Siempre que cruzo las puertas del centro comercial FNAC tengo la sensación de que voy a encontrar a alguien esperándome. Quiero decir: con pancartas. Es una megalomanía estrictamente personal que me afecta desde hace años. Luego sólo hay unas chicas, metiendo cedés en bolsas de regalo prefabricadas.
Es domingo. La sección de música de la FNAC está llena de personas que me parecen excelentes. Me gusta cómo visten, me gusta hasta lo que compran. Cuando hablan por el móvil, exhiben un porte elegante, realmente ministrable. La gente excelente una cosa que tiene que me mola es que compra como si fuera todo gratis. Otra anécdota que me pone es ver a los clientes escuchar música en los auriculares del centro comercial, bailando. Se mueven al ritmo de una música secreta, que sólo ellos se inyectan, y parece que reinterpretan el silencio, el ambiente.
Ahora estoy frente a los estantes de cedés baratos. La serie media. Voy cogiendo cedés con insólita alegría, Nick Cave, Muse, Morrisey, cualquier cosa, Groove Armada, Rage against the machine, de todo. Me acerco a un puesto de escucha y me coloco los cascos. Me da un poco de vergüenza ponerme esos cascos ortopédicos, la verdad. Entonces paso el código de barras por el lector óptico y voy escuchando cedés. ¡No me gusta ninguno! Mientras escucho cedés miro las portadas de los cedés que hay enfrente. Me encanta una: The Pride of Postdam, de Gigolo Aunts. Tomo una copia, la paso por el cedé y decido comprarlo porque, a pesar de la música, la portada me sigue gustando. Es una niña deshojando una margarita; ella es de color naranja y los pétalos son blancos y enormes.
Ahora estoy en la sección de literatura. Miro todas esas novelas que salen cada día, su cortocircuito. Las novelas, todas juntas, se cortocircuitan. Son como los cuadros del museo del Prado, que dan mucho asco porque están rodeados de cuadros. Suena mi móvil.
-Hola, Inés.
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-En la FNAC.
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-¿No puedes? Bueno, es igual. Voy a ir a las siete.
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-Ya pasas tú tiempo con tus padres, joder.
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-Banderas de nuestros padres, precisamente.
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-Jo, pues es muy famosa. De Clint Eastwood.
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-Ajá. Sí, ya veo.
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-¿El lunes tampoco?
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-Si quieres, quedamos.
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-Sí, eso.
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-No, no, yo trabajo.
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-Vale. O te llamo yo. Como veas.
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-Ajá.
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-Ajá.
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-Ajá.... Oye, perdona, acabo de ver una chica muy guapa y voy a ligar con ella. Ya hablamos, ¿vale?
-(...)
-Un besito.
Sigo mi ruta. No había chica guapa: fue el egoísmo.
Ahora estoy frente a la sección de filosofía. Me pongo a mirar los libros que tienen de Schopenhauer. “El arte de insultar” es un título realmente potente. Tomo un ejemplar, miro el precio, hojeo. Cuando lo dejo, justo a mi derecha, se coloca una chica muy guapa. Lleva un abrigo verde. En general todas las personas que visten de verde merecen que te enamores de ellas. La chica mira la estantería filosófica y extrae “El arte de insultar”, de Schopenhauer. Curiosamente, yo ahora tengo en las manos “El mundo como voluntad y representación”, que son dos tomos. Miro el precio, 60 euros, y exclamo en voz alta: “La hostia.” ¡La chica se va!
Ahora estoy pagando en la caja. La chica se llama Eva y yo ni la saludo ni nada porque creo que ya tiene un trabajo lo suficientemente humillante como para que encima yo me haga el progre a costa de su uniforme.
Ahora me han cobrado 6,80 euros por la entrada para Banderas de nuestros padres. Queda un buen rato para el pase, así que leo “El maestro y Margarita” en los escalones fronteros del puesto de cocacolas. Como hay mucha gente en derredor no puedo concentrarme y les miro. Son excelentes. Me encantan sus abrigos. Me encantan sus caras. No hay una sola persona a mi alrededor que no me parezca divina. Me escucho pensar y trato de exponer a cada persona que veo a un examen riguroso de divismo. La primera víctima, una chica muy bonita, de larga cabellera, que se pilla la melena con la bufanda, me parece adorable. Trato de ser más crítico con mi siguiente cobaya, de buscarle defectos. Me fijo en un par de hombres, vestidos de negro. Uno de ellos lleva una gorra de béisbol. Me concentro en él. Cuando me quiero dar cuenta, he convertido al hombre de la gorra de béisbol en Javier Bardem.
El juego, ahora, es el mismo que cuando una chica en el metro me gusta: sé que se bajará en mi parada. Sé que Javier Bardem viene a ver Banderas de nuestros padres. Miro la cartelera, y sólo le tolero dos opciones: o vienes conmigo a ver banderas, o vas a ver Maria Antonieta. ¡Cómo vayas a ver Maria Antonieta... gilipollas! Estoy super cabreado ante la posibilidad de que Javier Bardem vaya a ver Maria Antonieta. ¡Se lo voy a decir a todo el mundo!
Ahora estoy en la sala 2 del cine. Me ha tocado una butaca en la fila 16, y estoy mirando a ver si entra Javier Bardem, ese imbécil. ¡Como no vengas! No deja de entrar gente: parejas, grupitos, solitarios asquerosos que no quiero reconocer que son como yo, yankis. El patio de butacas se va poblando y yo le busco asiento a Javi. ¡A mi lado queda uno, cabrón!
Entra. Le sigue su amigo, y una mujer de melena espléndida. Se van hacia adelante y se sientan en la fila 3.
Luego veo Banderas de nuestros padres con Javier Bardem. No nos está gustando nada.
Sinopsis: unos soldados plantan una bandera en lo alto de una colina. Joe Rosenthal les toma una foto. La foto mola. La sacan en portada de todos los diarios. Un publicista diabólico ve el símbolo. Lo promociona. Cuela. Traen a los soldados a casa y les obligan a recaudar fondos para matar más. Ellos no quieren ser famosos: se limitaron a poner una bandera por ahí. Uno que es indio no hace más que emborracharse. Luego acaban de recaudar fondos y fundan familias felices. Nadie les recuerda y piden trabajo como conserjes. Créditos.
Son largos, los créditos. Estoy en el centro de la fila 16 y ni los espectadores de mi derecha ni los de mi izquierda me dejan salir. Me trago los créditos. No dejo de mirar a Javier Bardem, que también se está tragando los créditos. Me pregunto si lo hace porque tampoco le dejan largarse o porque a él, cuando sale en una peli, le gusta que los espectadores se traguen los créditos.
Luego todos nos levantamos y salimos a la calle.
Yo no soy famoso así que me quedo quieto en la acera esperando que alguien me salude.