Publicidad:
La Coctelera

Hikikomori

Detalles de ayer

16 Enero 2007

Vagón

Queda claro que algo pasa cuando el pánico, como una electricidad escalofriante, me une a ellos.
Estoy en el quinto, el sexto, quizá el cuarto vagón del convoy. El tren se ha detenido en mitad de un túnel. A ambos lados del vagón, por las ventanillas, todo está oscuro. No pasan trenes. El tiempo, ahora, es la angustia.
El vagón está lleno de gente. Si un vagón tiene todos sus asientos ocupados, y algunas personas de pie, con la mano en la barra, la espalda contra un panel, contra las puertas que en las paradas se abren, contra las puertas que en las paradas no se abren o, finalmente, no asidos ni apoyados en nada, puede decirse también que el vagón está, más o menos, lleno. La plenitud de este vagón supera eso; la plenitud de este vagón sólo admite la palabra “saturación”. Los pasajeros saturamos el espacio del vagón: no cabe un calcetín más, no caben más maletines ni más mochilas escolares; no cabe ni siquiera nuestra propia respiración.
Yo estoy contra la pared que cierra el vagón. Tengo una puerta, cerrada, a mi espalda. Delante, un pareja de orientación hippy, con mochilas montañeras en el suelo. Él, moreno, de pelo largo, con barba; ella, rubia, algo ajada por los años y la maría, con falda de flores, de mucho vuelo. Su culo, inevitablemente, se pega a mis manos, que sujetan mi cartera sobre mi vientre. A mi izquierda, igualmente apoyado contra la pared que cierra el vagón, hay un joven, quizá universitario, adormilado. Él soporta la presión de unas mujeres de edad avanzada, mujeres repetidas, siempre presentes en todos los vagones que me llevan al trabajo, mujeres que se apean en Manuel Becerra o Diego de León, mujeres que hablan de sus hijos todo el tiempo, de operaciones, de deudas impagadas y de lo que cenaron anoche. Siempre.
A mi derecha, una pareja muy elegantemente vestida. Ella no para de hablar. Es guapa, ordinaria, huesuda de rostro, un cuerpo de culebra y ropa oscura, ceñida. Tiene detrás un hueco, la promesa de una conquista de espacio que nos afloje a todos un poco; no es así: detrás de ella, una mujer ecuatoriana defiende su pequeña anatomía del aplastamiento. Está en la esquina del vagón, apenas se le ve el flequillo. Todo el aire que le sobrevuela, ese apetitoso montón de oxígeno, parece la bolsa de la que todos nos nutrimos.
Todos. Todos son las cabezas, las manos, los codos, las mangas del abrigo; todos es el nombre de lo que no me toca, de lo que no son mis vecinos de encierro, de ese cuerpo sucesivo, continuado (el hombre: animal continuado) que se proyecta hacia el otro extremo del vagón, sin nombre, sin destino (parados en mitad del túnel más oscuro de nuestra vida), implacablemente sometidos a este embotellamiento de carne, a esta tortura del viernes: no nos movemos, no sabemos por qué no nos movemos, no sabemos el minuto que nos espera.
Han sido quizá diez minutos, el paso de diez minutos, el que han conseguido que sepamos que somos masa. Somos, básicamente. Ahora, conscientes de la situación de peligro, del compromiso de supervivencia, el individuo ha conocido al otro, ha reconocido la necesidad de agrupamiento, de redefinirse en este espacio y este tiempo (un vagón parado en el túnel más oscuro) y, consecuentemente, ha buscado comunicación.
El primero en hablar comenta lo recurrente de estas averías. Otro especula, critica, pide que el tren se detenga en una estación, no en mitad de la nada. Una mujer explota, grita que dejen de apretarla, que le están haciendo daño. Otra mujer pide que la gente se quite las chaquetas, que el calor es insoportable, y el olor; que se quiten ropa. Le contestan: “¡Si ni siquiera podemos movernos!” Un hombre dice: “Supongo que abrirán las puertas antes de que nos ahoguemos!” Otro hombre replica: “Antes de que nos ahoguemos, las puertas las vamos a abrir nosotros.” Un joven habla de lo que hay que hacer luego, cuando salgamos. Reclamar. Otro indica que reclamar lleva tanto tiempo como el que perdamos aquí, o más. Apunta una chica que ella tiene que recuperar las horas que pierda, que no va a reclamar para luego estar todo el puto viernes trabajando hasta las seis. Uno contraataca afirmando que él se va a ir a las 3, pase lo que pase. Luego alguien, afásico, apoyado contra una de las puertas laterales del vagón, golpea con la nuca, dos veces, violentísimamente, el cristal.
