El bar tiene nombre de río y la tele no la ponen. O sí, sí la ponen pero sin volumen: no se oye nada y una tele que no se oye es como esos peces que te besan desde detrás del acuario: sosita.
Debajo de la tele es donde me pongo habitualmente. Veo el bar. Es castizo. Tiene un jamón. Tiene una cafetera y tazas blancas sobre la cafetera. Al fondo, baños, mesas, una tragaperras; corrientes de aire que traen parroquianos y se llevan digestiones; un reloj tiene que haber pero yo no lo he visto; el dueño, a veces, que grita.
Camareros.
Cuando yo voy, a las once en punto de la mañana, todas las mañanas, de lunes a viernes, así llueva o pasen coches muy rojos por la calle, cuando yo voy, digo, vengo diciendo, siempre hay tres. Camareros. Dos son y el otro os lo describo: una joven de raza no tan negra, de azabache aguado, mulata sin sombras, el pelo recogido, el labio a borbotones, en la oreja derecha dos pendientes, uno en el lóbulo y el otro en el cartílago, muy guapa.
La camarera mulata llama mi atención. Viste blusa blanca y chaleto negro; y pantalón negro. Habla poco, sonríe cuando se acuerda, está como enfadada y defendiéndose. Lo entiendo: llama mi atención, y la del que acaba de entrar, y la del que se va cogiendo el cambio que no le corresponde (estaba en otro platito, señor), y la del que lee este texto. Es feraz, la camarera, intimida como una madre con más hijos de la cuenta: todo el barrio es hijo suyo, le pide cafés y bollería, y ella les sirve los cafés y la bollería y nada más: está prohibido el incesto en un bar.
Ser cliente habitual tiene dos cosas: una, que eres buen cliente; otra, que te saben. Cuando te saben hay dos posibilidades: que te sepan y te hablen, o que te sepan y te ignoren. En este bar me ignoran y por eso voy tanto. No me dirigen la palabra. Me conocen. Entro y ya están poniéndome el café. Si preguntaran: “¿Lo de siempre?”, no volvería más. ¿Qué es lo de siempre? ¿Dónde ha visto usted por aquí un siempre? No quiero incorporarme al guión del bar, a sus diálogos y a sus escenas; no quiero saber los nombres de los camareros. La gente que se sabe el nombre del camarero y le llama por su nombre y le pregunta qué tal están tus hijos, esa gente, bueno, no sé, no me gusta. Cada vez que entro en el bar, es como la primera, y si no vuelvo será sin despedidas, y no generaré microgramos de tristeza.
Entonces: se avanza. Aún metido en mi propio día de la marmota, repetitiva desayunación mecánica, se avanza; pero no en la línea recta de sé que tienes dos hijos y que te llamas Luis, sino en la línea esférica del conozco tu carácter y merodeo tus alrededores. Por ejemplo.
La camarera mulata coloca las tazas limpias, boca abajo, unas encajadas en otras, sobre la cafetera. Se pone de puntillas para ello. Entonces veo su culo. Es algo que hace que me siga llamando la atención; si me dice su nombre (Rosa, María, Laurita) neutralizaría mi interés, se vuelvería toda ella una filiación.
Otro día. El bar no está muy lleno, acaso yo y cuatro más. Entra un obrero venido quizá de Rumanía. Lleva una bolsa de plástico en la mano. La pone sobre la barra. Le pregunta al camarero jefe: “¿Cuánto me cobras por calentar esto?” El camarero jefe, lo tengo fichado, no tanto como a, pero un poco sí (dice:) “Por esto... 500 euros.” El camarero jefe es un cachondo mental. Sonríe. El rumano (resulta increíble porque lo estoy escribiendo; es lo que tiene escribir la verdad, que se sostiene con dificultades) (dice:) “No sé cuánto son 500 euros.” Y el camarero jefe mira para los lados como esperando que un jurado televisivo designe al ganador de este torneo de tomaduras de pelo.
Ahora, el camarero jefe extrae de la bolsa de plástico siete hamburguesas, con su cajita de cartón y todo (Burger King). “¿Te las saco?”, pregunta. “No. ¿Cuánto me vas a cobrar?” El camarero sonríe y pone las hamburguesas, con cajita, en un plato, y el plato dentro del microondas: ya giran las hamburguesas, recalentándose.
Mientras giran, el camarero jefe pregunta al aire: “No sé cuánto debería cobrarte... Ummm... Son muchas... Veremos a ver.” El rumano está inquieto, con la billetera apretada en una mano y la bolsa de plástico, vacía, estrujada con la otra.
¡Chin!
El microondas ya le hizo el trabajo sucio a Mcdonnalds (¿no era Burger King?/ ¿era?, ¡yo qué sé!) y pone el plato de recalentados bocatas yanquis sobre la barra. Mira a la camarera mulata y luego al rumano. “Espera, que le voy a preguntar a la jefa.” El rumano mira a la camarera; el jefe le pregunta: “¿Cuánto le cobramos por calentar unas hamburguesas?” La camarera mulata está a lo suyo, limpiando cosas, y ni levanta la vista. Dice: “Un euro por cada una.”
Qué hija de puta, pienso.
El camarero jefe sonríe. El rumano ya está hurgando billetes. “Por ser la primera vez”, concluye el camarero jefe, “déjalo. La próxima ya veremos.” El rumano toma las hamburguesas, las mete en la bolsa, y se van cuajado de agradecimiento. Es entonces cuando el camarero jefe se parte de risa, mostrando unos dientes realmente blancos, y la camarera mulata lo mira con lo que, ay, parece hasta amor.
Amor.
Entonces: la chica me acaba de traer el café, sin pedírselo. Ha ido a por la leche caliente y me ha vacíado la jarra de aluminio entera sobre la taza. Estoy agitando el sobre de azúcar para que al rasgarlo no se desperdicien los granitos cimeros: esas cosas. La camarera mulata vuelve con una nueva jarra, llena de leche humeante. Me pone otro poquito, hasta alcanzar la medida legítima. “Se te quedó un poco corto”, me dice.
Tan tierno.