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Hikikomori

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21 Noviembre 2006

Tantas ganas de contar la historia del hombre que se cortó una mano

1.

La espuma de la cerveza aún está decidiendo si derramarse o no. He levantado la vista del libro cuando he oído el “clac” de la copa contra el mármol de la mesa. El camarero se cubre el corazón con la bandeja plateada.
-Uno con treintaycinco.
Dejo el libro contra el tablero de la mesa, abierto contra las páginas 402 y 403, y saco una moneda de dos euros del bolsillo. El camarero la recibe y se aleja. Luego vuelve con un platito de plástico marrón, del que repatrío sesenta y cinco céntimos. El camarero se lleva el platito de plástico marrón y yo sigo leyendo “El pasado”, de Alan Pauls.
La novela está muy bien escrita pero no va de nada. De todo modos, me resulta difícil leer y esperar a alguien. Tengo miedo de que mi cita llegue de improviso y me pille leyendo. Hay algo infiel en entretenerse mientras se espera.
Levanto la vista muchas veces. Miro hacia la puerta de entrada a la Filmoteca. Son las seis de la tarde y todas las personas que entran lo hacen corriendo porque no quieren perderse el comienzo de la película Skizo.
En la mesa de mi derecha hay un hombre que me recuerda a mí. Está solo y lee. Trato de saber qué lee para que su lectura patética me despareje, me vuelva único y no especular lector de café. Pero no sólo no consigo saber qué paladean sus pupilas, sino que además la lectura no le hace levantar la vista del libro ni una sola vez.
A mi izquierda hay dos mujeres. Hablan muy alto y sus palabras se me mezclan con las de Alan Pauls. Una es joven, gorda, cansinamente catalogable como hippy. Tiene el pelo corto y un piercing en el labio inferior. Habla muy animadamente de un cortometraje que va a hacer para un Ayuntamiento del norte de Madrid. Enfrente de ella, una mujer sudamericana, quizá peruana, bastante mayor, le pide datos precisos, teléfonos, personas de contacto y relatos de experiencias previas: lo apunta todo en un cuaderno.
Empiezan a hablar de ropa, las mujeres. Pero no de ropa como hablan las mujeres normales; ellas hablan de vestuario. Hablan de ropa que va a ser usada para una película, de ropa que va a actuar. Es muy interesante cómo la ropa, elegida para un rol, un papel, un personaje, y no para uno mismo, despierta comentarios e impresiones tiernas, vagamente entrañables. El vestuario, en definitiva, es una ropa que el personaje se pone para siempre, la ropa es también personaje, y hablar de vestuario es hablar de algo que perdura y que tiene sentido, mientras que hablar de pantalones de temporada es hablar de fugacidad, impostura y (lamentablemente cuando se trata de la realidad) ficción.

2.

Mi amigo se llama como mi hermano y me estaba esperando en la calle. Le he visto de casualidad. Mi hermano se llama Víctor de modo que a mi amigo le llamaremos Héctor.
Héctor tiene cuatro años menos que yo y le conocí en un curso de inglés en Inglaterra. Él tenía entonces 14 años y yo 18. Nos escribimos cartas durante algunos meses antes de perdernos la pista. Él escribía muy bien. Nuestra correspondencia fue una batalla de diatribas, de insultos y exhortaciones. Su misiva más memorable me la remitió escrita en papel higiénico.
Nuevamente, le perdí la pista. Países y divorcios sepultaron su presencia en mi vida. Seguía en mi biografía, pero la biografía (el pasado: Pauls: huevón) es un cementerio: nadie vive en tu biografía; de nadie te acuerdas; nadie importa. Esto no es una opinión: es la verdad.
Sin embargo, en un bar de mi barrio, tomando una cerveza con mi hermano, me di cuenta de que conocía a un cliente. El cliente se llamaba de hecho como mi hermano. Él me miró, se acercó y pronunció mi nombre y mis apellidos. Nos dimos la mano y Héctor de Miguel resucitó.
Cuánto tiempo.

3.

