Me apetece chocolate. Acabo de salir del trabajo y sé de un par de tiendas de alimentación que aún deben de estar abiertas. Las tiendas de alimentación, en Chamberí, las llevan madrileños. Me resulta fascinante que un madrileño te venda un donut. En los últimos cinco años de mi vida, detrás de un donut siempre ha habido un chino. En Chamberí, no.
Me he dado cuenta de que no debo comer nada todavía.
He tomado el Metro.
Me he bajado en una estación con nombre de árboles. Paseo hasta el número 34. Miro mi reloj. Leo lo que pone en una placa en el portal. Mi reloj dice: 19:40; la placa dice: Clínica Dental, Doctora María Luisa Briz. Es pronto.
Debajo de la Clínica Dental hay una pastelería. Sonrío. Me apetece chocolate. Miro los bollos. La tienda está vacía y la chica encargada de la venta hace garabatos en un bloc.
Paseo por el barrio mirando escaparates. Lo diabólico de un escaparate es que se te mete dentro: lo quieres comprar todo.
Vuelvo al número 34 queriendo comprar un viaje a Cuba y un tablero de ajedrez.
Llamo. Me abren sin preguntar.
Subo.
Una chica muy simpática me invita a sentarme. En la sala de espera hay dos adolescentes y una señora. Las revistas de cotilleo están sobre un arcón de paneles rojos y herraje de hojalata. Hay muchos ejemplares de una titulada Mujer, hoy. También está el Hola, donde un torero llamado Enrique nos dice que es feliz con su caballo.
Miro fotos de gente famosa.
La chica simpática, que lleva ropa clínica de color azul y mascarilla, me hace pasar. Le pregunto si dejo el abrigo en la sala de espera. Me dice que lo lleve conmigo.
-Ponlo en la silla metálica, si quieres –me indica, en el umbral de la habitación –Tú siéntate en la silla –me señala el clásico butacón dental.
Entro en la habitación, dejo mi abrigo en la silla metálica y, al volverme para ir a ocupar mi sitio, veo a la doctora Briz. Es muy guapa. Parece joven. Es realmente guapa.
-Hola –yo.
-Hola –responde, y enseguida añade:- ¿Cuál era la urgencia?
-¿Perdón? No hay ninguna urgencia.
-¿Qué te pasa?
-Nada.. No sé.. No me pasa nada –en ese momento entra su ayudante, la chica simpática.
-¿No era urgente? –pregunta Briz a su ayudante.
-... –la ayudante.
-Llamé varias veces, sí; saltaba el contestador. Pero no es... Vamos –sonrío-, ¿no dicen que hay que venir una vez al año? –me he animado con el slogan-. Vosotros lo decís, ¿no? Bueno, yo llevo más de diez sin ir al dentista y por eso vengo.
-Pero, ¿no te duele nada?
-No, dolerme no me duele nada.
-De acuerdo, vamos a ver.
La doctora Briz se acerca a la silla y aprieta una palanquita. Luego enciende un foco intenso, azul puro. Me voy poniendo horizontal.
Abro la boca. La doctora me mete fierros en la boca y sólo entonces me interpela.
-¿Fumas?
-Sí –yo, con fierros en la boca.
-¿Mucho?
-No –yo, con fierros.
-Apunta –la doctora le dice a su ayudante cosas que no entiendo. “Filtración”.
He cerrado los ojos. Aún así, percibo la luz azul puro, desvelándome. Noto la punta del instrumental golpeando y hurgando en mis molares, el espejito viajando por mi dentadura.
-Aprieta –me ordena Briz tras sacar sus fierros -. Abre –vuelve a meterme cosas en la boca.
La doctora Briz se ha pegado mucho a mí. Estoy notando su vientre contra mi brazo derecho. Luego cambia de postura y noto su pecho sobre mi hombro. Es agradable.
Se separa. Abro los ojos.
-¿Ya? –pregunto.
-Sí –enumera mis males.
-¿Sólo eso? Yo creía que estaba mucho peor... Llevo diez años sin... ¿No crees que...?
La doctora se acerca de nuevo.
-Esto de aquí... –le indico. La doctora me separa los labios con los dedos. Me encanta –Y esto otro... –me mete un ganchito, lo encaja en un empaste antiguo y tira sin contemplaciones -¿No?
-No es nada. Es normal –aleja su cuerpo de mí.
Jo.
Me levanto. Sigo a la chica simpática hasta un escritorio, fuera de la habitación de la doctora. No he podido mirarla por última vez.
-¿Me das tus datos?
La chica simpática tiene mi dentadura simplificada en un papel, y hay algunas anotaciones, en rojo, sobre el documento.
Le doy mis datos.
-Yo crería que iba a tener más cosas... –comento-. Que iba a estar todo eso lleno de tachaduras coloradas, como en un suspenso.
-... –la chica simpática.
-Tengo aquí –me aprieto el carrillo con un dedo- unas... no sé... en la “frontera”, digamos, entre la muela y la encía, unas marcas, que puedo meter la uña... ¿Eso está bien?
-¿Te duele?
-No.
-Es la morfología de la muela –explica-. La muela tiene sus valles, sus montañas: no es perfecta. Eso son surcos, nada más.
-¿No me podéis hacer algo en los surcos? –la chica no contesta, sonríe-. Bueno, vale. ¿Cuándo tengo que volver?
Acordamos la cita. Salgo de la clínica. Estoy un poco triste.
La pastelería sigue abierta. La chica ya dejó el bloc y ahora dobla papel de estraza sobre el mostrador.
-Hola –digo.
-Buenas.
Miro la mampara con la bollería.
-Una napolitana de chocolate, por favor.