El Gambrinus de Príncipe de Vergara es bastante grande, y un poco laberíntico. Los camareros corretean con los platos alzados como ovnis ibéricos. La clientela devora jamón y otras culturas. Hay mucha gente y nosotros nos sentamos a unas mesas que hay al fondo, detrás de un biombo de madera taraceada.
Somos diez, más el “partner”. El partner es sueco y rubio y tiene barriguita. Lleva camisa blanca. Los demás hombres de la cena llevan también camisas, unos a rayas, otros a cuadritos. Yo llevo una camiseta y zapatillas adidas. Las chicas llevan vestidos de noche.
A la cabeza de la mesa se sienta el “boss”; a su derecha se sienta su mujer; a la izquierda se sienta la otra dama de la “ofi”. Mujer abajo, estamos todos los demás.
El menú es la lectura cotidiana del oficinista. El menú se lee en diagonal y eso hace que el oficinista se sienta respaldado en su visión del universo. Pedimos de comer.
El camarero puebla la mesa de platos. Hay cestitas de mimbre con pan. Todos tomamos pan de colín, que es un pan muy simpático, como pildoritas del comer.
Hay que hablar y la mesa se divide en dos territorios de conversación. El boss y su mujer y la dama y el partner, por un lado; los tíos, por otro. (Yo, es un decir, estoy en la conversación de los tíos.)
Los tíos. Me gustan los tíos y hacía tiempo que no pasaba una larga velada rodeada de tíos. Los tíos es una categoría humanoide que sólo existe en plural, esto es: no hay “tío”, nadie es un “tío” a solas, sino que esa forma cimera de la masculinidad sólo se revela por agregación, de tres para arriba.
Los tíos hablan de coches un rato, para, con perdón de la simpleza del chiste, calentar motores. Un coche es una polla vuelta símbolo, por lo que los tíos hablan del coche que tienen como de la polla que tienen o no tienen, y del coche que van a tener como de la polla que podrían o les gustaría o ya quisieran ellos tener. Algunos tienen la polla igual de ufana que el coche, otros viven en pleno cisma orgánico por las diferencias tan evidentes entre su polla y su coche. Dejemos esto.
Luego de los coches se habla de mujeres. Las mujeres son el tema favorito de los tíos. Se entiende por mujeres esos cuerpos caracterizados por poseer una genitalidad extraña, diferente de la de los tíos y, al mismo tiempo, complementaria.
Los tíos a la mesa hablan de mujeres que conocen: las compañeras de oficina, las clientes, las socias, las repartidoras de agua, las abogadas, las de la gestoría, la portera, la camarera de Delinas, la dueña del restaurante de menú y así hasta la última fémina de la ciudad. Las tías se dividen en dos: las que tienen un polvo y las que no tienen un polvo. Luego las que tienen un polvo se dividen en tres: las que tienen un polvo compasivo, las que tienen un polvo continuado y las que tienen un polvo quimérico. Todo esto lo voy aprendiendo según escucho a los tíos.
Uno de los tíos saca su móvil y los demás tíos se lo miran. Es plano y Motorola y tiene vídeos. El dueño del cacharro aprieta un botón y pone el móvil sobre la mesa para que todos podamos ver el vídeo de una mujer de rodillas haciéndole una mamada a un hombre en pie, del que sólo se ve la zona beneficiada. La contemplación de la fellatio se realiza con suma profesionalidad, como quien mira el episodio piloto de una serie de televisión canadiense.
Los tíos hablan un lenguaje que me enriquece el paladar literario. Dicen “calzarse” a una tía y hasta “ser calzado” por una tía; dicen: “Tiene un apretón”, “Tiene una polla” (“En la boca”, completa otro), dicen: “Con dos coletas y a cuatro patas para hacer la moto”. No recuerdo más.
Al otro lado de la mesa, el boss habla con el partner del negocio. La mujer del boss se aburre aplicadamente: es su obligación. La dama de la ofi mira al partner. Los tíos sugieren que se lo va a follar.