Héctor es pequeño, usa gafas y se ha dejado crecer la sotabarba. Su look es un poco agresivo. Sus gustos musicales incluyen Korn, Tool y gente de noruega. La última vez que le vi, se dirigía a un concierto de Ella baila sola. Quiero decir que su evolución no es tan mala como parece.
Trae una bolsa roja en la mano.
-¿Me traes un regalo?
-Sí. Bueno, no es un regalo.
-¿En serio? Creía que era el regalo para el cumpleaños.
-No, no. Para el cumpleaños no llevo nada. A lo mejor ni voy, según cómo me lo pase contigo.
Bajamos por la calle Olmo y luego por Santa Isabel. Todos los pubs que nos gustan están cerrados.
-Es muy pronto.
Al final nos cautiva el ambiente de un bar que hace esquina. Hay unas cuantas chicas, los taburetes son rojos y suena música en inglés.
Ocupamos una mesa.
-¿Qué quieres?
-Una caña.
Héctor va a la barra a pedir. Se queda parado mirando a la camarera. Es una mujer de unos treinta y cinco, que acodada sobre la barra, se deja toquetear las manos por un señor de unos sesenta años. Están muy acaramelados y Héctor me mira como pidiendo clemencia a Cupido.
Me aproximo.
-Deja –digo.
Héctor se sienta y yo miro a la camarera, con una mano extendida hacia su rostro. Deja las manos del anciano y, sin mostrar molestia alguna, me pregunta qué quiero y me sirve.
-Bueno –digo con los dedos untados de cerveza-, dame mi regalo.
Héctor me tiende la bolsa roja. Saco dos libros. Ambos de Stephen King.
-Como la última vez que nos vimos me dijiste que querías leerlo.
-Ah, guay. Sí. Éste (“Cementerio de animales”) es el que más me interesa. Este otro (“El pasillo de la muerte”) ¿te gusta a ti especialmente o qué?
No le gusta especialmente. Cambiamos de tema y le hablo de mis miles de éxitos: de mi nuevo trabajo y de todos esos libros que me va a premiar la familia Lara.
Luego Héctor me señala hacia la barra. La camarera, de nuevo acodada, se deja querer por un señor no tan mayor.

4.

-¿Esta noche dormirás en casa de tu novia?
-Sí. Pero mañana me levanto pronto porque tengo que cuidar a mi tío.
-Ah, el de la mano.
-Sí.
-¿Sabes que estuve a punto de contarlo?
-¿En tu blog?
-Sí: me pareció una historia tremenda, claro. Estuve dándole vueltas pero al final decidí no escribirlo. Por respeto hacia ti.
-Escríbelo, me da igual.
-Ya te he contado que, a menudo, me pasan cosas, o quedo con alguien, y luego lo cuento en un blog.
-Sí, sí.
-Pero algunas personas se me enfadaron porque las saqué y ahora suelo pedir permiso.
-Ah. Pues concedido.
-Gracias. Pero, no sé, me gusta escribir los post justo al día siguiente, o a la semana siguiente, si no ya no me apetece y pierdo perspectiva. Lo que me fascinó de tu historia es que yo ya la conocía, periodísticamente: tú tío se cortó la mano al lado de donde yo vivía antes. Fue una de las primeras noticias “próximas” que recibí en Madrid. Me refiero a que, cuando vienes a Madrid, te das cuenta de que las bombas de ETA explotan realmente cerca, de que el Rey vive realmente cerca y de que todos esos hijos de puta en general viven realmente cerca.
-...
-Lo que antes era una noticia ahora es un peligro. Me dije, joder, un tipo se ha cortado la mano en la glorieta Beata de Jesús, y yo he ido allí a comprarme napolitanas en el seven eleven...
-...
-La conexión de que, diez años después, me entero de toda la historia, y sigue dándome miedo... diez años después...
-...
-Lo sé, lo sé: soy un coñazo.

5. Historia del tío de Héctor, que se cortó una mano

No tiene sentido empezar por ningún sitio. Sucede que Héctor es trabajador social y se pasa el día con enfermos mentales. Resulta un dato curioso teniendo en cuenta que su tío es un enfermo mental.
También resulta curioso recordar que, cuando Héctor me contó la historia completa de su tío, éste estaba jugando al ajedrez con un familiar. Ya sin la mano.
Por eso digo que no tiene sentido empezar por ningún sitio, porque todo tiene demasiado dramatismo.
Yo creo que era 1996 cuando un hombre se separó la mano de la muñeca con un serrucho. Lo vi en Telemadrid. La locutora narró la historia, ubicó el hecho en Beata de Jesús y luego habló el portavoz del Samur. Era un tipo con la cabeza muy ovalada, con perilla y gafas. Nunca olvidaré la apreciación que hizo: “El hombre llevaba varias sierras, y cuando una se le rompió, con la mano a medio cortar, empezó con la otra. Imaginen lo que es estar serrándose la mano, parar, coger otra sierra, y seguir.”
Yo me lo imaginé y por eso es que me acuerdo. Me acuerdo más del caso porque me lo imaginé que porque me lo contó la televisión.
Eso fue todo.
Diez años después, Héctor me dice que ha quedado con su tío para jugar al ajedrez. Otro tío estaba ahora jugando al ajedrez con él. Jugar al ajedrez era la mejor manera para que no leyera la biblia.
Le pregunté por este familiar modo de pasar el tiempo. Héctor me comentó que su tío, hacía años, se había cortado una mano. Como, estadísticamente, no hay muchas personas que se corten la mano, le conté enseguida lo de Beata de Jesús.
-Sí, fue él. Pero no fue en Beata de Jesús. Fue en la Casa del Reloj. Sobre una mesa de ajedrez.
Sobre una mesa de ajedrez.
El tío de Héctor estaba en Ávila, internado. A parecer, tenía una pequeña asignación mensual para sus gastos, un óbolo que apenas daría para comprarse un paquete de chicles. El tío de Héctor fue acumulando moneditas, sumando reyes de España, hasta que hizo un capitalito con el comprarse un billete de autobús a Madrid y tres serruchos.
-No sé por qué no se pudo cortar la mano en Ávila –Héctor.
Llegó a Madrid. Fue al parque del antiguo matadero y se quedó allí hasta que cerraron las puertas. De noche, el tío de Héctor puso la mano sobre una mesa de ajedrez, una mesa que hace unas horas podría haber presenciado el jaque mate más vistoso de los jubilados de Arganzuela, y empezó a serrar. Usó los tres serruchos. Luego tiró la mano a un seto y se acercó a la verja de salida.
-Lo encontró un policía. Imagínate. Mi tío con unas barbas tremendas que llevaba, y bañado en sangre, y sin una mano.
-Uf.
El tío de Héctor se cortó la mano porque la mano le estaba haciendo pecar. Porque la biblia dice: "si tu mano te hace pecar, córtatela". Entonces el tío de Héctor se cortó la mano porque lo leyó en un libro.
-Después –concluye Héctor-, un día, un día cualquiera, una tarde, en que estábamos todos reunidos, toda la familia y mi tío, muy a gusto, él, de pronto, va y nos dice: Mis ojos me están haciendo pecar.

