1.
En el 6 hay una panda de chavales que va a Kapital. Ellos llevan el pelo cortado como los jugadores de fútbol: al rape por los lados, cresta, y largo por detrás. Me quedo mirando los ricitos que forma su cabello en la parte baja de su nuca, justo sobre el cuello de sus camisetas de color pastel. Ellas son muy delgadas, llevan tops de barby de arrabal y piercings en los labios, vecinos de las comisuras. Estos piercings me están siendo de gran utilidad para detectar de inmediato el mal gusto, la ordinariez y puestos de trabajo en las cajas de un supermercado. Una vez vi algo bonito, en relación a estos piercings: ella llevaba dos, uno arriba a la izquierda y otro abajo a la derecha; él llevaba también dos: uno arriba a la izquierda; otro, abajo a la derecha. Así podían besarse sin hacerse daño, completarse, ser ferreteros del amor.
Me he bajado en la parada siguiente a la de Kapital. Cruzo el paso de peatones, milagrosamente en verde, y llego al pasaje Doré. Gente vieja y decadente compra entradas para ver películas viejas, decadentes. En la cristalera exterior de la Filmoteca, miro el programa. Lamentablemente, este mes, he visto casi todas las películas. Sólo me llama la atención “India Song”, de Marguerite Duras, cuya hora y día de proyección memorizo para no perdérmela.
Luego echo a andar hacia Sol. Atocha está en obras. Me interno por el Barrio de las Letras (Huertas) para no atiborrar a mi retina de socavones. En Huertas hay mucha gente en las terrazas, y algunos borrachos, y algunos mendigos. Es un barrio, este, que está bien, pero que no me gusta: casi nunca se ve nada interesante.
En Sol también hay obras y el paso de peatones, el central, es un poco absurdo, pues no pasan casi coches y los que pasan son taxis, que son automóviles que no “circulan” sino que “especulan con la circulación”.
Entro en la librería de El Corte Inglés. Siempre que subo a la FNAC me meto primero en esta librería, creo que para transitar por un espacio con aire acondicionado, aunque al final siempre acabo mirando libros en los estantes. Por tercera vez, hojeo “Ninguna necesidad”, de Julián Rodríguez. Por tercera vez, no entiendo por qué han publicado eso.
El otro día bajé incluso al sótano de la librería de El Corte Inglés. Allí tienen libros de cocina, informática y materias por el estilo. Sentada en el suelo había una chica muy atractiva. Miraba un libro frente a una estantería y se la veía muy concentrada en el libro y en mostrarse atractiva. Me acerqué a ella y comprobé que la sección ante la cual desparramaba sus atributos era la de “Sexualidad”. Me pareció de lo más consecuente.
Ahora salgo de El Corte Inglés, subo Preciados y entro en la FNAC. La FNAC (en su día de apertura ya descifré el sentido de las siglas: Fundación Nacional de Ayuda al Consumismo) es el lugar de Madrid que más me gusta. Tiene cultura y escaleras mecánicas, las dos cosas que hacen de la vida un lugar más cómodo.
En la planta de los cedés trato de escuchar uno que se encuentra entre los más vendidos: “I am from Barcelona”, pero la maquinita no me deja. Luego me asomo a ver las ofertas (la “serie media”) y acabo escuchando un poco de Adam Green. Entonces me doy cuenta de que la FNAC está hasta el puto culo de gente, y me agobio, y me quiero ir. Por supuesto me voy, pero el deseo de “querer irme” me martiriza durante todo el proceso de abandono del edificio.
En la calle también quiero irme. Todo está atestado de gente, y no es que odie a la gente, sino el hecho de que no paren, de que vayan todos de aquí para allá y, en definitiva, se disgreguen, se amontonen y se mixturen con tanta insolencia.
Me quiero meter en un Starbucks a tomar un café y leer el periódico. El de Callao, según veo por los cristales, aloja muchos clientes, así que bajo Gran Vía hacia Plaza de España en busca del otro Starbucks de la zona. Entro y subo a la planta de las mesas, la segunda; veo que no hay muchas personas y decido quedarme.
Pido y tomo el diario El Mundo. Subo. Leo. Sorbo café. Miro el reloj de vez en cuando y algunas chicas que, de vez en cuando, tratan de usar los baños pero no pueden abrir la puerta. Hay que meter un código numérico, pero sus ganas de orinar se aplacan a la primera contrariedad.