A todo esto se come y se bebe y se pide. Se fuma. Se come y se bebe y se pide y se fuma durante un rato que parece interminable: las cenas son así, gastronomía atemporal.
Cuando llega el café es la hora de planear el siguiente paso. El líder de la velada ya fue designado y su teléfono móvil ya reservó mesa en un pub. El líder de la velada es un “crack” y un buen tipo. Me cae muy bien y le confiaré el cuidado de mis hijos pequeños cuando me ahorque.
Liberata Bar. Ese es el “tag” que repetimos mientras seguimos los pasos del crack. “Es un sitio superpijo”, anuncia éste. Yo voy en zapatillas y camiseta. “¿Me van a dejar entrar?” No he podido evitar hacer la pregunta. “Sí, hombre, vienes con nosotros.” Su respuesta resulta vagamente insidiosa.
El Liberata Bar está en Alberto Alcocer y tiene una entrada con portero y hombre que lee reservas en un libro. El crack/líder/niñera-de-los-niños-del-ahorcado canta su reserva y somos libres de entrar. Hay que abrir puertas de vidrio y bajar escaleras. Está oscuro y hay fuentes y algo parecido a acuarios. El local es grande, la barra céntrica y concéntrica y la clientela con jersey. Algunos llevan el jersey sobre los hombros, con las mangas cruzadas sobre el pecho en nudo delicado, y otros lo llevan atado a la cintura. Las mujeres no llevan jersey sino vestidos vaporosos y tacones de aguja. Muchos hombres tienen más de cincuenta años, el pelo blanco, la camisa de tono pastel. Muchas mujeres tienen a su vez más de cincuenta años, el pelo rubio esplendente y el cuerpo troquelado por gente de confianza. La minoría es treintañera y con patillas y flequillos, y tetas y perfumes. Todos, absolutamente todos, están satisfechos de ser, algo que ya hubiera querido para sí mismo el noventa por ciento de los filósofos alemanes que indagaron la gnosis.
Entonces las vemos, los tíos las vemos: son cuatro chicas en pantalón corto y suje que bailan eléctricas sobre un escenario. Dos rubias y dos morenas. Una con sombrero vaquero, otra rollo gótico, otra botas rojas, otra transparencias. El camarero nos lleva a nuestra mesa y somos muy felices porque está pegada al escenario. Los tíos miran a las gogós y las gogós crujen sus carnes mientras todo el mundo conviene en la satisfacción de ser.
Pedimos copas. Los tíos se dan codazos y dan por hecho el coito entre el partner y la dama libre de la ofi. Mientras, el boss baila con su mujer entre taburetes muy bajitos.
Llegan las copas. El camarero lleva camisa negra y sirve whisky con su brazo de músculos trenzados. Uno de los tíos va apuntando con el móvil a las tías más buenas del local.
Luego hay que bailar y los tíos salen decididos a hacer botar sus testículos en la pista de baile, seguros de conseguir una chica esta noche que les dé algo de lo que hablar en el messenger. Yo me aferro a mi vaso como si fuera un grillete de Alcatraz.
-¡A bailar! –tíos.
-Que no –yo mismo.
Tras varios minutos de soledad alcohólica, miradas entomológicas y esconder mis adidas debajo de la mesa cuando viene el camarero, decido dar por concluida mi jornada laboral de hoy. Me despido del boss y de los tíos, besos para las damas, apretón al partner, alivio.
Salgo a la calle. Mis zapatillas me echan en cara cada huella que las obligué a dar. Camino en busca de algo mejor que un taxi. Pero todos sabemos que en Madrid no hay nada mejor que un taxi.
¿Y tú no estás satisfecho de existir?
Comentario quizás no muy sutil, pero sí muy sincero: ¡qué cojonudamente escribes, tío!
jaja, creo que vamos a tener unas cuantas historias de éstas
... bienvenido al Mondo Oficina, hikiko
no tantas que me echan.
no me gusta mucho la última frase, me rompe un poco el ritmo. Igual es cosa mía. el resto va tan trenzado como los brazos del camarero.
¿no es absurdo tener un blog?
¿no es cursi estar escribiéndote en este momento?