Por megafonía se escucha una conversación que no va dirigida a nosotros. Dice: “Desaloja el tren. Di a los viajeros que abandonen el tren y sigue hasta cocheras” (corte) “Sí, haz eso.” (corte) “Si no puedes controlar el tren, vuelve a cocheras” (corte) “Tranquilo. Tranquilo.” (corte) “De acuerdo, espera, vamos a mandar a alguien en media hora. Seguridad estará allí en media hora. Espera.” (corte)
No se oye nada más. Seguimos parados, apretados, oscuros. De vez en cuando alguien dice algo gracioso. Reímos. Algunos, reímos, sonreímos al menos; otros no. De pronto, notamos que el aire acondicionado se apaga. Exabruptos, juramentos, frases obscenas contra el conductor.
Hijo de la gran puta.
Se nos ha acabado el sentido del humor. El cuerpo duele. Estar de pie nos está costando a todos mucho, como si no pudiéramos afrontar, físicamente, estar de pie sin saber por qué. Ahora, además, empiezan a sonar unas campanillas. Su sonido es el de la emergencia. Del otro vagón llegan ruidos de golpetazos en las puertas, algunos gritos ahogados, y las campanillas, histéricas, correosas, como pequeñas ratas coloradas, tica-tica-tica-tica...
Y es ahí, exactamente ahí, mirando todos esos cuerpos que tengo delante, viendo en sus ojos la duda, el dolor, la desesperación, es ahí cuando el escalofrío me recorre, el pánico me traspasa, me une a ellos, me compromete, y sé que algo malo está sucediendo.
Según pasan los minutos, lo sombrío se apodera de nuestros ojos. De los míos, además, se apodera también una extraña emoción, emoción que no son ganas de llorar, pero que se parece mucho porque noto en la retina el escozor de las primeras lágrimas. Me emociona depender de esta gente. Me emociona la lucha en mi ánimo de la fe en los demás y de la aversión a los demás: sé, sin saberlo, sin verbalizarlo, que bastará el error de uno sólo de nosotros para que algo grave suceda. Bastará con que alguien pierda el control y trate de salir por una ventana, empujando a los demás, para que todos perdamos el control y tratemos de salir por una ventana aniquilando a los demás. La tensión que siento, la emoción que me cubre, es el miedo a que haya un momento en el que tengamos que decidir que somos animales egoístas, que queremos vivir a pesar de los otros.
He dejado de mirar, por eso. He cerrado los ojos y he tratado de visualizar cosas con márgenes, grandes espacios donde rueda una pelota, la caída del agua, sus salpicaduras. Pero enseguida me golpean, me presionan otra parte del cuerpo, me obligan a girarme un poco, o a retirar unos nudillos que viven por su cuenta una anécdota pornográfica, inmiscuidos en los pliegues más íntimos de pasajeras anónimas.
Les miro de nuevo: esas cabezas, esos brazos, ese amontonamiento de ropa de enero. Sus cuerpos inmóviles parecen maniquíes. Sus rostros se les desprenden de la cara. Aquí alguien tendría que llorar.
Cruzo la vista con una chica. Ha sido un instante, pero lo estamos prolongando. Es de mediana estatura, resiste bajo la tienda de campaña que sobre su cabeza forman unos brazos. Tiene los ojos verdes. Tiene los ojos amplios. La miro sin pudor; me mira sin pudor. Tengo derecho a refugiarme en esos ojos, cada parpadeo parece una palabra. Por una vez no voy a retirar la vista. Por una vez voy a perseverar en la desvergüenza.
Te estoy mirando temer.

