urbanístico-remodelador, aquel hombre gordo y viejo consideró que no había sitio en el mundo donde se estuviera más cómodo que en el banco que había sustituido a su kiosko, y ahí decidió pasar las mañanas este hombre, todas, una detrás de la otra.
El banco, por supuesto, mira exactamente en la misma dirección que miraba el kiosko. Mira, sí, hacia una calle que no lleva a ningún sitio.