1.

Inma espera en un chaflán de Gregorio Marañón, justo enfrente de la boca del Metro. Son las tres, acabo de salir del trabajo y me muero de sueño. Quería irme a casa a leer y dormir, poner una peli, darle al play a un cedé y quitar el polvo de mis mesas; pero Inma me escribió un sms invitándose a comer y me privó de mis placeres.
Nos damos dos besos.
-Hola, Inma.
-Hola.
El semáforo acaba de ponerse en verde. Cruzamos José Abascal. Inma paseó un rato antes de la cita. Tomó un café en la Taberna del Clan y quiere volver. Según ella, la tortilla tenía muy buena pinta.
-Invitas, tú, A.
-Bueno.
La Taberna del Clan está en un bajo y tiene pocas mesas. La chica de la barra enseña el ombligo y alguien está poniendo un luminoso de Heineken encima de una puerta.
-Dos, para comer –yo.
-Por aquí- la chica que enseña el ombligo.
Nos sentamos a una mesa. Hay poca gente. A mi espalda queda una televisión de pantalla plana en la que emiten vídeos de los 40 principales. Viene un camarero y nos cuenta qué hay. Pedimos ensalada de burrata y croquetas, dos cervezas, ya veremos luego si algo más.
Mientras vienen con la comida, Inma me cuenta la que se ha montado en su casa por un error mío.
-Lo leyó Eduardo.
-Ah.
-Se enfadó. Bueno, no se enfadó mucho, pero sí un poco.
-No sabía que los mensajes podían llegar al teléfono fijo.
-Pues sí.
-Pero, ¿qué te decía?
-Que me invitabas a cenar.
-Bueno. Era un modo de compensarte por todo el tiempo que llevamos sin vernos. No quería decir exactamente que te invitara a cenar. Sólo que... nos viéramos.
-Eduardo dijo que qué me parecería a mí si él se fuera a cenar con otra chica.
-...
-Yo le dije que me daría igual.
-Bueno, no es lo mismo irse a cenar con una zorra que con una amiga de hace más de diez años. Como es nuestro caso.
-Está celoso.
-Dejemos el tema.
-Vale.

2.

La ensalada de burrata es como queso mozarella asendereado por una salsa de color marrón, con tomates grandes cortados muy planitos y una cosa verde en una esquina. Está buena.
-Tengo la piel fatal, ¿sabes?
-Oh.
-Es por las hormonas. Tengo demasiadas hormonas masculinas. Para compensarlo, ¿sabes lo que me han recetado?
-Ni idea.
-Anticonceptivos.
-...
-Las hormonas... ¿te importa que hable de esto?
Llevo un minuto pinchando burrata con indolencia.
-Un poco. Me da aprensión que me hablen de cosas orgánicas mientras como; y de cáncer.
-Es que te quería seguir hablando de ello.
-Jo.
-Una amiga se ha ligado las trompas: eso te quería contar.
-Viniste desde casa pensando: le voy a contar a A. lo de mi amiga que se ligó las trompas, ¿no?
-Hombre, no. Pero me apetece.
-Bien, tu amiga se ligó las trompas. ¿Eso es la vasectomía?
-Jajajaja. ¡La vasectomía se la hacen los tíos!
-¡Yo qué sé!
-Bueno, todo el mundo está muy sorprendido porque Laura se haya ligado las trompas de Falopio. Tiene nuestra edad, apenas, y ve clarísimo que no quiere tener hijos. Ni ella ni su novio.
-¿Y por qué lo ha hecho?
-Por comodidad: no tienes que utilizar preservativos ni tomar píldoras.
-¿Y por eso te operas? Es como si yo me arranco las uñas para no tener que cortármelas. No lo entiendo. ¿Cuánto cuesta eso?
-800 euros.
-Jo-der.
-Si tienes más de 35 años y dos hijos, te lo hacen gratis en la Seguridad Social.
-No lo entiendo: ¿tanto molesta un preservativo, una pastillita? Sólo faltaría que te hicieras la ligadura de trompas para tener 10 coitos al año.
-Todos piensan como tú.
-O sea.
-Que Laura es una... ninfómana. Vamos, que lo que quiere es acostarse con mucha gente muchas veces. Y no: tiene novio y viven juntos en su casa hipotecada. Pero lo que pasa ahora es que le han empezado a salir granos en la cara, porque ya no toma la píldora, ¿sabes?, entonces ¡está mucho más fea!
-...