Hacia las siete de la tarde, dejo Starbucks y me dirijo hacia la Plaza del 2 de Mayo. Voy por San Bernardo, pienso que me gustaría vivir en San Bernardo. Luego tuerzo a la derecha por una calle empinada, cuyo nombre no compruebo, y paso por una tienda de vinilos y una iglesia. El suelo de la acera está llena de arroz, y me hace gracia pisar el arroz nupcial y moverlo un poquito de aquí para allá. A la puerta de la iglesia hay una pareja joven besándose. Los rebaso y, luego, quizá por el arroz, quizá por los besos, quizá por la tienda de vinilos, doy la vuelta y vuelvo a sobrepasar a la pareja, a pisar el arroz para, finalmente, entrar en la tienda de vinilos.
Es una tienda para profesionales y, admirablemente, consigo poner cara de dj profesional mientras leo los títulos de las cubetas con los discos: house, techno, etcétera.
Salgo y sigo andando. En la plaza del 2 de mayo hay un mercadillo de música, con muchos cedés y vinilos; también hay amplias zonas destinadas a terraza de verano y gente jugando a la pelota y niñas negras subiéndose los calcetines. Miro discos hasta las siete y media, hora exacta de mi cita, y entro en el café Pepe Botella.
2.
Escucho las cosas que trae la gente para contarme. Una amiga, Inés, a la que hacía tiempo que no veía, es ahora directora de un departamento. Me alegro, no por ella, sino por mí. Me gusta que las mujeres con las que me relaciono ganen más dinero que yo y tengan mejores puestos. Me gusta que medren y que su trabajo sea reconocido. Eso hace que, cuando te acuestas con ellas, puedas poner las cosas en su sitio.
Quiero decir que me da más morbo, jo, no penséis tan mal.
La gente, además, siempre trae para contarme cosas de otra gente. Entonces, están las cosas que la gente cuenta sobre sí misma y están las cosas que la gente cuenta de los demás. Las cosas que cuentan de sí mismos son interesantes, pero aquejan quizá demasiada cercanía entre narrador y personaje (el que narra es el personaje) de modo que no te puedes fiar mucho, se estila demasiado la autocompasión y, muchas veces, se incurre en contradicciones que me irritan. Las cosas que se cuentan de los demás, por otra parte, son mucho más crudas, sin piedad; la gente emite juicios sobre otras personas que podrían partir amistades en dos y hacer añicos cualquier pareja. Me gustan estas cosas, básicamente.
Me hablan de un “enfermo del sexo”. Me interesa, claro.
-Su novio estaba enfermo –dice Inés.
-¿Por?
-Ya sabes. Enfermo, hasta pervertirla.
-Pervertirla.
-Sí.
-Pero, ¿qué hacía? ¿Le clavaba cuchillos, la azotaba?
-Bueno –Inés-, había estado con una novia y lo dejó; luego con otra, y luego con otra; y seguía llamando a la primera y diciéndole guarradas por teléfono.
-A ver. Había estado con una chica, luego con otra y luego con otra. ¿Eso es estar enfermo de sexo? No te entiendo, perdona.
Inés se pone como seria, como “ahora verás lo que voy a decir”.
-Quería echar diez polvos seguidos –dice.
Frunzo los labios.
-Bueno. ¿A ella le molestaba eso?
-No. Qué va. Ya te digo que la pervirtió.
Realmente no entiendo esta conversación.
Salimos del Pepe Botella y vamos al Café de La Palma. Allí bebo un mojito, bebida oficial de mi lucha contra la sobriedad. Inés pide una caipirihna. Las demás personas beben cerveza y es por eso (exactamente por eso) que no salen mucho en este verosímil que no verídico relato.
Entonces estoy hablando de follar con Inés. El tema en concreto es el consabido: ¿folla la gente? Mi tesis es como sigue:
-Las encuestas sobre sexo en España sitúan en 96 el número de coitos que se realizan de media al año. Eso, claro, es falso. Nadie folla tres veces a la semana, ni los solteros ni los casados; ni siquiera tú.
-Yo, claro que no –ruborizada.
-Entonces, ¿por qué la gente se indigna por el dato, y sobre todo porque en Estados Unidos follen más de 100 veces al año, cuando en realidad nadie folla ni siquiera esas indignas 96 veces?
-Bueno, A., piensa en los jóvenes, los de veinte años; esos sí follan.
-Ya, pero la encuesta abarca desde los, no sé, 15 a los 50 o 55; o sea, que no.
-¿Sabes que acabo de venir de vacaciones? Estuve en Cuba. Y no me tiré a ningún cubano.
Pausa personal de análisis de lo que me dicen.
-¿Y por qué te tenías que tirar a un cubano?
-Es lo que hacen todas.
-¿Ah, sí? Qué bien. Yo siempre había oído eso de los tíos, nunca de las tías.
-Están como locos por casarse con una española y venirse aquí.
-Eso subiría mucho nuestra media de coitos.
