Ay. El fabuloso mundo de la oficina. Estoy tan feliz.
Lo que más me gusta de mi oficina es la máquina del agua. Yo creía que a esas máquinas de agua ya se les había pasado el arroz. Se trata de un mueble de metal blanco con su grifito de espita azul y su brazo de vasos a la izquierda. La parte de arriba tiene un agujero por el que se introduce el cuello de una enorme garrafa de plástico, llena de agua. Cuando se acaba el líquido hay que cambiar la garrafa. Traer la botellaza de un rincón, alzarla a peso y encajarla certeramente en la abertura superior de la máquina del agua es sin duda el esfuerzo físico fundamental del oficinista.
Con la garrafa nueva amamantándonos, la vida es más simpática. Yo, si me permiten lo apórico, creo firmemente en las cosas que simpatizan la existencia. La máquina del agua es ante todo una cosa tierna, una cosa niña, una cosa de quererla. ¿Por qué? Pues porque uno va y saca un vaso (hay que tirar bien fuerte) de la muñeca rusa de los vasos, y lo pone bajo la espita azul, y acciona esa espita, y el vaso se llena y, cuando se da por concluida la posta, ay, el agua que queda en la garrafa emite un borboteo de bebé, un gluglú de burbujas de aire y expedientes acuáticos, que llena la oficina de irreverencia perdonable (gluglú, no pasa nada, alguien que se llenó el vaso), que llena la oficina de paréntesis (gluglú) dentro de los cuales el aire está más ancho, la luz se vuelve nuclear, los informes urgentes se caen por las escaleras y uno piensa: hago esperar al universo porque tengo sed.