A lo largo de los balcones hay una pancarta que pide pisos baratos. La pancarta tiene las letras muy grandes y como trazadas a mala hostia. Según subo los escalones del metro, el cartel se va imponiendo ante mis ojos. Luego bajo la vista y miro las flores.
Hay muchas flores ahora en la plaza Tirso de Molina. También hay bastantes fuentes, modernitas, apenas una geometría de surtidores que mana del suelo. La estatua del dramaturgo se ubica ahora al sesgo, justo en dirección a la pancarta, y por debajo del enorme pedestal de su inmortalidad corre una lámida de agua de poco espesor, de poca enjundia, urinaria.
He quedado en Lavapiés, enfrente del bar Amargord. Tengo tiempo y camino hacia la Plaza de Santa Ana. Paso por la de Benavente, que tiene un librería religiosa que no para de vender misales. ¡Se están forrando! Sigo por la calle aledaña, llena de peatones vespertinos, turistas full time y caras que no recuerdo.
Enfrente de una papelería nueva, muy bien surtida, me lo encuentro. Es un hombre de raza negra, barbudo, con turbante rojo. Tiene las manos enormes y una mochila a la espalda: me señala y empieza a hablarme.
-….avenida Copenhague….. –dice.
-Ummmmmmm –yo.
-…..avenida Copenhague…. Avenida Copenhague….
-Ufff –yo.
Estoy mirando hacia todas partes (el cielo, las paredes, las esquinas: ¡como si fuera tan fácil encontrar una calle!)
El hombre me suelta un discurso y entiendo que me habla en francés.
-Do you speak english, sir?
-Oh, yes, I speak French and English, but I can not speak Spanish…
Ya habla más idiomas que mi jefe, pienso.
Seguimos hablando en inglés.
-Perdona; entonces, ¿qué estás buscando?
-La avenida Copenhague. Me han dicho que allí pueden ayudarme. Vengo de Tanzania y no conozco a nadie. Quiero ir a Huelva y allí me han dicho que dan billetes a un euro.
-¿Seguro? En todo caso, lo mejor sería que preguntaras a un policía –no dejo de escucharme: me está encantando hablar en inglés-, ellos suelen tener un callejero, ¿sabes?, con todas las calles. Yo no tengo ni idea de dónde queda la avenida Copenhague.
-¡Estoy exhausto! Llevo horas buscando esa calle… No tengo dinero y no conozco a nadie en la ciudad…
-Ya veo, ya –jo: ¡entiendo todo lo que me dice en inglés! Me lo estoy pasando de miedo -. A ver. –me vuelvo: hay un carrito del servicio municipal de limpieza a mi espalda. Enseguida llega el barrendero -. Perdone, ¿sabe dónde está la avenida Copenhague?
-Ni idea, pero por aquí seguro que no es –el barrendero.- Pregunta a un guardia.
-Gracias –miro al tanzano-. Está difícil, man.
El tanzano hace una mueca de desesperación y sigue hablando. Se le pliegan los alrededores de los ojos, en arrugas sonrientes, mientras me cuenta sus penas. Agita mucho las manos y, de modo imperceptible, va rotando a mi alrededor: yo ahora estoy donde él estaba cuando nos encontramos.
Me aburre.
Me quiero ir.
Cuando alguien me aburre, no le miro a los ojos: se me va la vista. En lugar de mirar los ojos tanzanos miro la tienda que tiene detrás: cuadernos y lápices. Son bonitos.
En mi billetera tengo dos billetes de veinte euros. Es todo el dinero que llevo. Pienso en darle uno de los billetes al tanzano. Visualizo el proceso de la piedad (él sigue hablándome en inglés, yo afirmo con la cabeza), el gesto: que me bajo la cremallera del abrigo, que introduzco la mano, que saco la cartera, que hurgo, que extraigo un billete de veinte euros, que se lo doy, que asimilo su reacción. Que me voy.
El único motivo de mi piedad es que me quiero ir.
-Perdona –digo-, pero me tengo que ir…
-Bueno, gracias de todo modos. Buscaré la avenida Copenhague...
-Buena suerte -yo.
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