Los autobuses siempre tardan. Estoy sentado en el banco de la marquesina, leyendo El maestro y Margarita. La marquesina tiene el cristal publicitario roto. Las resquebrajaduras forman una telaraña que da gusto mirar, al punto de que, después de unos quince minutos de observación, cree uno que ha hecho la rotura en el cristal con la propia cabeza.
¿La he hecho? Me toco la frente y miro si sangra. ¿La he hecho?
Enfrente de mí (digo que leo pero, en realidad, nunca) hay una tienda de chinos. Sobre los chinos, piso segundo, viven unos gitanos. Los gitanos de mi barrio, si vamos por lo etnográfico, son un caso. Ellas, gordísimas, siempre están asomadas a la ventana: con la excusa de un grito, aligeran un poco el hogar, que debe de estar muy apretado de carnes y oro. Gritan nombres de niños. Lo sé porque ninguna mujer con sentido común llama nunca a su marido desde una ventana. Las gitanas, otra cosa no, pero sentido común tienen bastante. Ahora me acuerdo de que en el Kamasutra, capítulo referido a mujeres especialmente disponibles, se habla de aquellas que “pasan mucho tiempo a la puerta de su casa”. Sabiduría.
Gritan las gitanas a su hijos, que son bichos callejeros, desharrapados, insolentes. Una joya. Los niños siempre están en la tienda del chino, dizque comprando chicles de fresa. Salen masticando los chiches, con envoltorio y todo, y luego suben las escaleras haciendo explotar pompas de goma en el proscenio de los labios: qué querrá la mama.
Espero al 6. Es un autobús con el número 6 en la parte de arriba del parabrisas. Los autobuses son seres obvios, muy aburridos, con su rutina de callejeo perimetral, su tardanza, su conductor y sus contradicciones. La contradicción que quiero referir, ahora que tanto tarda mi bus, es singular. Me encontraba yo dentro de un autobús, verde por más señas, y vi que, sobre la puerta medianera del vehículo, había escrito, con esa caligrafía catedralicia de lo funcional, el siguiente aviso: “Sólo Salida”. Yo, que repito que estaba dentro, había entrado en el autobús por la puerta vecina del conductor. Puerta por la que todo pasajero había hecho su entrada. Según el autobús hacía su ruta, y sus paradas, los pasajeros lo iban desocupando por la puerta central, abertura exclusivamente de salida. “Sólo salida”, el letrero, con tilde y todo (me alegro) era impecable, porque de hecho, nadie entraba por esa puerta y todos salíamos por esa puerta. Lo que llegó a preocuparme, a desglosarme de hecho, fue la utilidad de decirles a los de dentro que una puerta sólo sirve para salir, dado que, los de dentro, ya dentro, nunca podrían entrar, ni tampoco, en un acto de civismo impropio de nuestros tiempos, decirles a los de fuera que no entraran por esa puerta cuyo letrero de “Sólo salida” era exclusivamente visible para los que ya estábamos dentro. Con “Salida” nos hubiera bastado. Lo que quiero decir con todo esto es que lo que no puede leerse, tampoco debe escribirse.
Qué bien: el 6.
Los conductores de autobús nunca tienen prisa. Debe de ser genial eso de conducir sabiendo que los estresados son los otros. El conductor de autobús no va a ningún sitio, no tienen citas ni nadie con quien follar. Sólo da vueltas. El destino de su ruta no existe. Mientras que el del Mercedes y el de Seat y el de la moto van a Moncloa, van a Orense, van a casa de los padres, el conductor de autobús siempre está volviendo al origen. Es una lástima que los conductores de autobús, por principio, no salgan filósofos. Honestamente les veo mucho potencial.
A mí, que me gusta mucho el metro, y el tren, me aburre completamente el autobús. Todo el mundo mira por la ventana. ¡Así no hay quien ligue! La gente le pone toda su voluntad a no mirarse a los ojos. Observan los escaparates, a los peatones, a las conductoras en minifalda que siempre se dejan ver la cara B de los muslos; las bicicletas, el cambio de color de los semáforos y, cuando se quieren dar cuenta, llegó su parada y adiós. No se han enterado de nada. En el vagón de Metro, hay más historia. Un día, avería; otro, manoseo; otro, apretones; otro, qué pasa que va el metro vacío. Todo el mundo, si se me permite lo estebanezcalderoniano, cuando regresa a casa después de un largo-día-de-trabajo, no deja de referirle a su cónyuge lo que le ha pasado hoy en el Metro; mientras que la gente que viaja en autobús, sinceramente, no tiene nada que contar.
Yo mismo no tengo nada que contar sobre el 6. Es un espacio, ese del autobús número 6 de la EMT, que no me ha dado ni una historia, ni un personaje, ni una anécdota. Viajo en él como dentro de un motorizado lavado de cerebro. Si el autobús estuviera lleno de seres queridos, amigos, familia, mi loro, no los reconocería. Si el autobús estuviera lleno de clones míos, réplicas exactas de mí mismo, no me reconocería a mí mismo así me cediera amablemente el asiento. Lo único con personalidad de un autobús es el letrero que dice “Romper sólo en caso de emergencia”. Por lo dramático.
De ahí, deduzco y firmo, que bajarse del autobús mole tanto. Cuando abandono el metro, lo reconozco, me da penita: toda esa gente que sigue trayecto sin mí, ese corporativismo subterráneo del que me hago ajeno, penita. Pero cuando pongo el pie sobre la plaza Benavente, y respiro aire no reglado, y miro esa cruz espantosa que me da ganas de vomitar, me siento bien, me siento conectado, viral, predispuesto a que algo pase y a que te cruces en mi camino, a localizarte mientras compras castañas o hablas por el móvil dando vueltas sobre ti mismo, absurdamente risueño, porque he dejado atrás la movilidad de la muerte, el centrifugado de ciudadanía y paradas miserables, y dando pasos concibo que es posible, a veces, coincidirnos.