En el vagón del metro, una adolescente me estaba mirando. He vuelto la vista, me he encontrado con la suya, y rápidamente ha girado la cabeza, sorprendida. Después yo me he hundido en los abismos del rubor.
No me gusta que me miren. Me he afeitado a conciencia. Me he puesto una camiseta bastante ajustada, de color negro, con la marca (FCUK) escrita en blanco sobre el pecho. Llevo unos vaqueros adorablemente cosidos con hilo naranja, y unos zapatos negros. Me he sentido muy satisfecho con mi propio look mientras estaba confeccionándolo ante el espejo. Pero no me gusta que me miren.
Abandono el suburbano en Opera. Subo por una calle llena de locales de sexo y luego tuerzo hacia la derecha para alcanzar la plaza de Callao. Recorro Preciados hasta la puerta de la FNAC, donde ejecuto la espera.
Yo siempre he esperado chicas toda mi vida y ya ni me acuerdo de las veces. Esperar, para aclararnos, es llegar antes a las citas. Desconozco qué se siente cuando llegas a una cita y la otra persona está ya allí. Debe de ser muy cómodo eso, presumo. Pero yo siempre llego a las citas media hora antes, un poco porque no tengo un gran control del tiempo y otro poco porque no tengo una gran confianza en que nadie vaya a estar esperándome a mí más de medio minuto.
Esto lo digo para hacerme el mártir. En realidad... Si yo os contara... Mi vida...
El caso es que espero tensamente. Me planteo esperar sin sufrir: o sea, haciendo algo y, cuando la persona llegue, que me avise. Pero no: yo tengo que ver a esa persona que llega antes de que llegue, y, claro, antes de que me vea esperarla. Yo tengo que controlarlo todo, especialmente mi tristeza.
Mientras espero a la puerta de la FNAC, me fijo en toda la gente que pasa. Cuando digo toda la gente quiero decir toda la gente. Si pasan doscientas personas, yo miro a las doscientas personas; si pasan mil personas, yo miro a las mil personas. Es un comportamiento ansioso que cansa mucho, da dolor de cabeza y procura muchas descripciones de indumentaria para las novelas que me quedan por escribir.
La veo, claro. Es alta, delgada, bien vestida, guapa, joven, sexy, simpática, japonesa, multilingüe, inocente, no tan inocente, un poco inocente sí, flaca de cuidado, japonesa otra vez, alta de nuevo, garbosa. Habla por su teléfono móvil (tiene dos) mientras alza una mano en señal de que existo en su trayectoria peatonal. Me acerco a ella y espero a que termine de hablar.
-Muchas gracias, muchas gracias. Sí, sí... Nos vemos, adiós.
Cuelga y nos damos dos besos. Ella posa una de sus manos sobre mi hombro.
-Perdona el retraso, A.
-Nada, nada. ¡Feliz cumpleaños otra vez!
-Gracias.
-Estás muy guapa.
-¿Sí?
-Sí. ¿Dónde quieres ir?
-Tengo mucha sed.
-Bueno, vamos hacia allá.
Bajamos Preciados, pasamos la puerta del Sol, subimos un poco hacia Benavente y torcemos a la izquierda en la calle Cádiz. Hay muchas terrazas y muchas chicas rubias solas con mochila al hombro recorriendo la calle. Ocupamos una mesa al fondo de la calleja. Yo pido una clara con limón y ella cocacola.
-¿Nunca bebes alcohol?
-Nunca.
Vienen las bebidas.
-¡Kampai! –proponemos al unísono.
Luego ella (¿Ito, Sakura, Uno, Ayuchi, Kariyuchi...? Ito va bien), luego Ito empieza a hablarme de su trabajo, informaciones altamente confidenciales y privadas que a nadie interesan y que no consignaré porque ya aprendí la lección: a nadie le gusta que le retraten sin piedad. Yo, piedad, tengo poca. Por escrito.
Pero, ay, cómo eludir ese momento tan femenino/nipón. Vayamos con ese momento tan femenino/nipón.
Ito me está hablando de la comida de trabajo que tuvo el otro día. A la misma acudieron cuatro personas, entre ellas una compañera. Ito comía poco y, dada su delgadez, todos la instaban pantagruélicamente.
-Mi compañera –principia Ito-, que está un poco gordita...
-Un poco gordita significa que está muy gorda, ¿no?
-¡Bastante!
¡Me encanta!
Subimos por la calle Barcelona en busca de un restaurante. He de confesar que cuando me toca escoltar a una chica de exótico atractivo, y noto las miradas de los demás hombres sobre ella, aunque no sea mi chica ni habiten en mí (¡por Dios!) las menores intenciones de promover en ella la infidelidad, me siento de puta madre.
Es una confesión que hago a sabiendas de que habla muy mal de mí. Pero muy bien de ellas.
En el callejón del Gato le digo a Ito que la calle se llama Callejón del Gato.
-¿Sabes quién es Valle-Inclán?
-No.