3.

-Le tengo que comprar a mi madre “La guerra de las Galias”.
-¿De Julio César?
-Sí.
-Ya lee tu madre.
-Más que yo. Ahora empecé a leer la Biblia. Pero no leo nada.
-Ni yo, desde que trabajo.
-La Biblia es genial.
-Nunca la he leído, pero lo doy por hecho.
-Esas historias... está todo en la Biblia.
-Yo estoy leyendo “Esferas”, de Sloterdijk.
-¿...?
-Es un filósofo actual, necesariamente alemán. Tiene esta obra, “Esferas”, que son tres tomos de unas ochocientas páginas cada uno. Voy por el segundo. No entiendo nada. Quiero decir: te leo un párrafo ahora mismo ¡y no entiendes nada!, ni las putas comas. Pero me encanta.
-¿Cómo?
-No sé. Es como ver la televisión, que te pongan lo que te pongan te da igual y estás tan a gusto.
-No veo la televisión.
-Yo tampoco. El caso: me encanta “Esferas” porque trae unas ilustraciones maravillosas, llenas, claro es, de esferas. Cuadros, gráficos, videoarte, mosaicos... un rastreo iconográfico de la cultura universal, buscando jodidas esferas para defender su absurda teoría.
-¿Cómo es su teoría?
-Que todo viene del útero: que sumamos esferas exponencialmente, que nuestra relación con todo lo que existe se realiza dentro de algún tipo de sistema esférico. Un rollo. Pero es genial cuando cita autores, historias míticas, fábulas, como en la Biblia. Hay una cita, no sé de quién, que se me ha quedado: “Cuando piensas en el pasado, miras a la tierra; cuando piensas en el futuro, miras al cielo”. Y otra, de un libro egipcio (1): “No cantes la alabanza del triunfador delante del que se ha quedado sin fama”. Aprendo mucho. ¿Sabes quién es Momo?
-Ni idea.
-No recuerdo a qué mitología pertenece. El caso es que Momo es “el Dios que encuentra los defectos en los demás”. ¿No es genial, realmente? Un Dios que busca defectos... En fin. Pues este Dios se acercó al Dios (o algo) que había creado al ser humano y vio que estaba muy satisfecho con su creación. El hombre era sin duda una criatura perfecta, pensante, impecable.
-Ya.
-Entonces va Momo y le dice a este otro Dios: El ser humano que has creado tiene un defecto; ¿cuál?; que no le has puesto una ventana en la cabeza para saber lo que está pensando.

4.

-Ahora estoy leyendo “Historia de la sexualidad”, de Michel Foucault.
-¿No decías que no tenías tiempo para leer?
-Me refiero a un libro al día –saco el libro y lo pongo sobre la mesa.
-Qué finito.
-Sí, también son tres tomos. ¿Te acuerdas que te conté lo de Schopenhauer y la infidelidad?
-Sí, que la infidelidad de la mujer es menos perdonable que la del hombre.
-Esa idea: eres la única de mis amigas que, de hecho, está de acuerdo.
-¿Sí?
-Todas las demás se llevaban las manos a la cabeza, como es lógico. Cabrón de Schopenhauer...
-Cómo te lo pasas.
-Yo es que soy muy de Schopenhauer. Me encanta que da respuestas sencillas. Como: ¿por qué nos gusta una tía buena, con grandes tetas y todo eso? Porque buscamos, inconscientemente, una madre nutricia para nuestros hijos; igual que a una tía le gusta un cachas porque busca un padre protector: esas cosas. Schopenhauer interpreta todo desde la perspectiva naturista: sólo importa que perdure la especie. No hay amor, claro; sólo el sexo, que es una fuerza instintiva bastante retorcida.
-Me he perdido.
-Yo también –miro el libro de Foucault-. Ah, es que, según mi punto de vista, Michel es lo contrario de Schopenhauer: una interpretación civilizada del sexo. Está bien, aunque aún no leí nada brillante. En todo caso, como opositor de Schopenhauer, Foucault consiguió ser el filósofo genital de moda entre homosexuales, feministas y depravados en general.
-A ti te va a encantar.
-I hope.

