La hora a la que comen los gatos
1.
Me gustan los sándwiches y todo lo que puede comerse con las manos; y sin las manos. Tengo mucho contra los tenedores, bastante contra las cucharas, todo contra los cuchillos. Los palillos todavía me caen simpáticos. Los palillos son de madera y tratan a la comida con respeto, no se inmiscuyen en el plato, no imponen su orden. Un tenedor es lo más parecido que hay al código penal, a leyes que meten a la gente en la cárcel. Un tenedor, sin duda, mete a los guisantes en la cárcel, enreja carnes y aprisiona patatas. Un tenedor, por diseño y propósito, es nieto dilecto de Torquemada.
Como puede preverse, ahorá seguiré con la cuchara y el cuchillo. Esta previsibilidad me duele a mí más que a nadie, pero asumo mis carencias.
La cuchara es para meterse líquidos en la boca. No recuerdo ningún líquido agradable que haya entrado en mi boca mediante una cuchara. Ya de niño, la comida te la empotran en la garganta con cucharitas. Esta herramienta, entonces, viene marcada por toda una infancia de cucharas atragantadas y cucharas aeronáuticas y cucharas por papá. Una mierda. También pasa con las cucharas que te ponen cara de idiota. Y de sumiso. Si el tenedor es Torquemada, la cuchara es Santa Catalina por lo menos. Comer con cuchara siempre impone reverencias a un plato, agachar la cabeza, casi besar los pies del santo. Finalmente, la cuchara fascicula la comida, te da unos plazos insufribles, un “cuchara a cuchara” que es un coñazo y una competición malsana contra todos los que, junto a ti, se están desviviendo por vaciar el plato y soltar, de una vez, la maldita cuchara.
El cuchillo tiene toda la pinta de un asesino en serie. El cuchillo es para asesinar o para comer animales asesinados. Siempre que uno coge un cuchillo está manchado de sangre. Empuñar este cubierto lo dice todo sobre la gastronomía: la gastronomía es muerte en los manteles. A tanto llega la filosofía del filo que me es imposible agarrar un cuchillo sin pensar en clavárselo, de inmediato y en el ojo, a quien sea que tengo cerca. No en vano en Australia el gremio de los camareros hace tiempo que encabeza la lista de profesiones con mayores muertes anuales. Comen canguros, en Australia. Acuchillar es el único verbo que encontramos entre los cubiertos. No existe acucharar ni entenedorar. Eso se debe a que el cuchillo, como probablemente habrá escrito Jean Genet en alguna cárcel, es pura acción. No hay nada que provoque tanto como un cuchillo ahí tirado. Es la tentación máxima. Entre un cuchillo puesto en el suelo, a la salida de tu casa, y una flor recién cortada, todos cogemos primero el cuchillo.
2.
Yo como sándwiches todos los días: es a lo que iba. Los compro en el Delinas que hay en la intersección de dos calles muy bonitas. Me gusta el Delinas porque tiene ese suelo industrial, metálico, que hay también en algunas ferreterías. No quiero extenderme sobre el suelo, por lo que diré sólo una cosa: lo que pisas es lo que piensas.
Salgo de Delinas con mi sándwich y mi cocacola light. La cocacola light no la pillo por adelgazar sino porque me gusta el color de la lata. Camino. Cruzo una calle y busco un banco donde no haya personas. Me siento. Cumplo el oneroso trámite de comer y luego abro “Verdes valles, colinas rojas”, que sí que es un alimento con consistencia.
Paso páginas y pasan peatones. Delante de mí tengo una reja muy alta que se extiende hasta conformar un perímetro enorme dentro del cual se levanta el ministerio de Trabajo. (Eso lo he sabido después, cuando he ido a mirarlo.)
Veo a una señora pegar su nariz a la reja. Es bastante mayor y viste con descuido. Lleva bolsas de plástico en una mano; con la otra hace gestos de llamada al otro lado de la reja.
Cierro mi libro porque empieza el espectáculo.
Veo, al otro lado de la reja, dos gatos. Son negros y amigables. Se acercan al punto donde se encuentra la señora. Ésta, una vez que ha conseguido reunir a los animales, saca una pinzas de su bolsa, unas pinzas como de coger cubitos de hielo. Las introduce por los barrotes y recoge del suelo del otro lado un par de bandejas de cartón. La operación le lleva cierto tiempo porque la mujer no tiene mucho pulso, y a veces la bandeja se le cae al contacto con los barrotes. Cuando ya tiene ambos recipientes a sus pies, los llena de comida para gatos: unos gránulos grises de lo más indigestos. Devuelve las bandejas al otro lado de la reja y pone distancia. Ni siquiera mira a los gatos comer.
Enseguida saca una bolsa pequeña de la bolsa grande y la vacía con cierto desprecio sobre la acera. Parece arroz. De inmediato, un montón de palomas aterrizan junto al charco nupcial del arroz. La señora no las mira: se aleja definitivamente, sin mirar a nadie, con marcialidad.
Me gusta la manera de amar de esta señora.

hikikomori dijo
Pobrecito mío!
23 Octubre 2006 | 06:01 PM