-Bueno, es que esta calle es famosa por Valle-Inclán. Pero da igual –llegamos a la siguiente calle-. Y ésta es famosa por mi hermano, que se pasa aquí la vida de bar en bar.
Llegamos a la plaza de Santa Ana. Miro Villa Rosita y estoy a punto de preguntarle a Ito si sabe quién es Miguel Primo de Rivera. Lo dejo.
-Mira, Ito, eso es un teatro.
-Ah.
-¿Sabes lo que es un teatro, no?
-Sí, claro.
Este diálogo, tan insultante por escrito, queda mucho mejor bajo el cielo estrellado de Madrid, de buen humor y buscando restaurantes. En serio: queda de miedo el diálogo en su salsa.
-Mira, Ito. En lo alto de la fachada están escritos los nombres de los dramaturgos más insignes de España. Un dramaturgo es uno que escribe teatro, ¿vale? Mira hacia la izquieda, después de García Lorca.
-Valle-Inclán.
-Muy bien. Pues ya sabemos quién es Valle-Inclán.
Deambulamos. Estoy buscando un restaurante donde estuve con mi querida (CENSURADO), pero no lo encuentro. Así que emboco por la calle Echegaray para mostrarle a Ito los restaurantes japoneses.
-Esta calle es muy bonita –comentario blanco que ya iba siendo necesario.
-Sí.
-Cuando estaba en Japón, lo último que quería era ir a un restaurante español. Así que no te sugiero que vayamos a uno japonés en Madrid: sólo te los quería enseñar.
Ito mira los restaurantes. Uno se llama Aki (otoño), el otro Donzoko (bajos fondos). Ito se enamora perdidamente de Donzoko.
-¿Quieres entrar?
-¡Sí!
-Vale: pero luego no digas que el día de tu cumpleaños YO te llevé a un restaurante japonés. No lo digas nunca. Sería una afrenta a mi concepción del ritmo narrativo y de la iteración gastronómica.
La frase que empieza con “sería una afrenta” y termina con “iteración gastronómica” no fue efectivamente pronunciada.
Entramos. No se puede fumar pero qué le vamos a hacer.
En la primera mesa constato la presencia de Constantino Romero. No lo digo para hacer rumorología barata de mierda. No sé por qué lo digo. Estaba. Yo qué sé.
Nos sentamos. Hay un montón de gente moviendo los palillos.
Ito pide sushi y yo bento; yo pido Kirin y ella té.
-La mejor cerveza es Asahi –dice Ito: ¡que no bebe alcohol!
-A mí me gusta más Kirin.
Departimos, departimos, departimos. También hablamos, pero sobre todo departimos.
Bueno, yo departo y ella habla.
-¿Echas de menos Japón, A.? –me pregunta.
-Hoy, querida, sí.
Sin rumbo fijo me paseo por la coctelera y me topo con tu blog. Historias sencillas y descritas al detalle. Me ha gustado.
No quiero dejar de agradecerte tu cortesía. Gracias.
quién eres ? de donde? qué haces? qué edad tienes?
25 a 30?
por cierto, como se pueden ver todos los blogs que existen en la coctelera, por ejemplo?
la verdad es que para no gustarme leer, te leo a tí.
las novelas no las puedo leer, se me va la cabeza, y cuando me doy cuenta he leído media página o más sin interarme de nada.
aunque a veces me pasa incluso contigo, al menos me enganchas más, por tu rapidez y estilo directo.
bien.
!Te parecerá poco todo lo que cuento sobre mí como para que encima te de mi número de la Seguridad Social y mi teléfono en la costa!
ya deberías saber que nunca es suficiente, y no te quejes, que no se ha hablado nada de tu horóscopo jajaa
buena historia, lo de mirar a la gente es algo casi compulsivo ¿a que si?
Mirar a la gente te da, si no derechos, sensación de poder...
La verdad es que si te preguntamos por horóscopo te salen las originales preguntas del típico no-se-qué-hablar-contigo que vienen a ser ¿qué tal la salud? ¿y el amor? ¿y el dinero?
¿Y tu alieanición con los planetas? Qué cruz Maricruz...
yo voy de acuerdo con el eterno anonimato... así nos deja más "picadas"...
aunque no se cómo le vamos a hacer para comprar sus novelas cuando las publique si no nos sabemos su nombre.... a menos que firme con hikiko también las novelas...
no te regreses a la tierra nipona....
también me crucé con constantino romero en una primera "cita" con una persona.
barcelona.
a lo mejor se dedica a recorrer todos los restaurantes de las ciudades para asegurarse de que todo va bien en las noches compartidas de todo el mundo.
acabo de decir una gilipollez, como otra cualquiera :)
no sé porqué no vuelves a japón.
no sé porqué yo no vuelvo a madrid
!Cuántas amigas tengo!
Si se lo dijera a mi madre... ay.
Volveré a Japón algún día: aunque sólo sea para quitarme el mal sabor de boca de esta ciudad de gentuza que es Madrid.
anda,este es de los primeros blogs que me gustan.
muy bien