5.

He apoyado la espalda en la pared y he puesto mi antebrazo derecho sobre el respaldo de la silla. Miro a Inma y, de vez en cuando, atiendo a los vídeos que pasan por la televisión.
-Sí, sí –le digo a Inma, que sigue hablándome de depilación permanente mientras yo veo a un tipo con piercings cantar su canción pop-rock barriobajera.
-Es aquí al lado.
-¿Has visto, este tipo? –señalo la pantalla.
-Sí.
-¿Te das cuenta...? Parezco un monologuista de mierda... pero ¿te das cuenta de que la música española la hace gentuza?
-Jajajajaja.
-En serio: todos, pero ¡todos! los putos cantantes visten como macarras de mierda. No hay elegancia en el pop español. Un poco de clase. Todos con rastas, sucios, sin afeitar, con ropa asquerosa... Estopa, por ejemplo, molan, me caen bien; pero luego está Melendi, y no sé cuántos más, todos cantando como jinchos, rollo callejero, ¡me dan asco, joder!
-Jorge Drexler viste muy elegante.
-Ahí está: ves a Jorge Drexler, con sus trajes, y dices: jo, un respeto. Yo creo mucho en la ropa, en la obligatoriedad de vestirse de determinada manera. ¿Has visto a los dueños de Google, Sergei y no sé quién?
-Ni idea.
-Bueno, pues son los típicos millonarios de nuestra edad, tú me dirás: ¡Google!, la hostia, ¿no? Pues los ves en las fotos y siempre salen en camiseta, ¿sabes? Eso me inquieta.
-Estás...
-No. Es inquietante: visten como yo, pero son... Google. A ver, ¿cómo viste un banquero? Los ves y sabes que no están de tu lado, joder, no están de tu lado. Es como los partidos de fútbol: unos de azul y otros de rojo, para distinguirse. Lo más profundo no es la piel, lo más profundo es la ropa.
-...
-Da igual. A mí me encantaría ir de traje todos los días, pero no pienso en traje, yo pienso en camiseta. Me acuerdo de que en la universidad tenía un profesor que iba a clase en camiseta, y se sentaba sobre la mesa para dictar la lección. Me ponía enfermo. ¡Ponte una chaqueta, hijo de puta, que eres el profesor! Si quieres ser profesor, viste como tal: no quieras estar en los dos lados al mismo tiempo, no nos engañes, hi-jo-de-pu-ta, que tú eres el que nos va a suspender, joder... ¿Tú has visto las fotos de Pinochet (y con esto lo dejo)? En serio: ¿tú has visto las fotos de Pinochet? No hay ventanas en el cráneo, como apuntó Momo, ¡no las hay!, no puedes saber lo que piensa nadie de ti, lo que lleva uno dentro, ¿no?; entonces, ¿tú has visto las fotos de Pinochet? Sí, ¿verdad? Y ¿a que no hay ni una sola foto de Pinochet, ni una sola, en la que, por su modo de vestir, no sepas que estás ante un auténtico hijo de la gran puta?

--

1.”Doctrina de Amenemope para su hijo Kar-nakht”