1.

El Círculo de Bellas Artes de Madrid es un laberinto de mármoles pretenciosos y techos demasiado altos. Hay una señora pidiendo euros desde detrás de un mostrador. Hay una cafetería al fondo, arriba de unas escaleras, con camareras de mandilón negro y labios verdes. Hay señoronas con visones y hombres que les sujetan la sombra mientras miran los cuadros, expuestos. Hay estatuas retorcidas, Rodin o algo, y chicas con faldas amarillas y pelotones de folletos en estantes insulsos, y espacio, mucho espacio para que el aire que respiras te sepa noble, esponjoso, como zurcido de vanidad.
En la segunda planta del Círculo de Bellas Artes hay un cartel rojo; dice: Premios Arte Joven de la Comunidad de Madrid. El cartel está solo, apenas escoltado por dos chicas vestidas de azul con un pañuelo rojo al cuello. El cartel mira para un salón enorme, de techos indudablemente demasiado altos, de suelo resbaloso y sin muebles, como una planicie sequísima y agreste; y sombría.
Yo estoy diciendo mi nombre para que sepan que vine. Pero mi nombre de momento no me hace cruzar puertas ni alzar trofeos; mi nombre, de momento, vale poquito por aquí.
Una mujer entra en el salón. Entonces ya somos el cartel, las dos guardesas de cuello sangrante en tejido, la señora que acaba de entrar y yo, con mi nombre colgándome de la mano. La señora, ya mayor, sonríe y aprieta con fuerza su teléfono móvil. Sus ojos enfrentan el vacío del salón: dan con el cartel, dan con las azafatas, dan conmigo, y se me aproximan.
-Perdona –dice en argentino-, ¿es aquí lo de los premios?
-Sí. Creo. No estoy muy seguro. No está la organizadora.
-Ah. Qué bien –la señora mira la pantalla de su móvil-. Qué bien.
No entiendo qué se supone que está bien: la organización, mi inseguridad o mi “Sí”.
-¿Usted... tú eres la madre de algún concursante?
-Mi hijo. Le han llamado muchas veces porque se presentó con un poemario. Ha ganado muchos premios. Ahora vendrá: está tan emocionado...
-Ya.
-¿Tú que hacés acá?
Me aclaro la garganta. Da pudor, jo.
-Yo he ganado el premio de novela.
-¡Vaya! ¿O sea que ganaste? –mirada al móvil-. ¿Ya sabés que ganaste?
-Sí. No sé. La verdad es que ni siquiera tengo invitaciones. Y no me han llamado más que una vez...
-A mi hijo no paran de llamarle.
-Por eso: no sé.
Ha ido llegando más gente. Son jóvenes (según las bases del concurso) y guapos, con barba, con coletas, con escarapelas en la solapa de sus chaquetas y, pegada a la escarapela, una piruleta en forma de corazón. Alguno.

2.

De las puertas del teatro aledaño a la sala, empiezan a salir personas vestidas de negro. También sale un hombre bajito, de pelo cano, corbata estricta. Lleva un portafolios y un papel mecanografiado. Se planta a metro y medio del cartel que nos bautiza, y dice:
-¿Alguno de vosotros es de los ganadores?
Varios lo somos, y damos un paso al frente (yo doy medio paso al frente) para localizarnos en el papel.
Ganador de Cómic, fulanito.
Ganador de Documental, fulanito.
Ganador de Producción, fulanito.
Ganador de Novela...
-Yo... yo –no digo mi nombre, sino que pongo el dedo sobre mi nombre en el papel. – Sí, ése.
Me aparto un poco del señor, le rodeo, por encima de su nombre repaso la lista de premiados. El que se alzó con el trofeo poético se llama Luis.
Me acerco a la madre argentina.
-Perdón, señora –digo-, ¿su hijo cómo se llama?
-Miguel. Mi hijo, Miguel.
-El que ganó la poesía: se llama Luis.

3.