servido por hikikomori 14 comentarios compártelo

14 comentarios · Escribe aquí tu comentario

AA

AA dijo

Piel de gallina... No se si lo viviste o simplemente lo has recreado, de todos modos gracias por compartirlo.

16 Enero 2007 | 01:30 PM

cris

cris dijo

my god! estoy temblando

16 Enero 2007 | 04:46 PM

abraham

abraham dijo

Por un lado es el infierno, por otro es dios. El metro es la ostia siempre lo ha sido desde hace 80 años que existe ha sido el mejor invento del siglo XX sin lugar a dudas. Tantas emociones a veces no se soportan.

16 Enero 2007 | 09:21 PM

mint

mint dijo

nice! me ha llegado

16 Enero 2007 | 10:37 PM

c

c dijo

sorry, no quise poner ese post ahi. Iba aqui. eso me pasa por leerte intoxicada.

17 Enero 2007 | 01:52 AM

A.

A. dijo

Chejovianamente espeluznante!

Muy bueno.

23 Enero 2007 | 07:11 AM

jossy

jossy dijo

muy bueno suspenso del bueno!

1 Febrero 2007 | 10:55 PM

cavilante

cavilante dijo

Una brillante distopía orwelliana. Me recuerdas a Orson Wells leyendo "1984" en la radio. ¿Seré viejo?

1 Marzo 2007 | 08:51 AM

gotasdeunlibro

gotasdeunlibro dijo

Es una experiencia que has tomado y la has compartido con todos, que invariablemente hemos sentido una mano en el trasero o la respiración en la nuca cuando vamos en un vagón de metro atestado de gente, y has recreado el mayor temor de todos, el miedo de la masa fuera de control, en donde todos somos nadie y los brazos de todos son armas potencialmente mortales. Si fue verdad o no, has logrado que nos identifiquemos contigo. Es relajante saber que el miedo a la claustrofobia está presente y que el alivio que alguien más pueda proporcionarnos, en los ojos o en una caricia todavía es posible.

SEXY EYES

THAU

23 Marzo 2007 | 03:59 PM

La Dama Gris

La Dama Gris dijo

Me encanta. Realmente una descripción excelente, me he sentido yo también aprisionada en ese vagón. A ver si describes el mejor momento de tu vida...

11 Abril 2007 | 11:33 PM

emma

emma dijo

Yo hubiera llorado a gritos.
Me ha gustado muchisimo.
Cualquier ciudadano se convierte en rata.

28 Octubre 2007 | 04:35 PM

Jorge Halpern

Jorge Halpern dijo

El cuerpo. Nuestro cuerpo como habitación. Habitar el inconmensurable desconocimiento. Negarnos a ver, a tocarnos. La piel como frontera. El sabor de la lengua rodeando el sexo. Lamernos. Asumir la condición de un animal entrañable en la búsqueda. Salir de nosotros. Usar las cortinas para vestirnos. Sentir su caricia.

Jorge Halpern
http://www.escritores.org/taller/hipernovela.htm

18 Noviembre 2007 | 04:37 PM

Vedast

Vedast dijo

Impresionante.

20 Noviembre 2007 | 08:08 PM

isaskun

isaskun dijo

lo he vivido hoy igual en la linea 9 de metro de madrid y si es una experiencia religiosa, es como mejor e puede describir, porque o piensas en algo del mas allá, o te da un patatus, chao.

23 Mayo 2008 | 11:26 AM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Fotos

hikikomori todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera