El abrigo de Elena Anaya
1.
Amaso la teoría de que los abrigos son las únicas prendas que están diseñadas también por dentro. Los jerseys y los pantalones, las camisas y camisetas y calcetines, toda la ropa interior de hecho, arrastran la mácula de esa cara B barriobajera, toda costuras y etiquetado, hilos sueltos, instrucciones lavanderas, tallas de una sola letra, tejido áspero y cosas bordadas del revés; una bambalina textil polvorienta, como alcantarillado, o entraña, o esquema de arquitecto; un negativo extenuado del diseño que por fuera, la camisa, el jersey, ofrecen, fresco, a la vista, y que, al llegar a casa, y desembarazarnos de las prendas, dejamos del derecho sobre una silla, momentáneamente protagónico, con ese aspecto de cicatriz sucesiva y desdoblada, muy bien hecha, sí, pero incordiante en su explicitud, ortopédica.
Estoy fascinado con el forro de los abrigos. ¡Qué chulos son! Llevo dos horas buscando un abrigo para mi hermana y sólo aquí, en la tienda de Benetton de la plaza de Callao, me doy cuenta de que en verdad lo que estoy mirando es el forro de los abrigos. Qué lujo, qué epifanía, qué secreto tan bien guardado. Me encanta imaginar al diseñador en la misión de poner todo su talento por dentro, en el envés, como queriendo darse al mundo, pero no tanto, ya que sólo en el desabotonado, en la extracción del abrigo, o en el sutil instante en que la brisa doble el faldón, ese acolchado en hilo de oro, ese estampado multicolor y estridente, verá la luz un instante, será fugazmente famoso, para volver de inmediato al calor de un cuerpo, a la génesis: lo profundo, que como dice Paul Valery, es la piel.
Lo más profundo es la piel, Paul Valery.
Lo más bonito es el forro del abrigo, yo.
2.
Las tiendas de ropa de mujer están muy bien pensadas para los hombres. Me muevo entre clientas y dependientas, miro junto a ellas los jerseys, los pantalones, los abrigos, las bragas, los sujetadores, los complementos. Yo muestro mucha más naturalidad que ellas en el proceso de selección, compra o desechado de las prendas, por el motivo evidente de que yo no me voy a poner eso; y de que yo no tengo que enfrentar mi cuerpo a la talla de la ropa. Yo estoy comprando para amigas y hermanas, y a pesar de que existen, tienen un cuerpo y un sentido de la vergüenza, en el momento en el que les compro algo son una mera abstracción; espíritus; mujeres con las medidas perfectas: ¡todo les queda bien!
Ni siquiera sé sus tallas.
Después de tres tiendas (Zara, Sfera, Benetton) mi sentido de comprador se purifica. Al principio, en Zara, qué vergüenza: mirando faldas, mirando blusitas, mirando precios... El sacrilegio de tocar, el florilegio de acumular, el privilegio de desembolsar. Ahora, después de Benetton, entro en las tiendas con aplomo y, sobre todo, con un desprecio cósmico. Todo me da asco. Qué ordinariez, qué monotonía, qué mal ordenado, qué barato. Todo lo que cuesta menos de 100 euros, ni lo miro.
3. (Espacio reservado para los patrocinadores de este texto)

Jack and Jones.
Sfera.
Zara.
Miss Sixty.
Benetton.
Blanco.
Pepe Jeans.
Lacoste.
Adolfo Domínguez.
Torero.
X-Gang.
Custo Barcelona.
Diesel.
Gas.
Mango.
Desigual.
4.
En la tienda de Gas de la calle Fuencarral he visto un abrigo divino para mi hermana. Casi me he arrodillado al verlo. ¡Qué bonito!
Es de cuero, con al abertura en diagonal. Aprecio su textura, su costura, su apostura. Es perfecto. Sólo espero que no sea barato. Giro la etiqueta: 430 euros.
¡Hostia!
5.
Me paseo por la tienda. Quiero dar tiempo al abrigo para que reflexione. Yo lo tengo claro: lo quiero comprar. Pero él necesita tiempo, pensar si es lo suficientemente bonito, si el precio es el adecuado, si no hay ninguno más chévere que él en todo Gas.
Los abrigos piensan con lentitud, por cierto.
Me he parado a mirar unos jerseys. Levanto la vista y veo pasar a Elena Anaya. Con ella camina una amiga (una mujer de su edad: su padre seguro que no es). Están mirando pantalones a unos cinco metros de distancia.
6.
Vuelvo al perchero de los abrigos. El que me gusta sigue ahí, indevaluable. Su imagen se repite y superpone todo a lo largo del listón del perchero. Ahora que lo voy a coger, me doy cuenta de que desconozco la talla adecuada. Me quedo pensando un ratito.
7.
-Perdona... Perdona –yo.
-¿Sí? –Elena Anaya.
-Oye, esto te va a parecer super-raro... pero... a ver –me encanta que Elena Anaya crea que soy el típico fan loco: soy el típico fan loco, pero un poco más listo-... le estoy comprando un abrigo a mi hermana...
-Elena... –la amiga.
-Espera, espera –sonriente.
-... le estoy comprando una abrigo a mi hermana, sí, y, buf, me he dado cuenta de que no sé su talla, ¿sabes? Vive en Londres, en Brixton, no la puedo llamar y... En fin. Resulta que es como tú, vamos, de alta y de proporciones...
-¿Ah, sí? –Elena Anaya, escéptica.
-Sí. En mi familia fue imposible evitar el incesto.
