Después de sacar prestado “Carta sobre los ciegos para uso de los que ven”, de Denis Diderot, acudo a la sección de novelas para picotear en autores que conozco muy superficialmente. Primero hojeo los libros de Luis Landero; luego hojeo los libros de Juan José Millás. Leo el principio de “Cerbero son las sombras” cuando una voz (“Una voz”, novela/cosa de Beckett hecha película: la vi en el Círculo de Bellas Artes en marzo de 2000, ¡acompañado!; luego ella me dejó, lo cual es normal...) una voz estentórea y, sin embargo, bajita, exclama: “ ¡¿Dónde están los libros de Saramago?!”. Vuelvo la cabeza para comprobar que la voz procede de una mujer situada a unos veinte metros de distancia, junto al mostrador de recepción. Las bibliotecarias pastorean a la señora, porque es una señora, hacia la sección en la que me encuentro.
Se trata de una mujer de baja estatura, cincuenta años, gafas enormes de color rojo, cara de feligresa y andares de monja en peligro. Deambula ciegamente por la M de Millás, Miller y Milosz. No sabe ni dónde está.
-Señora –digo, porque soy un chico muy educado-, los libros de Saramago están allí –y señalo con el dedo la estantería pegada a la pared, con los libros de la R a la U.
La señora se dirige hacia aquella zona. Yo sigo en cuclillas, hojeando las cosas de Millás. Enseguida pierdo interés y espío a la señora. Parece tener ciertos problemas con el orden alfabético, porque está mirando en la T (¡si leyera a Millás no le pasaría eso!). Me pongo en pie y acudo en su ayuda. Me sitúo en la S y la convoco:
-Señora, Saramago está aquí –y, para marcar el territorio, hago sobresalir un par de centímetros un volumen muy gordo del autor portugués galardonado con el Premio Nobel y residente en las Islas Canarias y en las fotos en las que salen pobres.
La señora se aproxima. Yo estoy por irme, pero ella no deja de hablarme.
-Sí, sí, Saramago está aquí –coreo involuntariamente.
-Ah... Quería “El evangelio según Jesucristo”...
-A ver... “El evangelio según Jesucristo”... –busco SAR eva, pero no está-. Señora mía: no está.
-Claro. Ay. Es el que quiere todo el mundo.
-Debe ser.
-¿Seguro que no está? Entonces, no sé...
-Buenos días, disculpe.
Me alejo. Realmente creo que esto es todo lo que puedo hacer por don José Saramago.