El teatro se ha llenado de gente que viene a perder. La estrategia de la Comunidad de Madrid es la siguiente: damos doce premios y sesenta puñaladas. A los premiados les llamamos una vez para que vengan: si no vienen, es cosa suya. A los apuñalados les llamamos cinco veces para que vengan seguro, con su ilusión repartida entre el padre, la madre, la novia y ese amigo que no creía en su talento. Entonces en el teatro hay unas doscientas personas emocionadas, nerviosas: los perdedores. Y hay doce egos balsámicos, de respiración acompasada.
Un teatro de perdedores es el público perfecto. No se puede llenar un teatro con gente que gana. La gente que gana se aburre mucho de ver ganar a los demás; de ver ganar a todos. El aburrimiento es lo último que ha de verse en un teatro. Es más divertido que cuando gane uno, pierdan treinta. La derrota, el escozor, una lágrima recién salada, gustan. Cuando te putean, gana el arte.
Sobre el escenario hay un presentador de televisión y tres actores. Van dando los premios. Monologan o así y van dando los premios. Sale el ganador, alza el trofeo, dice gracias como si realmente tuviera que agradecerle a alguien la arbitrariedad de la victoria, y regresa a su sitio con dos kilos de trofeo horrendo. Enseguida, tras cada enunciado de gloria, dos o tres o cuatro, a veces has diez personas abandonan la sala. No van al baño; tampoco van a volver.
Dar premios uno tras otro es un coñazo. Así que el premio de novela lo van a dar de modo distinto. El (ejem) ganador ha de encaminarse sigilosamente al backstage para esperar su momento. En lugar de cantar su victoria de modo mecánico, se improvisará una escena con él, sólo tiene que “seguirles el juego a los actores”.
-No te preocupes –me dijo un señor hace media hora-, no se van a reír de ti ni nada.
-Me preocupa –dije yo-, me preocupa horriblemente: de hecho.
Entonces estoy yendo al backstage para “seguirles el juego a los actores”. El backstage está lleno de trofeos idénticos con un sobre que dice novela, producción, video musical, etcétera. Luego hay un caminito pintado en blanco que lleva al escenario. Tiene flechas, pintadas también, en ambas direcciones. El señor me dijo: “No te salgas del caminito”. Yo no me salgo.
El caminito da a una cortina negra. Del otro lado veo a dos de los actores, que dicen cosas; y a un público impreciso de cabezas inmóviles. Junto a mí está el tercer actor, mirando el guión, que está maravillosamente impreso. Trato de localizar “el juego que tengo que seguir”.
-Cuando te llame, sales –me dice el tercer actor-. Vamos a hacer como que te entregamos el premio, como si fuera un ensayo, ¿okey?
-...
-Pero ésa es la entrega del premio: el ensayo de que te lo entregamos.
-Jo, qué original –yo.
-Estate atento.
El tercer actor salta al escenario. Habla con sus compañeros. El presentador de televisión interviene: está leyendo. Está leyendo un fragmento de mi novela. “Tokio no tiene rostro”, concluye.
-... –yo.
El tercer actor introduce su mano por la cortina. Toma la mía y salgo. Enseguida me suelta y yo meto las manos en los bolsillos. Les miro mientras hacen su sketch. Me sientan en una silla. “Vamos a ensayar la entrega”, dicen.
Yo he cruzado las piernas y les miro. Estoy viendo el trofeo que me van a dar, que pasa de mano en mano hasta que deciden dármelo. Me levanto. Lo cojo. Pesa. Todos los trofeos pesan mucho: no por el material del que están hechos, ni por la flojera física del que lo recoge: los trofeos pesan porque son la culpa.

4.

-Enhorabuena.
Se sirven bebidas y canapés. Hay trofeos por todas partes. He oído la palabra enhorabuena tantas veces que me está empezando a gustar.
-Gracias, amor.
Estoy básicamente alcoholizado. Dos copas de vino son bastante para conseguirlo. Me doy cuenta de que estoy incurriendo en sucesivas gilipolleces verbales, pero me veo incapaz de detener la metralleta de mi propia estupidez.
-Si James Joyce vendía sus poemas por las calles de Dublín, no sé qué hay de malo en escribir un blog...
Hay muchas chicas que me gustan un poco por aquí. Trato de impresionarlas poniendo el trofeo del revés.
-Tengo tantos...
Luego un chico que ha leído mi novela (el editor) me dice:
-Qué suerte tienes de publicar un libro que no es más que tu ego desparramado.
-¿A que sí?