6.
(Espacio reservado para el anticlímax)

7.

La camarera me ha dicho que son diez euros con treinta céntimos. Pongo un billete de diez euros sobre la barra, y luego una moneda de un euro. La camarera toma el euro, me lo devuelve y me guiña un ojo. Salimos.
Ya es de noche. Decidimos cenar en un kebab. Siempre vamos al mismo, por lo que le digo a Héctor que vayamos a otro que parece un Mcdonalds. Entramos y, efectivamente, parece un Mcdonalds.
Pedimos. Nos sentamos. Comemos.
-Me he dado cuenta –dice Héctor-, de que siempre pides lo mismo.
-No me gusta conocer gente nueva –yo.

8.

Decidimos ir a Libertad 8. Andando. Pasamos junto a un local, todavía en Lavapiés, que se llama Nietzsche.
-Anda que no hay que tener huevos para ponerle Nietzsche a un bar –yo.
-¿Entramos?
-Por favor.
Pero cuando abrimos la puerta, la música que suena es “Devórame otra vez”, y encima la gente es muy pija.
-Me da vergüenza entrar así, y con la bolsa –yo.
-¿En serio?
-Sí, soy muy mirado para esas cosas.
-A mí me da igual. Pero no vamos a entrar a esta mierda de sitio.
Seguimos hacia Chueca.
Pasamos por la calle Atocha, luego por Echegaray (queríamos hacer una avituallamiento en un bar llamado “?” pero está cerrado); y llegamos a la Gran Vía.
Hay una manifestación. Son pocas personas, casi todas vestidas de negro y con banderas CNT y por ahí.
-Aquí está lo más jarracu de Madrid –yo.
Detrás de la masa manifestante, seis furgones policiales. Cruzamos la Gran Vía dejando a la izquierda a la CNT y a la derecha a la poli.

9.

Café Libertad 8. Sito en la calle Libertad, 8. Hoy toca una cantautor uruguayo. Héctor y yo hablamos de sexo.

10.
Café Pepe Botella. Sito en la plaza del 2 de mayo. Héctor y yo hablamos de sexo.

11.
No sé dónde. No me acuerdo de qué hablamos.

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21 Noviembre 2006 | 10:07 AM

d.m.

d.m. dijo

cualquier de estos te pesco en la dos de mayo. gracias por el enlace, me aburro tanto que mi cabeza no hace más que hacerme pecar. besillos

21 Noviembre 2006 | 11:53 AM

d.m.

d.m. dijo

cualquier día de estos, quise decir. ¿quién escribe en japonés?

21 Noviembre 2006 | 01:30 PM

hikikomori

hikikomori dijo

Mi hija de dos años.
Que además vende libros porno.
()
Es que quedaba muy guay el comentario y lo rescaté del spam.
()
Por lo demás, d.m., he dejado de ligar a la vista de mis millones de lectores.
Qué pensarían...

21 Noviembre 2006 | 01:59 PM

d.m.

d.m. dijo

estoy de bromita, juan.
saludos a la niña pornográfica

21 Noviembre 2006 | 02:27 PM

G

G dijo

Esta historia de la mano me impresiono mucho.

Your unrelenting fan

22 Noviembre 2006 | 04:57 PM

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