Dejamos el Café de la Palma. Subimos hacia Conde Duque pero está todo lleno de gente. Volvemos sobre nuestros pasos y alguien nos guía hacia la plaza de las Comendadoras. Ocupamos una terraza semivacía junto a un restaurante que parece mejicano, y que está llenito. Seguimos hablando de sexo.
Un tipo vende mecheros y, cuando se nos acerca, Inés retira su bolso del asiento vecino. El tipo de los mecheros emite el siguiente alegato por su dignidad:
-¡Qué vergüenza! Creer que yo... ¡Qué vergüenza! Si no fuera porque... ¡Ay!
Se aleja.
-Se lo ha tomado mal –yo.
-Que le den por el culo –Inés.
Nos vamos. Alguien dice que tiene hambre y soy yo. Alguien contesta al móvil y es Inés. Anas, Carlos, Iñakis y Lucías se entretienen por su cuenta y riesgo. Llegamos a la calle del Pez. Pasamos junto al Palentino, el bar de éxito más incomprensible que conozco. Luego entramos en el Pez Gordo.
-Me ha llamado mi novio –Inés.
-Estupendo.
-Nos ha oído hablar.
-Guay.
-De sexo.
-Aleccionador.
-Se debe de haber descolgado y, en fin, David ha estado escuchando todo lo que decíamos.
-¿Lo de los coitos o lo de los consoladores?
-No sé qué parte. Me ha dicho que no le gusta escuchar conversaciones ajenas, y que ha colgado.
-¿Cuando los coitos o cuando los consoladores?
Pedimos vino y canapés. El Pez Gordo tiene una clientela bastante guay, algunos actores de medio pelo, algunos músicos, barbitas, camisetitas, miradas interesantes. Inés se va al baño. Yo hablo con un tal Carlos de la cima mundial del arte cinematográfico: Bergman.
-¿Viste Secretos de un matrimonio?
-Sí. La ponen en la filmo, pero ya la vi.
-¿Viste El silencio?
-Sí. No la ponen en la filmoteca, pero ya la vi.
-¿Viste El rostro?
-Sí.
-¿Viste La hora del lobo (no confundir con El tiempo del lobo, de Haneke)?
-Sí.
-¿Viste “Fanny y Alexander”?
-No.
-¿No? Yo sí la he visto; yo sí la he visto.
Esto, básicamente, es una conversación intelectual-crítica-conceptual-enciclopédica-útil de máxima altura sobre cine.
Inés no vuelve del baño. Como parecemos pareja, voy a ver si me deja meterme con ella en el baño de las chicas.
No me deja.
Vuelve.
-He estado hablando con mi novio.
-¿En el baño?
-Pues sí: en el baño.
-Está enfadado.
Inés pone el móvil sobre la mesa.
-Está en Asturias.
Me ha gustado el Post.
Está tan bien escrito que me he sentido acompañándote en tu paseo.
UN abrazo.
No me gusta hacer tres colas para conseguir un cafe, tampoco que me lo cobren a precio de chocolate con churros, ni siquiera los sofás y la prensa lo justifican, entrar en uno es entrar en todos y en ningun sitio...pesadilla Starbucks, Resaca de la postmodernidad supongo.
Buen post, un saludo.
Y sigue ganando Jack Johnson por goleada...
bueno, y cómo acaba la historia???
Acaba mal.
en algún lugar, por ejemplo en parís, alguien, por ejemplo yo, hace un itinerario paralelo, luego llega a casa lee tu post e ilustra tu topografía con sus recuerdos.
oye, al final os acostais?
que buen rato he echado, pequeñajo. gracias.
Totalmente de acuerdo con lo del Palentino. Absolutamente inexplicable.
Un novio en Asturias siempre es algo peligroso. Una novia de un novio que está en Asturias, más peligroso todavía.
Por no hablar de la novia de un novio que esté en Granada; eso ya es deporte de riesgo.
G.
parece que al joven hikikomori no le gustan las paredes grasientas y los camareros con mala cara ...
viva el palentino!
Vuestro comentarios me dejan sin comentarios.
A mi por ejemplo, no me gustan los comentarios en mi blog. Soy una dictadora.
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FNAC, Fundación Nacional de Ayuda al Consumismo. Nunca mejor definido!!
ENCONTRÉ ESTA PÁGINA PORQUE COMO TANTOS OTROS BUSCABA INF SOBRE JACK J. Y SORPRENDENTEMENTE ME QUEDÉ LEYENDOLA COSA EXTRAÑA EN MI XQ ODIO LEER UNA PANTALLA. LUEGO VI MI NOMBRE Y ME INTERESE MÁS....ME ENGANCHASTE.