-Jajajajajaja – ¡Elena Anaya! –En la mía también fue imposible...
-.... – yo.
-Elena... –la amiga le tira ahora de la mano.
-Déjame, coño.
La amiga se aleja. Yo apunto con el índice a Elena Anaya.
-¿Tu talla?
-¿De abrigo?
-Sí, para empezar, de abrigo.
-40.
-40. Vale. Y eso, ¿es igual ya para un jersey?, por ejemplo. Yo es que de ropa sé poco... –miro a Elena Anaya de arriba abajo (lleva un cazadora de pieles blancas, muy Sacher-Masoch)- Te vistes muy bien, tú.
-Gracias.
-Oye: ¿te importa ponerte el abrigo?, así me quedo más tranquilo.
-No, hombre, venga, interpretaré a tu hermana.
8.
-Perdona, ¿cómo te llamas?
Elena Anaya acaba de pasar un brazo por una de las mangas del abrigo.
-Elena.
-Yo soy Nicolás. Soy escritor, ¿sabes?
-Yo soy actriz.
Esto ha sonado un poco a “la carta más alta”, pero se lo perdono.
-¿Actriz? Jo, de teatro y eso...
-De cine, sobre todo –Elena Anaya tiene ya el abrigo sobre sus hombros esféricos.
-Ah –esto muy San Pablo-, ¡claro! Eres... claro, claro... ¿Elena... Anaya, no?
-Sí, ¿no me habías reconocido?
-N... eh... bueno, no sé.
-No me habías reconocido.
-Pues, no, la verdad. ¿Te molesta?
-...
-Jo, yo soy Nicolás Casariego y no me quejo de que no me reconozcas.
-No sé quién eres.
-De los Casariego de toda la vida. Mi padre diseñó el edificio Windsord. El que se quemó para que todos supieran que mi padre lo había diseñado.
-Ah.¿Cómo me queda el abrigo?
La miro.
-Joder: te queda de puta madre. ¿Sabes?, en la tele de mi casa tengo aún sin descongelar la escena de “Lucía y el sexo” en la que, en ropa interior, juegas con un consolador sobre un sofá mientras miras una película porno.
9. (Nota del autor)
Pido perdón de Elena Anaya y Nicolás Casariego por presentarlos.
10.
-Es un regalo muy cool para tu hermana –empieza a quitarse el abrigo.
-¿Tú crees? –sostengo con la mano derecha la cazadora de pieles blancas de la actriz-. Me gusta más esto. ¿Dónde lo compraste?
Se ríe.
-¡Qué pregunta tan idiota!
No me ofendo. Lo ha dicho en un tono de “te ahorro informaciones innecesarias”.
-Bueno –yo, falto de inspiración-, ¿vives por aquí?
-¿Dónde está Marta?... Toma tu abrigo... Esta también es...
-Marta –asumo con diligencia-. Vamos a buscar a Marta.
-A ver... Nicolás era, ¿no? Que me voy. Saluda a tu hermana de mi parte.
-¿No quieres que te ayude a buscar a Marta?
-No, claro. Ya vale, guapo.
-Jo.
11.
Al final no he comprado el abrigo. Sigo en la tienda Gas de la calle Fuencarral espiando a Elena Anaya y a su amiga Marta. De vez en cuando Elena Anaya se da la vuelta y entonces me oculto detrás de una chica muy gorda que lleva en la mano un vaso de Starbucks. Elena Anaya recibe una llamada al móvil.
12.
Se van. He visto cómo Elena Anaya hablaba por el móvil y luego colgaba e indicaba a su amiga Marta que las compras habían terminado. Tiene una cosa muy potente esta actriz cuando da un asunto por concluido. Ya no las veo. Lo único que me queda de mi encuentro con Elena Anaya (bajo la identidad del escritor Nicolás Casariego) es el abrigo de talla cuarenta que hay en el perchero de la entrada. Ay.
13.
Mensaje exclusivo para la actriz y cliente de Gas Elena Anaya:
Elena, amor, al final no he comprado a mi hermana el abrigo que te probaste. Me daba vergüenza decirle a mi hermana que está más gorda que tú. Realmente mi hermana no cabe en el abrigo que te probaste, amor. Si tú tienes la talla 40 ella debe de tener la talla 60 por lo menos. No sé. Si fueras mi hermana, Elena Anaya, yo no me apellidaría como me apellido, ni me apellidaría Casariego, como quizá convenientemente has olvidado enseguida: muy mal. Me gustaría comprar el abrigo que te probaste para dárselo a una amiga y decirle: este abrigo se lo probó para ti Elena Anaya, actriz de cine y de Palencia. Pero mis amigas, para qué engañarnos, no van a ver con buenos ojos que les unte el ego de Elena Anaya. Así que ahí se ha quedado tu abrigo, amor, actriz, un poco amor, en el perchero. Nadie sabrá nunca que tú estuviste dentro, y que hablabas conmigo desde ese interior. Nadie, mirando el abrigo, notará que nos puso en contacto y nos anecdotó para tu biografía futura. Que sepas, Elena Anaya, que en el forro del abrigo ha quedado atesorado el temblor de tu cuerpo, la prisa que tenías por archivarme y esa medialuna de piel que asomaba por tu costado derecho; que sepas, amor, que lo más profundo es la anécdota.
el compi de laion dijo
¿Es el gran Paco Umbral el que ha escrito el mensaje exclusivo para la actriz y cliente de Gas Elena Anaya?
11 Diciembre 2006 | 12:50 PM